sábado, 9 de julio de 2016

Un día cualquiera



Mientras se duchaba volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto saliera de la ducha.
Cuando salió de la ducha su hijo reclamaba no sé qué de unos calcetines y ella, mojada aún, tuvo que acudir en su ayuda, después se vistió a toda prisa y acompañó a su hijo al colegio.
En el metro, camino al trabajo, se acordó de que tenía que hacer la transferencia para pagar las extraescolares, de que su marido, una vez más, no había reparado la puerta del baño y de que no quedaban calabacines.
No se acordó de que a los veinticinco años llegaba a levantarse de la cama para consultar una duda en sus libros de gramática o para buscar cómo se escribía correctamente una palabra rusa en la que había pensado, de repente, antes de dormirse.
Se acordó de que no debía comer chocolate porque sus mulos estaban adquiriendo proporciones dantescas.
No se acordó de las noches en las que una buena novela la tenía en vela hasta que sonaba el despertador y de que leer un libro a la semana era insuficiente.
Se acordó de que su jefe le pediría aquello que tenía que haber hecho y de que no lo había hecho y de que no le importaba lo más mínimo no haberlo hecho.
No se acordó de que una vez había trabajado en algo que sí le importaba hacer.
Se acordó de que la semana siguiente tenía dentista.
No se acordó de que llevaba meses sin recibir un beso apasionado, sin escribir un relato apasionado, sin sentir una antipatía apasionada.
Se acordó de su madre. Se acordó de su abuela. Se acordó de su tía.
No se acordó de que había jurado con todas sus fuerzas no parecerse jamás a ellas.
Se acordó de tomarse los ansiolíticos.
No se acordó de por qué se los tomaba ni de cuando no se los tenía que tomar.
Al final del día, exhausta, se metió en la cama. En su mesilla de noche estaba el teléfono. No había libros.
Un segundo antes de dormirse  volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto se levantara a la mañana siguiente.
Mientras se duchaba volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto saliera de la ducha.
Cuando salió de la ducha su hijo reclamaba no sé qué de unos calcetines y ella, mojada aún, tuvo que acudir en su ayuda, después se vistió a toda prisa y acompañó a su hijo al colegio.
En el metro, camino al trabajo, se acordó de que tenía que hacer la transferencia para pagar las extraescolares, de que su marido, una vez más, no había reparado la puerta del baño y de que no quedaban calabacines.
No se acordó de que a los veinticinco años llegaba a levantarse de la cama para consultar una duda en sus libros de gramática o para buscar cómo se escribía correctamente una palabra rusa en la que había pensado, de repente, antes de dormirse.
Se acordó de que no debía comer chocolate porque sus mulos estaban adquiriendo proporciones dantescas.
No se acordó de las noches en las que una buena novela la tenía en vela hasta que sonaba el despertador y de que leer un libro a la semana era insuficiente.
Se acordó de que su jefe le pediría aquello que tenía que haber hecho y de que no lo había hecho y de que no le importaba lo más mínimo no haberlo hecho.
No se acordó de que una vez había trabajado en algo que sí le importaba hacer.
Se acordó de que la semana siguiente tenía dentista.
No se acordó de que llevaba meses sin recibir un beso apasionado, sin escribir un relato apasionado, sin sentir una antipatía apasionada.
Se acordó de su madre. Se acordó de su abuela. Se acordó de su tía.
No se acordó de que había jurado con todas sus fuerzas no parecerse jamás a ellas.
Se acordó de tomarse los ansiolíticos.
No se acordó de por qué se los tomaba ni de cuando no se los tenía que tomar.
Al final del día, exhausta, se metió en la cama. En su mesilla de noche estaba el teléfono. No había libros.
Un segundo antes de dormirse  volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto se levantara a la mañana siguiente.

jueves, 5 de mayo de 2016

Cádaveres



No sé si alguien más se habrá dado cuenta de que la ciudad está llena de cadáveres. Están por todas partes, sus asesinos los tiran o los dejan caer con desidia en cualquier sitio: desde las ventanas, en los parques, en las paradas de autobús, a la entrada del metro… yo los he visto, incluso, en las puertas de los hospitales y entre los columpios de los niños.
Muchas veces son desechados aún moribundos y la gente asiste impasible al horrible espectáculo de verlos agonizar durante minutos, enrareciendo el ambiente con su aliento fétido y tóxico. Cuando los veo yo, movida por el asco y la piedad, acabo con su sufrimiento rematándolos con la punta del zapato.
Es grotesco contemplar cómo se ha normalizado esta dantesca y antihigiénica situación. Nadie parece verlo, y, aun en el caso de verlo, nadie parece reprobarlo.
Siguen siendo asesinados y abandonados donde sea por personas que, en muchos casos, son buenas personas, ciudadanos honestos, gente cívica que nunca tiraría un papel al suelo o haría nada que pudiera perjudicar a su prójimo. Excepto con ellos. Con ellos, con los cadáveres, nadie tiene el menor atisbo de compasión, pudor, o pulcritud.
Los matan y los tiran. Ni siquiera consideran estar haciendo nada malo.
Los servicios de limpieza los retiran con regularidad, pero siempre hay. Los asesinos son tantos y actúan con tanta frecuencia, que el ayuntamiento no da abasto.
Sólo una cosa me hace sonreír con maliciosa satisfacción para mis adentros: la certeza de que los cadáveres inoculan un veneno en su asesino antes de morir.
Al menos les queda el consuelo de morir matando. Matando lentamente, sí.
Pero matando.

jueves, 22 de octubre de 2015

Ya estamos en el futuro, y ahora ¿qué?

Sí, ya sé que fue ayer cuando Marty llegaba a su futuro/nuestro presente.
Sí, ya sé que todo el mundo ha escrito sobre ello.
Sí, ya sé que este tema no es nada original.
Sí, ya sé que abuso de la anáfora...
Pero los que me siguen o conocen mínimamente ya saben que, gustándome como me gusta devanarme los sesos con estas conjeturas espacio-temporales y siendo como es "Regreso al futuro" una de mis películas de culto, no podía no escribir sobre ello.
Yo nací en el 75, lo que significa que tenía diez años cuando estrenaron la primera parte y catorce cuando estrenaron la segunda. Sí señores, en mis tiempos mozos esperábamos cuatro añazos para saber como continuaba el To be continued. Y no nos moríamos ni nada, oiga...
Como decía, yo tenía catorce años cuando nos enseñaron cómo sería el mundo en 2015 (veintiséis años después...). Es como si ahora me hablaran de cómo será el mundo cuando yo tenga sesenta y seis años. El efecto fue incluso más fuerte, porque a los catorce ni se te pasa por la cabeza que un día tendrás cuarenta, mientras que desde los cuarenta, los sesenta y seis están ahí, casi a la vuelta de la esquina.
Mucho se ha hablado de lo diferente que es el futuro que le mostraron a Marty del presente al que en realidad hemos llegado. Hoy yo no voy a hablar de eso. Voy a hablar del futuro que yo me imaginé para mí misma cuando vi la película (tú también lo hiciste, admítelo)
En la película Marty se lleva tremendo sopapo (metafóricamente hablando, claro) cuando ve cómo es su futuro y lo mucho que difiere de los planes que se había hecho él y me temo que ese mismo sopapo nos lo hemos llevado todos.
Cuando yo tenía catorce años sólo habría podido imaginar mi actual presente como ejemplo del fracaso más estrepitoso. No me entendáis mal, no considero mi vida un fracaso en absoluto, pero me han hecho falta muchos años (ni más ni menos que veintiséis) para comprender que esto no es un fracaso, que una vida normal, con un marido normal y dos hijitos normales y sanos es lo más alejado de fracaso que hay.
Con catorce años, al igual que el Marty de diecisiete de la película, el concepto de triunfo era haber conseguido fama y dinero, y nada fuera de eso valía la pena.
Por eso me ha dado por pensar en mi particular "Regreso al futuro". Supongamos (como hemos supuesto y fantaseado miles de veces, admitámoslo) que tenemos el Delorean en nuestras manos. Supongamos que, tras haber visto el futuro que nos espera, volvemos a 1989. En mi caso concreto sería volver a los catorce años. Ahí estoy, con catorce años y las notas de octavo de E.G.B en la mano, con toda la vida por delante. Jovencísima de cuerpo y mente, sin ataduras. ¿Qué haría entonces con mi vida?
Lo primero que uno piensa es que lo haría todo de forma distinta, al menos eso es lo que pienso yo. Durante muchos años lo pensaba así "si volviera a los catorce años apostaría más fuerte por las cosas que de verdad quería, en lugar de, simplemente, dejarme llevar"
Como digo, pasé muchos años convencida de eso, hasta un día en que me atreví a profundizar en ese pensamiento y comprendí que no. Que no era esa la solución. Ahora sé que la única cosa que cambiaría si volviera al 89 es que viviría más hacia dentro, que emplearía todas mis energías en mi crecimiento y paz interior, que es lo único que, de verdad, importa en la vida.
Me siento como un náufrago que no sabe nadar y está perdido en medio del océano. Durante mucho tiempo me lamenté de no haber conseguido una balsa. Ahora sé que lo que de verdad tendría que haber hecho es aprender a nadar.
Por eso, si hay alguien leyéndome que aún tenga toda la vida por delante (y eso, queridos, incluye a todos los que estéis leyendo esto, puesto que siempre se tiene toda la vida por delante) sólo le aconsejo eso: que aprenda a nadar.
Porque cuando naufragues será lo único que, de verdad, te será útil.

Por cierto Marty, contestando a tu pregunta: Sí. Nos volvemos todos gilipollas en el futuro.

viernes, 27 de febrero de 2015

Yo para ser feliz quiero...

... un camión, seguro que habéis cantado todos. Y es que sale automáticamente. Pero no es cierto. Eso es lo que quería Loquillo y todas las personas sensatas sabemos que es sólo una estúpida canción.
¿Cómo va hacerte feliz algo tan tonto como un camión? Eso no cabe en cabeza humana.
Lo que sí que cabe en cabeza humana, según veo constantemente es que lo que te hará feliz es una pareja, hijos, un empleo, creer en Dios, un gol de Ronaldo, unos Loubotin, un coche más grande... espera. ¿A ver si, después de todo, no va a ser tanta tontería lo del camión?

Nos meten en la cabeza desde pequeños, y nos lo meten a conciencia, que la felicidad es algo que nos tienen que dar, que depende de cosas ajenas a nosotros mismos. 
Así nos pasamos la vida cantando como Loquillo "yo para ser feliz quiero un (ponga usted aquí lo que convenga)" y decepcionándonos cuando, una vez conseguido el camión (o lo que sea que usted haya puesto) seguimos sin ser felices.

Nos han engañado como a chinos, es como si le dices a alguien que para tener un orgasmo tiene que morderse un dedo. Se hará sangre, se llegará a amputar el dedo y se quedará sin orgasmo. Y, lo que es peor, sintiendo que es un fracaso de persona porque es incapaz de conseguirlo.

Dijo Nicolas Chamfort que la felicidad no es cosa fácil: es muy difícil encontrarla en nosotros, e imposible encontrarla en otra parte, y yo estoy absolutamente de acuerdo. Pero me ha costado muchos años de mi vida comprenderlo. 
he de confesar que aún no la he encontrado, la felicidad. Pero ahora me siento bien porque sé que estoy buscando en el lugar correcto y que cuando menos lo espere me sorprenderé a mí misma comprendiendo que soy feliz. 
Como cuando uno, de repente, se da cuenta de que está enamorado...

lunes, 14 de julio de 2014

Placeres perversos

No me interesa el fútbol, quien me conozca, aunque sea sólo de cinco minutos, lo sabe. Y, sin embargo, ayer tuve un momento de placer que aún me dura gracias al fútbol. La victoria de Alemania me supo a gloria. O mejor debería decir que la derrota de Argentina me supo a gloria. Porque hubiera apoyado a cualquiera que hubiera estado en el lugar de Alemania. Quería la derrota de Argentina, y me produjo una gran felicidad.
Un gran placer. Un placer perverso y sin embargo, o precisamente por eso, dulce e inmenso.
No me importa admitir que es algo totalmente personal, conozco a un argentino que es un tipo bastante despreciable, de esos que no dudan en usar constantemente el juego sucio y levantar falsos testimonios sobre todo aquél que perciba como un obstáculo a sus chanchullos. Este elemento es un gran aficionado al fútbol y yo sabía que le fastidiaría bastante perder la final. Imaginar su disgusto y el golpe a su vanidad y prepotencia fue lo que me produjo a mí tanto regocijo. Es gracioso porque hace poco tuve la oportunidad de perjudicar seriamente a esa persona y, sin embargo, lo defendí (por cierto, me llamaron tonta por hacerlo, alegando que él en mi lugar no hubiera hecho lo mismo por mí), así que una maldad tan inocente como alegrarme por su derrota deportiva no me hace sentir remordimientos.
Esta mañana, curiosas coincidencias de la vida, he visto en el metro a una tipa que solía amargarme la vida en la adolescencia: me hacía el vacío, se reía de mí, malmetía a los demás en mi contra... Más de una tarde me he quedado en casa llorando gracias a ella. Hacía muchísimos años que no sabía nada de ella y hoy la he visto en el metro, como digo. Estaba muy gorda y muy avejentada mientras que yo, curiosas coincidencias de la vida otra vez, me había arreglado especialmente y lucía, permitidme la inmodestia, esplendorosa. Ella me ha reconocido, me ha mirado de arriba abajo y yo sólo le he dedicado desde las alturas la más magnífica de las sonrisas.
Segunda ronda de placer perverso en unas pocas horas.
Y el resto del viaje me he dedicado a reflexionar y he llegado a la conclusión de que debe de ser esa la causa y no otra de que mis queridos vecinos no dejen de tirar basura a mi patio. Me los imagino allá arriba mientras tiran un bastoncillo de oídos usado pensando en el berrinche que me cogeré yo (una completa desconocida) a la mañana siguiente cuando lo vea, y sintiendo las oleadas de placer perverso recorrer sus cuerpos.
Aunque, bien pensado, eso es atribuirles una inteligencia que, seamos serios, no está en su poder.

martes, 28 de enero de 2014

Nuestros Nunca

Uno de mis escritores favoritos, Juan José Millás, sostiene la teoría (y yo convengo) de que en nuestra vida lo que no pasa es tan importante, y a veces, incluso, más, que lo que sí.  Esto encaja perfectamente con la teoría de los multiversos, los universos paralelos, infinitos universos paralelos en los que se desarrollan las infinitas variantes de los acontecimientos.
Hoy no quiero escribir, escribirte (porque bien sabes que esto es para ti) de este universo que tú y yo ocupamos y de lo que en él pasó, sino de lo que pudo haber sido, quizá esté siendo en otro universo, pero que en este nunca será.
Hoy quiero escribir, escribirte (porque bien sabes que esto es para ti), de nuestros nunca.
Nunca volveremos a vernos, nunca te contaré los lunares del cuerpo. Nunca. Nunca verás los carteles rusos de mis paredes, ni me consolarás cuando una de mis frecuentes pesadillas me despierte.
Nunca te arrastraré a ver una película en versión original, nunca más volveré a hacerte pensar, ni te haré no pensar.
Nunca volveré a sentirme en paz gracias a uno de tus abrazos, ni a sonreír viendo tu nombre en mi bandeja de entrada.
Nunca sabré por fin qué significan la C y la V ni por qué no mencionaste a tu padre al hablar de tu familia.
Nunca volveremos a hablar de aquello de que el tiempo y el espacio son una invención de la mente humana y de que alguien en un par de horas puede significar más que otro en toda una vida. Nunca.
Nunca, por supuesto, sabré si has leído esto, ni qué has pensado al leerlo si lo lees, ni tus razones, porque bien me dijiste que no me debías ninguna explicación, y seguramente yo no la hubiera entendido, porque las cosas se entienden cuando se tienen que entender, no cuando te las explican.
Puede que otro yo en otro universo viva esas cosas, pero este yo que es el que YO tengo, el que YO siento y el único que importa, nunca las vivirá.
Quiero escribir, escribirte (porque bien sabes que esto es para ti) que sé que siempre atesoraré con cariño lo que fue, pero mucho más, y con mucho más cariño atesoraré nuestros nunca.
Mil besos (aunque seguramente ya no los quieras)

domingo, 26 de enero de 2014

Mi lista de sentimientos. Capítulo 2: Miedo

Ya dije en el post introductorio de esta lista de sentimientos que los iría escribiendo según los fuera sintiendo o me sintieran ellos a mí. Hoy tengo irremediablemente que hablar del miedo. Yo soy una persona muy miedosa. Todos me creen valiente, debo de ser una gran actriz. 
Tengo miedo a casi todo, a las cosas obvias (la muerte, el dolor, un asesino en serie, los ectoplasmas, la mayoría absoluta del PP...) pero también a las que nadie más parece temer (el éxito, la felicidad, amar y ser amada, desear...)
También decía en el post introductorio de esta lista que no tenía muy claro si nosotros sentimos los sentimientos o ellos nos sienten a nosotros. Pero con el miedo, al menos con mi miedo, lo tengo muy claro: él me siente a mí. No sólo me siente, toma absolutamente el control de mí, de mi cerebro, de mis actos, incluso de mi cuerpo, me provoca náuseas, me quita el hambre, me da dolor de cabeza y altera mi respiración. 
Odio y temo al miedo, por eso el miedo se alimenta de mí. Hay muchas situaciones en las que consigo ponerme un disfraz de valiente tan sólido que incluso llego a ser valiente, en las peleas o cuando le planto cara a alguien superior a mí, por ejemplo. En esos momentos hago una pequeña y compacta bola con el miedo y la guardo dentro de mí, la mayor parte del tiempo lo mantengo a raya, pero el miedo tiene sus recursos. Su mayor súper poder es que es un mago del disfraz. El miedo sabe disfrazarse de mil cosas distintas (prudencia, sensatez, realismo, amor...) pero su mejor disfraz, el que más utiliza,es el de certeza.
El miedo se pone su disfraz de certeza y extiende sus venenosas ramificaciones por todo nuestro cuerpo y nuestra mente. Nos hace estar completamente seguros de aquello que tememos, aunque nuestro raciocinio nos dé mil pruebas de que sólo está en nuestra imaginación, acabamos por verlo absolutamente cierto. Pedimos opinión a los demás tergiversando los datos a nuestra conveniencia, porque no lo estamos haciendo nosotros, sino nuestro miedo, y los demás, obviamente, nos dan la razón. Porque si en algo somos maestros los seres humanos es en alimentar el miedo ajeno. Lo hacemos constantemente, sin darnos cuenta, sin mala intención la mayoría de las veces. Pero lo hacemos.
Y el miedo crece, y se hace cada vez más poderoso. Y nos lleva a la ira, como nos enseñaron los maestros Jedi, y hace que dirijamos nuestra ira precisamente hacia lo que más amamos, que suele coincidir con lo que más tememos.
Y al final, como a Lord Vader, sólo nos queda oscuridad.
Y una vez que estamos en la oscuridad viene el mayor de todos los miedos. El miedo a la luz. 
Por eso una persona con miedo hará todo lo posible por apagar las luces que encuentre en su vida.
Creedme, sé muy bien de lo que hablo, porque yo en eso, soy la maestra de las maestras.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Sin sentido

Yo, que ando contando historias desde que puedo recordar, escribí hace muchos años un cuento. Uno de tantos que he escrito y no he compartido con nadie. No sé dónde lo tengo, supongo que lo tiré. En aquella época se escribía a mano, en un papel, entre los apuntes de clase o donde fuera. Y luego las cosas se perdían.
Aquel cuento trataba de una jovencísima periodista que iba a hacerle una entrevista a un señor mayor al que se le había muerto el corazón. El hombre describía cómo, después de haberse roto y recompuesto muchas veces, el corazón había acabado por morirse y él ya no era capaz de sentir nada. Nada en absoluto. El corazón hacía su trabajo, latía y repartía la sangre nutriendo todos los órganos de su cuerpo, por esa razón él seguía vivo. Pero ya ni sentía ni padecía. La joven periodista (con la cual entonces yo me identificaba) no lograba entender cómo eso podía haber pasado, incluso una de las veces le decía a su entrevistado que eso se sentía muchas veces pero que el corazón siempre volvía a reponerse, a lo que el viejo le respondía que no, que había un momento en el que ya no había forma de volver a arrancar y que cuando a ella le sucediese, lo entendería.
La joven periodista ya lo ha entendido. En aquel cuento yo proyecté mi presente y mi futuro sin saberlo. En aquel momento era ella. Ahora ya soy él.
Y es que con los sentimientos ocurre como con la pornografía y los ansiolíticos: cada vez hace falta una dosis mayor para conseguir el mismo efecto, hasta que llega el día en que ya no hay efecto ninguno.
De pequeña memoricé aquel famoso poema de Machado "en el corazón tenía la espina de una pasión, logré arrancármela un día, ya no siento el corazón". Yo lo repetía como un loro, pero no lo entendía, ¿qué iba a entender mi joven y puro corazón de espinas y pasiones?.
Un día, de repente, lo entendí, como se entiende un chiste que no se ha cogido en el primero momento, el binomio de Newton o los porqués de una persona. Las cosas las entendemos no porque nos las expliquen, sino porque un buen día, súbitamente, se hace la luz.
Ahora que entiendo tantas cosas, ya no soy capaz de sentirlas. Supongo que por eso las entiendo. Porque la pasión ya no me nubla el entendimiento.
No soy capaz de sentirme ni bien ni mal por casi nada. Y si algo me parece bien o mal, me lo parece desde un raciocinio frío.
Hago las cosas como una autómata y las observo desde fuera.
Por eso sé que ahora voy a empezar a escribir realmente bien. 
Porque ahora ya soy, como Humbert Humbert, sólo un registrador muy consciente.


miércoles, 16 de octubre de 2013

Conclusiones tras casi perder a un hijo

Para los que no sepan nada empezaré diciendo que mi hijo está vivo y recuperándose. No os preocupéis.
Seguiré diciendo que he dudado mucho sobre si debía escribir o no esto, pero, al final, los que escribimos tenemos que escribir. No hay más remedio.
Hace cosa de un mes mi hijo cumplió 8 años y un par de días después, tras la comida, dijo que se encontraba mal y se metió en la cama. Tenía un poco de fiebre y se quejaba de dolor de cabeza. Cuando llegué de trabajar mi madre me preguntó si deberíamos llevarlo al médico, pero yo, como de costumbre, le dije que no exagerara y que los niños muchas veces se ponían malos. Por la noche el niño vomitó y yo lo tomé como una confirmación de que era algo sin importancia, algo que le había sentado mal.
A la mañana siguiente me levanté a las 6 para ir a trabajar y me acerqué a ver cómo estaba el niño. Me dijo que se encontraba mejor pero yo reparé en que tenía un extraño sarpullido por todo el cuerpo, y digo extraño porque había algo que no me encajaba, ya que eran manchas pero la piel no cambiaba su textura, era como si fueran profundas, como si estuvieran por debajo de la piel.
Sin embargo no le di mayor importancia y, tras asegurarle a mi madre que iríamos al médico a mi vuelta, me marché a trabajar.
Pero ese duendecillo que tenemos todos en el cerebro, el bibliotecario del inconsciente, como me gusta llamarlo, no me dejaba en paz. Algo me decía que el resultado de la suma "fiebre+manchas en la piel" era algo poco recomendable, pero no lograba concretar mis temores.
Al llegar a la oficina y encender el ordenador hice algo que los médicos odian que hagamos (y en el 99,9 % de los casos, con razón): busqué en Internet. Y me encontré esta página, que creo importante compartir:


Cuando leí lo que allí ponía, lo de la prueba del vaso, llamé a mi madre y la insté a que la realizara. Así lo hizo y me dijo lo que yo estaba temiendo: las manchas no desaparecían.
El pánico se apoderó de mí, me eché a llorar y les dije a mis padres que cogiesen al niño y lo llevasen inmediatamente al hospital (por suerte tenemos uno magnífico de la SS muy cerca).
Mi madre no dudó un instante, sabe lo poco aprensiva que soy y entendió al momento, a pesar de que yo no se lo dije, que debía de ser algo muy grave para que yo me pusiera así.
A los 15 minutos mi madre me llamó: el niño ya estaba ingresado y yo debía acudir cuanto antes.
Una compañera y amiga, a la que estaré siempre agradecida, me llevó hasta el hospital. Durante el trayecto intenté mantenerme serena pero no dejaba de llorar. Nunca en toda mi vida he llorado tanto como aquel día.
Cuando llegué una doctora nos metió a mí y a mi familia (mis padres y hermanos estaban allí) en un despacho, había muchas personas en él, todo su equipo, supongo. Una de las cosas que más me asustaron (mi hermano mayor me cuenta que también fue su impresión) fue el hecho de que nadie me sostenía la mirada, como si no pudiesen resistirlo. La doctora me dijo que el niño estaba muy grave, que había llegado casi sin tensión arterial y que con ese cuadro ellos se planteaban los objetivos a muy corto plazo, entonces me dijo unas palabras que no olvidaré jamás: "mi objetivo para hoy es mantener al niño".
No me atreví a preguntar si el niño se iba a morir, no podía asumir la respuesta, aunque, por alguna extraña razón, desde un primer momento dí por sentado que así sería. No podía dejar de llorar y de pensar "esto les pasa a personas que son como yo, ¿por qué no iba a pasarme a mí?" Al pensar en la muerte de mi hijo tuve la absoluta certeza de que mi vida acabaría con la de él, sé que hay personas que superan la muerte de un hijo, pero yo no soy ese tipo de persona. Supe que todo se desmoronaría en ese momento sin remedio.
Me dejaron entrar a ver a mi hijo. Estaba inconsciente y lleno de tubos, yo le tomé la mano y me quedé mirando aquellos 22 kilos que concentraban todo mi sentido en este mundo y sentí algo que nunca hubiera pensado que sentiría en un momento así: orfandad. Tuve ganas de decirle que no me dejara sola, que tenía miedo. "Qué ingenuos somos", me dije, "nos creemos que cuidamos de nuestros hijos cuando en realidad son ellos quienes cuidan de nosotros".
Así pasaron varias horas y todo tipo de sentimientos me invadieron: es curioso porque ni la pena ni la rabia estuvieron nunca entre ellos. Lo predominante fue una serena resignación, mezclada con una desagradable sensación de que yo me lo había buscado por haber sido tan estúpida durante tanto tiempo. Y es que toda mi vida he estado cometiendo el más terrible de los crímenes: ser infeliz sin motivo. En ese momento, frente a la vida de mi hijo que pendía de un hilo, lo entendí.
Poco a poco, el pequeño cuerpo de mi hijo fue ganando la batalla y me dijeron que habían conseguido estabilizarle. Según iban pasando las horas los médicos iban descartando daños. 
El niño ahora está bien y en casa. Pronto volverá al colegio.
Todo está volviendo a la normalidad y lo sucedido parece un mal sueño. El famoso Dr. House dijo una vez una gran frase: "Morir lo cambia todo, casi morir no cambia nada".
En su momento pensé que era cierto, pero ahora no me gustaría que fuese así. No me gustaría que la casi muerte de mi hijo no cambiara nada en nuestras vidas, pero parece que así va a ser.
Por suerte o por desgracia, el cerebro humano no escarmienta, parece ser, y, poco a poco, me encuentro a veces de mal humor por tonterías (cosa que me juré que no volvería a suceder) y sigo en la misma inercia que me impide hacer un cambio realmente positivo en mi vida que me saque de un lugar y una situación a los que, claramente, no pertenezco.
La única diferencia es que el bibliotecario de mi inconsciente no deja de decirme "¿Así es cómo aprovechas esta segunda oportunidad?"
Y yo, está demostrado, siempre acabo por hacerle caso.

lunes, 15 de julio de 2013

Mis tetas

Siento decepcionar a muchos, pero no voy a contar el famoso chiste (famoso y magistral, por supuesto) del perro mistetas.
Eso lo dejamos para otro día. 
Hoy voy a hablar de mis tetas, de mis dos glándulas mamarias, los senos, los melones, las peras... como lo quiera usted llamar. Y de mi culo y de mis piernas y de mis rodillas y de mis glándulas suprarrenales.
Mi cuerpo. Que es mío. Y hago con él lo que me sale del centro de gravedad, que también es mío.

Si yo enseño mis tetas en público eso no te da derecho a tocarlas, si yo me doy tres besos contigo en una discoteca no estoy obligada a irme contigo a la cama. Y si me voy contigo a la cama, no estoy obligada a hacer nada que no quiera hacer. Del mismo modo que no estás obligado tú. 
A ver si van quedando claros un par de conceptos.

Yo me pongo minifalda porque me da la gana, porque hace calor, porque tengo las piernas bonitas o porque era lo único que tenía planchado esa mañana, lo que sea. Pero eso no significa que tú tengas que importunarme cuando paso por la calle describiéndome todas las cosas que me harías. Si te parece que estoy buena haz como hago yo cuando veo un tío bueno (que te aseguro que los veo): fantasea. Fantasea todo lo que quieras, a eso tienes derecho. Eso pasa dentro de tu mente y ahí mandas tú. Pero, en serio, no necesito que lo compartas conmigo. NO QUIERO que lo compartas conmigo.

Piensas que tienes derecho, que yo te he dado ese derecho divino porque voy provocando (vamos a ver ahora dónde ponemos la raya de la provocación, que ésa es otra) y de eso al burka no hay un trecho tan largo, te diré.

Pero ese derecho no te lo da mi vestimenta, o la ausencia de ella, sino que eres hombre, y yo mujer. Y tú tomas lo que quieres y yo a callar y a complacer. Tal es mi misión. 

Tanto a ti como a mí nos lo han ido grabando a fuego en la mente desde pequeños. Con métodos a veces sutiles y a veces burdos, pero el mensaje siempre es el mismo: tú tienes todo el derecho y yo ninguno.

Porque esos subnormales profundos que tocan las tetas a una chica que se ha quitado la camiseta, o que dicen guarradas a una que lleva minifalda, ¿qué hacen cuando ven el lujoso coche de su jefe? ¿Se lo roban? Ya puestos podrían hacerlo, podríamos hacerlo todos, cada vez que veamos algo que nos guste nos lo llevamos y si no que su propietario no lo muestre. Porque si lo muestra es que va provocando, y si va provocando merece que se lo quiten.

Pero yo creo que no, que sólo funciona con las tetas. Porque el fin no es tocar una teta, no señor. El fin es que el mensaje siga vigente y no se pierda, que se transmita de generación en generación.

Y el mensaje siempre es el mismo, tú eres hombre y yo soy mujer. Tú tienes todo el derecho y yo ninguno.

martes, 4 de junio de 2013

Tres actitudes...

... que no te llevarán a ningún sitio.

1. MONTAR POLLOS (pero tragar)

Mira que me da rabia la gente que monta pollos, es pesada y además ineficaz. Montar un pollo nunca, NUNCA, lleva a ningún sitio... excepto a hacerte quedar como un imbécil y a que parezca que no tienes razón. Cuando dos personas tienen un conflicto, los espectadores suelen dar la razón sistemáticamente al que se calla, alegando aquello de "ha quedado como un señor". Incluso si la persona a la que insultas te ha estado violando durante toda tu infancia, la gente sólo dirá que tú eres una verdulera...
Mi primer novio nunca montaba pollos, yo era quien llevaba esa parte de la relación. El caso es que todo el mundo pensaba que yo era una arpía y él un calzonazos. En lo primero tenían razón (prognato, antes de que lo diga usted lo digo yo) pero en lo segundo no podían estar más equivocados: Él nunca discutía, pero siempre hacía lo que se le ponía en los reales. Porque esa es otra gran verdad: el que monta el pollo siempre acaba haciendo lo que quiere el que se calla. No se sabe cómo sucede esto, pero es rigurosamente cierto.

2. AMENAZAR (sin cumplir)

Hay una peli de Bruce Willis (no recuerdo bien pero creo que se titula "Un mundo perfecto") en la que éste, que hace de sonao para variar, le dice a un fulano que le acusa de amenazarle: "No era una amenaza, era un aviso" ante las protestas del otro le vuelve a decir: "Mira, te voy explicar lo que es una amenaza"
le mira fijamente a los ojos y le dice muy serio "Dentro de un segundo te romperé la nariz" y acto seguido le suelta una  descomunal hostia en la cara y, efectivamente, le rompe la nariz. La cosa queda clara, eso es una amenaza.
Si no eres como el personaje de Bruce Willis y no vas a ser capaz de soltar la hostia, no amenaces. Si amenazas lo tienes que cumplir, por eso, antes de amenazar mide tus fuerzas y si no estás completamente seguro de ellas, no amenaces.
Porque sólo hay algo más humillante que agachar las orejas: agacharlas después de haber amenazado.

3.REPROCHAR

Esto sí que no, esta es probablemente la peor de las tres. Reprochar significa no haber perdonado, lo cual es lícito, pero si no has perdonado a alguien es mejor que te alejes de él. Lo que no puede ser es que sigas tratándole, que digas que le has perdonado, pero que a la primera de cambio salga el reproche a relucir. Al final acabas pasando de víctima a verdugo.
Otra variante de reprochar es echar en cara. Haces algo bueno por alguien (que generalmente no te ha pedido) y luego estás toda la vida tachándole de desagradecido a la primera que hace algo que no te gusta. Esto es feo porque deja en evidencia el carácter mercantilista de tu buena acción, no lo hiciste por que te apeteciera o por cariño, sino en espera de obtener algo a cambio, y eso, como he dicho, es feo.


Resumiendo: como decía mi abuela (sí, otra vez mi abuela):

LA MEJOR PALABRA ES LA QUE QUEDA POR DECIR