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sábado, 9 de julio de 2016

Un día cualquiera



Mientras se duchaba volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto saliera de la ducha.
Cuando salió de la ducha su hijo reclamaba no sé qué de unos calcetines y ella, mojada aún, tuvo que acudir en su ayuda, después se vistió a toda prisa y acompañó a su hijo al colegio.
En el metro, camino al trabajo, se acordó de que tenía que hacer la transferencia para pagar las extraescolares, de que su marido, una vez más, no había reparado la puerta del baño y de que no quedaban calabacines.
No se acordó de que a los veinticinco años llegaba a levantarse de la cama para consultar una duda en sus libros de gramática o para buscar cómo se escribía correctamente una palabra rusa en la que había pensado, de repente, antes de dormirse.
Se acordó de que no debía comer chocolate porque sus mulos estaban adquiriendo proporciones dantescas.
No se acordó de las noches en las que una buena novela la tenía en vela hasta que sonaba el despertador y de que leer un libro a la semana era insuficiente.
Se acordó de que su jefe le pediría aquello que tenía que haber hecho y de que no lo había hecho y de que no le importaba lo más mínimo no haberlo hecho.
No se acordó de que una vez había trabajado en algo que sí le importaba hacer.
Se acordó de que la semana siguiente tenía dentista.
No se acordó de que llevaba meses sin recibir un beso apasionado, sin escribir un relato apasionado, sin sentir una antipatía apasionada.
Se acordó de su madre. Se acordó de su abuela. Se acordó de su tía.
No se acordó de que había jurado con todas sus fuerzas no parecerse jamás a ellas.
Se acordó de tomarse los ansiolíticos.
No se acordó de por qué se los tomaba ni de cuando no se los tenía que tomar.
Al final del día, exhausta, se metió en la cama. En su mesilla de noche estaba el teléfono. No había libros.
Un segundo antes de dormirse  volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto se levantara a la mañana siguiente.
Mientras se duchaba volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto saliera de la ducha.
Cuando salió de la ducha su hijo reclamaba no sé qué de unos calcetines y ella, mojada aún, tuvo que acudir en su ayuda, después se vistió a toda prisa y acompañó a su hijo al colegio.
En el metro, camino al trabajo, se acordó de que tenía que hacer la transferencia para pagar las extraescolares, de que su marido, una vez más, no había reparado la puerta del baño y de que no quedaban calabacines.
No se acordó de que a los veinticinco años llegaba a levantarse de la cama para consultar una duda en sus libros de gramática o para buscar cómo se escribía correctamente una palabra rusa en la que había pensado, de repente, antes de dormirse.
Se acordó de que no debía comer chocolate porque sus mulos estaban adquiriendo proporciones dantescas.
No se acordó de las noches en las que una buena novela la tenía en vela hasta que sonaba el despertador y de que leer un libro a la semana era insuficiente.
Se acordó de que su jefe le pediría aquello que tenía que haber hecho y de que no lo había hecho y de que no le importaba lo más mínimo no haberlo hecho.
No se acordó de que una vez había trabajado en algo que sí le importaba hacer.
Se acordó de que la semana siguiente tenía dentista.
No se acordó de que llevaba meses sin recibir un beso apasionado, sin escribir un relato apasionado, sin sentir una antipatía apasionada.
Se acordó de su madre. Se acordó de su abuela. Se acordó de su tía.
No se acordó de que había jurado con todas sus fuerzas no parecerse jamás a ellas.
Se acordó de tomarse los ansiolíticos.
No se acordó de por qué se los tomaba ni de cuando no se los tenía que tomar.
Al final del día, exhausta, se metió en la cama. En su mesilla de noche estaba el teléfono. No había libros.
Un segundo antes de dormirse  volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto se levantara a la mañana siguiente.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Querido 2010

Mira, a pesar de que por ahí te están poniendo fino, yo te voy a llamar querido. Ya te marchas y nunca volverás, no tiene sentido discutir a estas alturas. Además, sólo eres un año, tú no has hecho nada, las cosas las hacemos nosotros, incluso a ti te hemos hecho nosotros. Es un poco absurdo, por tanto, echarte ahora los perros por lo que no nos ha gustado.
Es verdad que en tu reinado han pasado cosas chungas, se me ha muerto mi Saramago, joder, y eso duele. Pero yo ya no veo la muerte como algo negativo, precisamente gracias a él, y eso hace que duela un poco menos.
No has sido el año de la realización profesional, eso es indiscutible. No has sido el año del amor, eso es más indiscutible aun. No has estado mal en el sexo, también es verdad, pero de eso no se habla, o eso dicen.
Lo que sí has sido, y eso te lo tengo que reconocer, es el año de la amistad. Durante tu mandato he conocido personas horribles, es verdad, pero también, y me quedo con esto, maravillosas.
La amistad es lo más bello que puede tener el ser humano, y esto es algo que siempre creeré. Es la relación más hermosa de cuantas se pueden establecer entre individuos. No viene impuesta por un imperativo genético, no es esa esclavitud enajenante del amor sexual, no media en ella ningún interés que no sea el regocijo de que exista esa persona y de que tú te la hayas encontrado.
Soy rica en amigos, no porque tenga muchos sino porque los que tengo son maravillosos. Siendo como soy lo más alejado del color gris, he despertado y despierto muchas antipatías, algunas viscerales y aterradoras, pero, en compensación, quien me quiere me quiere a muerte. Eso es así.
Si hay algo que odio son ese tipo de expresiones como "yo me llevo bien con todo el mundo" "a mí es que nadie me cae mal". Las personas que dicen este tipo de cosas me sugieren una de estas dos posibilidades:
1. Mienten, lo cual quiere decir que son unos hipócritas redomados.
2. Dicen la verdad, lo cual quiere decir que las personas les dan lo mismo y tienen una nula capacidad de compromiso.
Ya lo dijo Cristo que no se puede servir a dos amos. Si intentas quedar bien con todo el mundo no puedes establecer verdaderos lazos.
Quizá esa es la razón de que mis amigos sean también personas fuertes, llenas de color y de pasión, personas libres que no temen lo que los demás puedan pensar de ellos.
En tu periodo, como te decía, querido 2010, he gozado profundamente de la amistad. De la nueva y de la de siempre. Ya conoces a mi vaca, seguramente el gran amor de mi vida. Mi vaca siempre ha estado ahí. Yo muchas veces bromeo diciendo que si no pudiera ir a mi cita con el psicólogo perfectamente podría mandarla a sustituirme. Lo sabe todo de mí. Y ya no hace falta ni que yo se lo cuente. A veces tengo ganas de matarla y muchas veces más ella tiene ganas de matarme a mí. Si discutimos estoy muy triste hasta que nos reconciliamos. Es mi vaca, puedo decirle tranquilamente que no me apetece levantarme del sofá, no tengo que quedar con ella por compromiso y me regaña si hago algo que no le parece bien.
Yo no me imagino ya la vida sin ella, y la imagen de la vejez que tengo en mi mente es paseando con mi vaca y que me diga con esos ojillos perversos y picaruelos que sólo ella sabe poner "¿Te acuerdas de cuando....?"
Otro gran amor de mi vida es mi Eufrasio. No se lo digo muy a menudo, pero todos los días me acuerdo de las cosas que ha hecho por mí. Eufrasio se fue hasta el aeropuerto de Moscú, cruzándose toda la ciudad a menos 20 grados para recogerme a las 7 de la mañana, porque estaba embarazada y no me quería dejar sola. Eufrasio me hacía la cena y me la traía a la cama cuando las náuseas no me dejaban levantarme. Eufrasio me ha consolado cada vez que mi amígdala ha hecho de las suyas. Ha sido bueno conmigo desde que me conoció y ahora lo es con mi hijo.
Durante tu reinado, querido 2010, ellos han seguido a mi lado y doy gracias por ello.
Pero no son los únicos por los que tengo que dar las gracias.
Tú, querido 2010, me has traído a Gon y Eva (y con ellos a las geniales locuelas), me has traído a mi linda Rosalinda, me has traído a Natalia y a Luismi, me has traído a ValenGreen, me has traído a la dulce Silvia y me has traído al mensajero más dicharachero.
Y lo que es más importante, muy al final, como broche de oro, me has traído de vuelta una cosa que ya no esperaba recuperar: me has traído a Lorenita, la cuentista de Hamelin.
Que te vaya bien, querido 2010, te guardaremos en las fotos, las hemerotecas y el corazón.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Olvido

Hay una película de Jim Carrey (no es una comedia) cuyo título original es "Eternal sunshine of the spotless mind" ("Eterno resplandor de una mente sin recuerdos"). En España la titularon "Olvídate de mí", y en Alemania"Vergisse mich nicht" ("No te olvides de mí"). Esta diferencia es mucho más significativa de lo que pueda parecer a priori. Pero esa es otra historia.

En esta película (atención atención, aviso a navegantes, quien no la haya visto y la quiera ver que deje de leer) existe una clínica donde te borran de la mente el recuerdo que tú elijas. Desde que la vi estoy ahorrando para cuando abran una aquí en Madrid.

Yo siempre he soñado con la amputación de los recuerdos.

Esta buena memoria que Dios/la naturaleza/la genética me ha dado estaba muy bien en el cole para aprobar exámenes de un día para otro, pero para vivir es una puta mierda (para qué nos vamos a andar con eufemismos). Especialmente si está combinada con una nostalgia enfermiza, como es mi caso.

Borrar el disco duro, como si fueras un ordenador, sería maravilloso. Y empezar de nuevo. Sería como un suicidio con billete de vuelta. El sueño de mi vida.

Podrán argumentar en mi contra, y es una buena argumentación, que al borrar el disco duro se borran también los buenos recuerdos, pero cuando el balance es negativo creo que merece la pena. Si para conservar un buen recuerdo hay que soportar cincuenta malos el negocio no compensa. Como decía mi abuela "se perdona el bollo por el coscorrón".

Olvido... cuántas horas he invertido persiguiéndolo. Sin éxito, obviamente, porque nada fija mejor un recuerdo en nuestra memoria que el deseo de olvidarlo.

Y además, aun en el caso de que la mente llegue a olvidar, el cuerpo siempre recuerda.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Zombie

Me levanto, me ducho, desayuno, salgo de casa, cojo el autobús, cojo el metro, cojo el autobús, llego al trabajo. En el metro leo, escucho música, la gente me mira, miro a la gente. En el trabajo saludo, sonrío, me río, me enfado, comento, me concentro, voy al baño, tomo café, recojo el correo, hago una presentación para mi jefe. A la hora de la comida salgo, como, comento que está rico o que no está rico, pago, me lavo los dientes, vuelvo a trabajar, hablo de trivialidades, arreglo el mundo, me cago en Aznar, me cago en Zapatero, me cago en Aguirre. Correo, llamada, mensaje, llamada, correo. Broma, ofensa, perdón, qué bueno está ese, por dios qué antipático, tengo sueño, qué bien ya es viernes, qué horror de lunes.
Todo es normal.
Sólo yo sé de este dolor. El dolor sordo y constante. El dolor que no cesa. La paradoja de estar muerta y, sin embargo, no poder dejar de sentir este dolor.

jueves, 29 de octubre de 2009

Acto de contrición


Una de las cosas que soy, muy a pesar, es católica. Aunque no comulgue con ellos, aunque sea atea. Soy católica. No creo en Dios, pero no puedo evitar santiguarme cuando entro en una iglesia, ni hacer la genuflexión si paso por delante del altar, ni decir el consabido "si Dios quiere" cuando formulo un plan de futuro. Somos lo que somos, aunque nos disguste. Soy española, aunque muchas de las cosas de España me repelan. Soy totalmente antitaurina, por ejemplo, pero no puedo evitar que mi fraseología personal esté plagada de tauromaquia.
Como católica atea que soy conozco de memoria las oraciones, los ritos, los protocolos. Sé cuáles son los pecados, cuándo se debe confesar, comulgar y comer pescado en vez de carne. Sé que cuando va uno a confesarse hay que decir "Ave María Purísima" y el sacerdote te contesta "sin pecado concebida". No acepto la autoridad ni de curas ni de monjas y, sin embargo, no puedo evitar llamar "padre" a unos y "hermana" a las otras.
Han sido muchos años. Más que eso. Han sido los años de mi formación. Y eso deja una huella indeleble. Es mi cultura. Soy yo.
Me gusta mucho Cristo, y me gustan los Evangelios, y me gustan sus enseñanzas. Pero de eso ya hablaré otro día...



Hoy quiero hablar de una de las dinámicas que más me gustan de la religión católica, una de las dinámicas que deberíamos aplicar a la vida común, por muy atea que sea esa vida. Me refiero al acto de contrición. ¿Lo conocéis? ¿Lo recordáis? Os refresco la memoria:

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.

(Golpeándose el pecho)

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.
De aquí viene esa famosa expresión de "darse golpes en el pecho" que usamos para referirnos a personas falsas. Y es que el arrepentimiento, al igual que el perdón, es un acto involuntario, íntimo, que no se controla. Podemos decir que nos arrepentimos, pedir disculpas públicas y darnos grandes golpes en el pecho pero eso no significa que nos arrepintamos de verdad. Podemos decir "te perdono", "no pasa nada" y seguir sintiendo rencor en nuestro interior.
Ambos sentimientos, perdón y arrepentimiento, llegan por sorpresa, sin esperarlos. Un buen día uno se dice a sí mismo "fue mi culpa", y eso, la simple aceptación del error, es una liberación tan grande que ya todo se ve de otra manera.
Hay dos formas de encarar las dificultades: la pasiva y la activa. Yo antes era pasiva, la desgraciada víctima del destino cruel. Ahora he comprendido que la única forma de caminar hacia un lugar mejor es reconocer la propia culpa.
Que cada uno cargue con sus culpas, que cada uno enmiende sus errores y se responsabilice de sus actos. Yo ya no pienso en lo que los demás me hicieron a mí. Es más productivo pensar en lo que yo hice, pues sólo sobre eso tengo control para corregirlo. No se trata de asumir que uno tiene la culpa de todo, ya que no es así, sino de centrarse en aquellas cosas que fallaron por mi causa, para no volver a fallar.
Es increíblemente liberador asumir las propias culpas, uno no lo sabe hasta que lo hace. Incluso cuando son otras personas las que te dañan a ti, te sientes mejor. Cuando sabes admitir tus propias culpas automáticamente sabes cómo no sentirte mal por el dolor que te causan los demás. El pensamiento salta solo "Yo soy responsable de lo mío, que él realice su propio acto de contrición cuando esté preparado para ello, y si no lo está nunca peor para él, pues será siempre esclavo de su estúpido victimismo, un títere de su cruel destino"
Es más, me he fijado en que las personas que más daño hacen a los demás (ya sea de pensamiento, palabra, obra u omisión) son las que más se lamentan de lo injusta que es la vida con ellas. Esos que te dicen cosas como "yo de bueno soy tonto" o "cuando quieres a alguien te hace daño", sólo están buscando justificaciones para perseverar en su conducta errónea y eludir su responsabilidad.
A pesar de los golpazos que me he llevado y me llevo yo no me apeo del burro, quiero seguir amando, confiando, dando lo mejor de mí.
Creo que la cosa debería ser así: Haz las cosas bien, si no las haces asume tus culpas y si no las hacen contigo no juzgues ni reproches...
Que cada uno se golpee su propio pecho.





sábado, 10 de octubre de 2009

Cinco de todo revuelto



Eso es lo que nos decía mi madre cuando le preguntábamos ¿Qué hay de comer?, y lo que ella pretendía darnos no era un plato único, como estofado o lentejas, sino cosas que le habían ido sobrando y que aprovechaba para endosarnos de una vez. Así nos presentaba ante los ojos y los dientes un plato con cosas como un huevo frito, una salchicha, tres pimientos, dos croquetas y medio filete. Un día le pregunté a mi queridísima por el origen de aquella expresión y me dijo que era lo que le pedían al de la tienda de chuches cuando eran pequeños y no se querían decidir por un único caramelo, cinco céntimos de todo revuelto. Entonces, cómo no, me vino la reflexión.
Cuántas veces en la vida optamos por eso, por cinco de todo revuelto en lugar de concentrarnos en un único objetivo. Tengo la impresión de que las personas que triunfan en la vida (según la concepción moderna de triunfar, claro, que para mí triunfar es otra cosa) son las que se ponen las orejeras de burro y no ven más que lo que quieren ver. Esas personas nunca piden cinco de todo revuelto en la tienda de chuches.
Hoy, para celebrar la reinauguración de mi blog, quiero escribir un cinco de todo revuelto. Un post sin tema y con todos los temas.
En mi última entrada os pedí que me sugirierais palabras, si he de ser sincera ninguna me inspiró. Pero voy a usarlas todas.

Bebé: el olor más maravilloso del mundo es el que desprende la coronilla de un bebé, tener un bebé en brazos es una sensación orgásmica. En un bebé todo es energía potencial. Por eso los adoro.

Albahaca: yo nunca digo albahaca, aunque como palabra árabe que es me encanta, siempre digo basilico, en italiano. Vaya usted a saber por qué. Hoy he soñado que viajaba a Venecia para reconquistar al mio marito, eso nunca sucederá. Fui imbécil y eso ya no tiene solución.

Churro: no me gustan los churros, perdone usted, yo soy de porras. Se puede saber mucho de una persona a través de estos detalles supuestamente inocuos. A mí la gente que prefiere los churros me da como grimilla.

Sardónico: cuando oigo esta palabra no puedo evitar asociarla a la risa. Una risa sardónica, qué habría sido de la mala literatura sin esta combinación léxica.

Durazno: lo siento pero para mí no existen los duraznos, existen los melocotones. Y ni siquiera. Cuando Prognato era Prognatito aprendió a decir melón, y cuando intentamos enseñarle a decir melocotón él dijo melón toncón. Desde entonces en mi casa no se comen melocotones sino melontoncones.

Leitmotiv: esta palabra no encaja en este post, por lógica pura. Quien tenga un leitmotiv nunca podrá entender el concepto del cinco de todo revuelto.

Resiliencia: esto es lo que un gitano diría "a las penas, puñalás"

Estólido: Aznar.

Clamar: lo siento, cuando oigo esta palabra sólo puedo recordar aquella poesía que recitaba un argentino mientras hacía una performance (¿o es un performance?) "Dios las puso en el fin de la Tierra, son las islas Malvinas que claman venganza y al pueblo argentino"

Ferocidad: esta palabra me parece entrañable, siempre me hace recordar a la Golfita de cachorra intentando matar a aquel peluche.

Joder.... qué mierda: es aplicable a taaaaaaaantas cosas.....

Mastur-Bar: hay que masturbarse más, pero no el cerebro, ¿vale?

Mausoleo: Yo estaba nerviosa, emocionada, mientras la fila avanzaba, la luz era tenue como corresponde a tan solemne lugar. De repente, antes de lo esperado, apareció ante mí. Parecía que estaba dormido. Era él. Se me escapó una lágrima. Menos mal que estás muerto, pensé, y no puedes ver lo que han hecho con tus ideas. Podría tratarse de Cristo, pero era Lenin.

He vuelto, y con ganas renovadas. Gracias por leerme, gracias por esperarme.


martes, 15 de septiembre de 2009

Ay mi Patrick de mi alma


Pobre Patrick, joder. Con lo que yo me metí contigo por horterilla... Porque hortera lo eras, a ver si ahora porque hayas muerto no le vamos a llamar al pan pan...

Pero se ve que hay que perder las cosas para descubrir cuánto nos importan, porque hoy estoy desolada.

Patrick, nos has dejado un poco huérfanos hoy a los de la generación maldita (ya sabes, los hijos de la transición) que hemos crecido con tus películas.

Hoy he recordado aquél día, debíamos estar en séptimo, que fuimos cuatro o cinco a casa de Bibiana y vimos Dirty Dancing por enésima vez y lloramos por enésima vez con la escena del baile final.

Luego llegó Ghost y todos descubrimos cuan interesante podía ser la alfarería y que hay que portarse bien o vendrán los de las sombras...

En Le llaman Bodhi casi no nos fijamos en ti, no nos lo tomes en cuenta, estabas al lado de San Keanu y eso era mucha competencia, querido. Porque tú, sex symbol lo que se dice sex symbol, no lo fuiste nunca. Tú fuiste más bien el amigo majo del buenorro del grupo, el chico de fiar, el que parece un chulillo pero, a la hora de la verdad, es de ley.

Patrick, yo nunca me creí lo de Ghost, ya lo sabes. Yo creo que al cerrar el ojo se acabó. Pero contigo voy a hacer una excepción, a ti te voy a imaginar marchándote hacia la luz.

Que te vaya bien, casi guapo.


miércoles, 2 de septiembre de 2009

Al ladrón

Me voy ahora mismo a comisaría a poner una denuncia. No me había dado cuenta pero me están robando. Me están robando los años, poco a poco, de forma muy sutil, pero yo tenía mucha vida y cada vez tengo menos. ¿Dónde está la que me falta? ¿Quién se la ha llevado?
Qué detengan ahora mismo a ese ladrón que actúa impunemente y con alevosía, dejándonos sin sueños ni esperanzas. Ya que está que se lleve también los recuerdos, que se lleve la nostalgia. Que se lleve el nudo de angustia y la desesperación...
Al ladrón, que lo lleven preso, que me diga qué ha hecho con todos estos años, con todas estas ilusiones, con la ingenuidad.
Al ladrón, no hay derecho a apropiarse así de lo ajeno, del corazón, de las ganas de vivir, de los proyectos, del futuro.
Parece que fue ayer, yo todavía creía en los príncipes de ojos verdes, que los polis eran los buenos, que había una oportunidad...
Al ladrón, decidle que venga y que se lleve también las palabras de amor de los charlatanes baratos que recitan poemas de Neruda y te llevan a ver puestas de sol, que se lleve las lágrimas de cocodrilo de los chicos sensibles, que se me lleve a mí, de una vez por todas.
Al ladrón...

jueves, 6 de agosto de 2009

Universos paralelos



Los que hemos crecido con la saga de Regreso al Futuro somos muy tendentes al onanismo mental con eso de los viajes en el tiempo y las paradojas que se sucederían de una cita con tu abuela adolescente. ¿Quién no ha deseado alguna vez poseer una máquina del tiempo? Para descubrir el futuro, para asistir personalmente a algún acontecimiento histórico, para desvelar misterios pretéritos... pero, sobre todo, para enmendar los errores del pasado.
Yo soy de las que cree que hay múltiples dimensiones (y esto no lo creo desde un punto de vista esotérico, sino científico) y que cada decisión que tomamos provoca una ramificación en la línea espacio- tiempo creando tantos universos paralelos como alternativas de elección existan para dicha decisión. Si Fulano Pérez decide tomarse el helado de chocolate en lugar del de fresa se crea automáticamente un Fulano Pérez paralelo que eligió el de fresa en vez del de chocolate, con todo lo que eso conlleve. Dos universos surgidos de decisiones tan nimias presentarán pocas diferencias entre sí, o al menos eso sería lo esperable, pero a veces se toman en la vida decisiones trascendentales, decisiones que se constituyen en puntos de inflexión. Si, con el tiempo, esa decisión resulta más o menos acertada, si somos más o menos felices es poco probable que pensemos en las otras alternativas que descartamos, pero si somos infelices vendrá la nostalgia, y, con ella, el deseo de tener una máquina del tiempo.
"Si yo hubiera..." la tercera condicional del idioma español, la hipótesis imposible. Se llama así porque, como su propio nombre indica, es una conjetura que jamás se podrá poner en práctica, y no se podrá poner en práctica, sencillamente, porque es algo que ya ha ocurrido. Y el pasado, a no ser que tenga uno el DeLorean de Doc, no se puede cambiar.
Igual que hace Martin McFly, que regresa para impedir que Doc sea asesinado, todos querríamos poder volver al momento en el que, desde nuestro punto de vista, tomamos la decisión equivocada. Craso error. Es imposible saber si la decisión fue equivocada. Y es imposible porque cuando decidimos nos quedamos sólo en uno de los universos y no podemos ver los demás, de modo que no sabemos cuál de ellos es el mejor.
Sin embargo, a veces hay fallos en el sistema. A veces se produce una fisura en la membrana que contiene nuestro universo y, aplicando a ella el ojo como un mirón, podemos atisbar lo que ocurre en el universo paralelo. A veces podemos ver, por un momento, como sería nuestra vida de haber tomado otra decisión.
No hace mucho he estado en Londres, por primera vez en mi vida. De la ciudad no diré nada que de eso ya se encargan las chopocientas mil guías que se han escrito sobre ella.
Lo que quiero contar es que allí, justo allí, en Mile End, yo encontré una fisura en la membrana del espacio-tiempo.
Durante la semana larga que permanecí allí, me dediqué oficialmente a ver museos y monumentos, pero en realidad no hice otra cosa que fisgonear en mi universo paralelo.
Ojalá no lo hubiera hecho...
Yo creía que sí, que tomé la decisión correcta, y, con la poca sensatez de que dispongo, aún lo pienso.
Pero entonces ¿por qué ahora daría cualquier cosa por tener una máquina del tiempo?


martes, 23 de junio de 2009

Desórdenes temporales



Mi deseo no puede nunca ser satisfecho. No me interesa tu presente, no me interesa tu futuro. Lo que yo quisiera conquistar es tu pasado.
No hay solución puesto que esto no es una novela. Si lo fuera yo podría utilizar una analepsis y saltar atrás en el tiempo. Me integraría en tu pasado. Robaría tus recuerdos. Monopolizaría tu nostalgia.
Quizá podría, así, librarme de este nudo de angustia que me atenaza cada vez que te veo ensimismado, la mirada perdida hacia la derecha (señal de que estás recordando y no imaginando), una media sonrisa melancólica, y sé que yo no estoy entonces en tu mente.
Somos nuestros recuerdos. Si yo no estoy en tus recuerdos no existo para ti.
Sé que algún día estaré en tus recuerdos, cuando sea otra la que sufra la angustia de no poder conquistar tu pasado.
Cuando mi mirada se quede perdida hacia la derecha y en mi mente sólo existas tú...
Ese es mi único consuelo.
Quisiera deshacerte para hacerte de nuevo a imagen y semejanza del que ahora amo.
Quisiera haberte conocido cuando no te conocía.
Quisiera viajar en el tiempo y verte antes de ser lo que eres.
Ya he dicho que mi deseo no puede ser satisfecho.


jueves, 26 de marzo de 2009

La libertad

"La libertad no necesariamente hace al hombre feliz, lo hace, simplemente, hombre".
No recuerdo quién dijo esta frase, pero no puedo estar más de acuerdo.

Yo amo mi libertad por encima de todas las cosas, si siento que quieren quitármela, que puedo perderla, no me paro a pensar en si soy feliz o no, lo único que veo es cómo el espacio se reduce, cómo el aire se agota. Y no puedo respirar. Entonces, con gesto brusco, me sacudo de encima todas las ataduras y salgo corriendo, y nunca miro atrás.

Cada vez que algo en mi vida ha terminado, a pesar del dolor que haya podido causarme ese final, me he sentido profundamente feliz de recuperar mi libertad. Y ese sentimiento de incertidumbre (la más bella de todas las sensaciones) ha superado todo lo demás.

Nunca he pensado en lo triste que era perder lo que perdía, sino en todas las perspectivas que se abrían ante mí. Siempre me ha gustado huir hacia adelante.
Nunca dejaré de preguntarme qué hay más allá del horizonte.

Yo, personalmente, prefiero ser libre que feliz. Prefiero ser libre que cualquier otra cosa.
Porque si no soy libre, simplemente, no soy.


martes, 24 de febrero de 2009

Deseos

Penélope Cruz ha ganado el Oscar. Los que me conocen saben lo que opino al respecto así que lo omitiré. No es eso de lo que quiero hablar. Sino de los deseos.
Mi camino y el de Penélope han tenido dos puntos en común. El primero fue hace veinte años, cuando yo tenía catorce y ella dieciséis (porque se da el misterioso fenómeno espaciotemporal de que Penélope, habiendo tenido de adolescentes dos años más que yo, ahora tiene mi misma edad). Pe y yo trabajamos juntas en un anuncio publicitario. No estábamos sólo ella y yo, había muchas chicas. Ella aún no había hecho "Jamón jamón", pero ya era conocida en la profesión por el famoso vídeo de "La fuerza del destino" y por ser la novia de Nacho Cano. Durante el rodaje, Pe no dirigió la palabra a las otras chicas e, incluso, exigió un camerino para ella sola, ya que su caché le impedía cambiarse con las demás. Cuando recuerdo esta escena y la comparo con una humildísima Penélope dedicando su Oscar a Alcobendas no puedo evitar sentir cierto resquemor. Algo parecido me recorrió el cuerpo cuando Ánsar (recién elegido presidente por los pelos) se iba a Quintanilla de Onésimo a jugar al dominó... esperemos que la humildad no le evolucione igual a la Cruz, o que Dios nos coja confesados.
El otro momento en común que tengo con nuestra estrella está relacionado con el Puente de Carlos, en Praga (en la foto).
Cuando Pe estaba rodando "La niña de tus ojos" en Praga, esto lo ha contado ella, tocó el famoso puente y pidió sus deseos, más tarde dijo que se le estaban cumpliendo todos (es lógico suponer que el Oscar era uno de ellos). Cuando yo estuve en Praga me acordé de esta tontería y, ni corta ni perezosa, toqué el puente y pedí mi deseo. Mi deseo fue muchísimo menos pretencioso, sólo pedí que el niño que llevaba en la tripa (estaba de seis meses), su padre y yo formásemos siempre una familia tranquila y feliz. En el momento en que yo estaba pidiendo ese deseo el papi de la criatura se estaba cepillando a otra mujer. Mi deseo, obviamente, no se cumplió.
Nada de lo que yo he deseado en la vida se ha cumplido, jamás. Por eso me da miedo desear cosas.
Me da miedo cada vez que tengo ilusión por algo, me da miedo cada vez que él me sonríe y yo deseo que pase algo más, me da miedo cuando miro a mi hijo. Las personas a las que no se nos cumplen nunca los deseos acabamos por no desear, y de no desear acabamos por no vivir en absoluto.