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jueves, 5 de mayo de 2016

Cádaveres



No sé si alguien más se habrá dado cuenta de que la ciudad está llena de cadáveres. Están por todas partes, sus asesinos los tiran o los dejan caer con desidia en cualquier sitio: desde las ventanas, en los parques, en las paradas de autobús, a la entrada del metro… yo los he visto, incluso, en las puertas de los hospitales y entre los columpios de los niños.
Muchas veces son desechados aún moribundos y la gente asiste impasible al horrible espectáculo de verlos agonizar durante minutos, enrareciendo el ambiente con su aliento fétido y tóxico. Cuando los veo yo, movida por el asco y la piedad, acabo con su sufrimiento rematándolos con la punta del zapato.
Es grotesco contemplar cómo se ha normalizado esta dantesca y antihigiénica situación. Nadie parece verlo, y, aun en el caso de verlo, nadie parece reprobarlo.
Siguen siendo asesinados y abandonados donde sea por personas que, en muchos casos, son buenas personas, ciudadanos honestos, gente cívica que nunca tiraría un papel al suelo o haría nada que pudiera perjudicar a su prójimo. Excepto con ellos. Con ellos, con los cadáveres, nadie tiene el menor atisbo de compasión, pudor, o pulcritud.
Los matan y los tiran. Ni siquiera consideran estar haciendo nada malo.
Los servicios de limpieza los retiran con regularidad, pero siempre hay. Los asesinos son tantos y actúan con tanta frecuencia, que el ayuntamiento no da abasto.
Sólo una cosa me hace sonreír con maliciosa satisfacción para mis adentros: la certeza de que los cadáveres inoculan un veneno en su asesino antes de morir.
Al menos les queda el consuelo de morir matando. Matando lentamente, sí.
Pero matando.

viernes, 22 de febrero de 2013

La purga de Benito

Los que me lean de vez en cuando ya sabrán cuánto admiro a mi abuela y cuánto me gusta citarla. Pues hoy voy a hacerlo una vez más. Cuando estábamos malitos y nos daba algún remedio para ello y nosotros, sin haber dejado transcurrir el tiempo necesario para que el proceso siguiera su curso, nos quéjabamos de que seguíamos sintiéndonos mal, ella nos decía siempre "A ver si te crees que es la purga de Benito, que no se la había tomado y ya le hizo efecto"
Vivimos, por desgracia, en la era de la purga de Benito. Todo es rápido, todo es ya, todo es sin esfuerzo...
Se adelgaza comiendo cochinillo y en tres días, se aprende sánscrito en dos tardes (en tres ya llegas a bilingüe), en cofiplis y similares te dan el dinero a la de YA para tus caprichitos. Por cierto, siempre me he preguntado si luego te mandarán un Valodia para que te parta las piernas si no pagas, pero eso es otro tema.
El caso es que ahora sólo respondemos a la gratificación inmediata y lo que no funciona a la primera lo abandonamos decepcionados.
Vivimos en la ciudad, vamos al supermercado y compramos tomates. No hemos pasado por el proceso de plantar la semilla, regarla, cuidarla, esperar a que la tomatera crezca, dé flor en primavera y esa flor se transforme en un jugoso tomate de esos que nosotros, según mi madre, ni hemos catado ni cataremos.
En las páginas de ligoteo de internet la gente te envía el primer mensaje pasándote el correo, el teléfono, el facebook y todo lo que haga falta para que lo contactes inmediatamente, quedar y follar todo es uno. Lo de escribirse, cortejarse, ponerse mil veces nervioso, elucubrar, imaginar... eso ya no se estila. Todo eso viene después del primer polvo, queremos levantarnos una mañana teniendo en la cama una pareja de seis años de relación, sin darnos cuenta de que, para ello, hay que invertir ni más ni menos que seis años.
Vivimos en la era de los 140 caracteres, la entrega en 24 horas, el doble check inmediato. Hemos perdido uno de los más maravillosos y agridulces placeres: esperar.
Por consiguiente, como todo ha de ser inmediato, asumimos que lo que no sucede inmediatamente nunca sucederá. Y la mayor y devastadora muestra  es el estado en el que se encuentra España, la cual ostenta el dudoso honor de tener  los políticos más cortoplacistas del mundo. Todo lo que no ha de dar mucho dinero y muy rápido no merece la pena. Hay que estudiar ADE y másters MBA, para ver rápido dónde está el negocio. Lo de ser biólogo y aspirar a encontrar la cura de algo es de progres trasnochados. 
Y lo peor de todo: queremos que con protestar una vez nos hagan caso. Vamos a UNA manifestación y decimos "no sirve para nada". Y es verdad, una no sirve para nada, al igual que no sirve para nada ir un día a la universidad, una abdominal o regar una planta una vez. Es el acto repetido lo que marca la diferencia, la insistencia, el tesón. La paciencia. Eso que hemos perdido, eso que necesitamos, por encima de todas las cosas, recuperar.
Porque las manifestaciones no son, como diría mi abuela, la purga de Benito, que no se la había tomado y ya le hizo efecto.
Y menos aun cuando se está tan enfermo como lo está nuestro país.

viernes, 13 de marzo de 2009

Papis divorciados



Nuevos tiempos traen nuevas especies y, de cuantas campan por nuestro mundo actualmente, una particularmente entrañable es la de los papis divorciados (entiéndase papis y mamis para aquellos que no distinguen la gramática de la política).
Me dio por pensarlo el otro día, mientras me apretaba un gin tonic con mi primo en el salón de su casa. En la habitación contigua nuestros respectivos hijos ya dormían. Habíamos pasado la tarde dedicados a ellos y en ese momento nos contábamos nuestras mutuas andanzas y cruzábamos consejos varios.
En esto me llegó un mensaje al móvil, muy, muy bonito, de otro papi divorciado que también estaba cuidando de su hija esa noche. Su niña es monísima, como todo lo que tiene él (empezando por su propia anatomía).
De repente la situación se me hizo muy graciosa. Allí estábamos, tres personas ya mayorcitas, respetables padres y madres de familia, haciendo tontunas más propias de un adolescente con acné. Y es que ya lo decía Jardiel Poncela, cuando uno se enamora a los quince años llora, se pone insoportable y hace tonterías, mientras que cuando uno se enamora a los cincuenta hace tonterías, se pone insoportable y llora...
Los papis divorciados hacemos virguerías con nuestro tiempo y nuestra energía: de seis a siete, juego con el niño, de siete a ocho le baño y le doy la cena, de ocho a nueve me meto en la cama con él para que se duerma, de nueve a diez me transformo en un pivón y me voy a pasar la noche con mi amor... hasta las 7 de la mañana, que tengo que estar allí cuando mi niño se despierte, y ver los dibujos con él y llevarle al parque... Pero no me importa no haber dormido, porque, al venir rebosante de felicidad, tengo más ganas de jugar con él.
Ay los papis divorciados... hacemos planes con niños y sin niños, nos contamos nuestras conquistas en el parque mientras ellos se deslizan por el tobogán. Y cuando las cosas salen mal no nos importa, porque volvemos a casa y nos abrazamos a nuestro verdadero y único amor y todo lo demás es superfluo.


miércoles, 25 de febrero de 2009

Gente que no es de fiar...


1. Las mujeres que, llevando al menos tres lustros menstruando, se empeñan en hablar como niñas pequeñas. Y, como las desgracias nunca vienen solas, esta raza también se caracteriza por decir cosas como "cariño", "mi vida" y "corazón" a personas que no conocen. Víboras de las de calidad, oiga.

2. Los jefes que el primer día te dicen "Aquí somos todos compañeros". A ése a hijo de puta no lo gana nadie. Te lo digo yo.

3. Quien pronuncie esta frase (o cualquiera de sus variantes): "Yo es que de bueno, soy tonto". Sal huyendo en cuanto lo oigas.

4. Las tías que piensan que todos los tíos están detrás de ellas y todas las tías les tienen envidia. Curiosamente las que tienen esta idea nunca son un clon de Eva Longoria, en cuyo caso sería lógico que lo pensasen, sino que suelen ser truños de dimensiones inabarcables.

5. Los que te hablan mal de todas sus ex parejas (y de su actual pareja) mientras intentan arrastrarte al catre. Hombre, que el "mi mujer no me comprende" ya está muy visto...

6. Los que dicen la consabida máxima "Yo por la buenas soy muy bueno, pero por las malas....". Estos son unos cabrones con las charreteras de lo mismo, por las buenas, por las malas y por las regulares.

7. Los que piensan que todo el mundo es malo menos ellos... cree el ladrón que todos son de su condición.

8. Los que dicen no distinguir entre Brad Pitt y Santiago Segura alegando que "a mí no me gustan los tíos". Otra lindeza suya suele ser el "a mí me gustan todas", frase antierótica donde las haya, por cierto.

9. Los que ante la contemplación de un bombonazo de los que animan a dar gracias al Señor sueltan eso de "yo es que como soy tan feliz con lo que tengo en casa" . Esos se tirarían a todo lo que se menea si su absoluta falta de atractivo no se lo impidiese.

10. Los que dicen "yo soy apolítico". Ya puedes ir entonando el Cara al sol.

martes, 21 de octubre de 2008

¡Y también dos huevos duros!

Desde que mi última jefa tuvo el amable detalle de despedirme cuando le pedí que no me llamase gilipollas, estoy en el paro. Debe ser cierto lo de la crisis, porque yo siempre he encontrado trabajo rápido gracias a que soy poliidiota (como decía mi amigo Darío), es decir, puedo hacer el imbécil en varios idiomas, pero esta vez me está costando.
Todos los días tengo una matutina sesión de portales de empleo en Internet, con su correspondiente hervido de sangre en las venas ante la contemplación de la jeta de hormigón armado que se gasta el empresario español.
Este elemento, del que no comprendo que no se haya hecho aún un documental de National Geographic, siempre se ha caracterizado por su avaricia sin límites y ruindad sin parangón, pero ahora, escudados en la crisis, están alcanzando cotas de negrero sudista de antes de la guerra (la civil de los estados juntitos, of course).
Están desaforados, en una orgía de sangre y frenesí, y piden, piden, piden... me recuerdan a la genial escena del camarote de los hermanos Marx, cuando llega el camarero y empiezan a encargarle comida: Groucho pide una cosa detrás de otra y, cuando parece que ya ha terminado de pedir, surge la voz de Chicco por detrás "¡Y también dos huevos duros!".
Las ofertas de empleo actuales son un camarote de los hermanos Marx, no sólo por la masificación, sino por los requisitos, tienes la impresión de que al final de la oferta alguien te va a gritar el famoso "¡Y también dos huevos duros!".
Dos o tres idiomas, nivel bilingüe por supuesto (como si el nivel bilingüe se pudiese comprar en el Rastro), contabilidad, licenciatura universitaria, excelente presencia, dotes comerciales, 25 años de experiencia, haber residido en el extranjero, nivel avanzado de informática... y luego todas estas cositas que se han sacado de la manga: persona proactiva (traducción = mientras haces las tropecientas mil cosas que te he mandado te pones una escoba en el culo y vas barriendo la oficina), tolerancia al estrés (traducción= soy un hijo de puta y tú te tienes que aguantar mis insultos y malos modos), flexibilidad horaria (traducción = te irás de aquí cuando a mí me salga de los huevos, no tendrás vida privada y las horas extras ya te serán compensadas en el cielo, porque lo que es yo te voy a pagar el centro de un donut), te dan ganas de preguntar: Oiga, ¿el anal intruder lo pone la empresa o lo tengo que traer yo?
Claro que estos cómicos son profesionales, porque el verdadero clímax del chiste llega cuando te hablan del salario, mejor ni lo menciono, que no quiero que tengáis pesadillas...
Y te vas de allí diciendo: "o sea, que voy a ganar menos de lo que ganaba poniendo copas para pagarme la carrera... ¡y eso que hace ocho años! No me salen las cuentas, normal, siempre fui de letras.
Menos mal que siempre tenemos al Estado para velar por nosotros, dicen los banqueros, porque a los curritos de a pie lo que nos queda es el mencionado anal intruder.

lunes, 22 de septiembre de 2008

domingo, 25 de mayo de 2008

Inconclusiones


No hace mucho ponían un anuncio en televisión (sí, qué pasa, veo la tele, el que no la vea que tire el primer libro de Saramago) de un mega super buga pintón y escandalosamente caro, protagonizado por un mendilla de unos treinta años que aparece en unos parajes donde un argentino empalagoso (valga la redundancia) le dice que está en el lugar de las "cosas que nunca hiciste". Así el chaval ve a la novia que nunca tuvo, el viaje que nunca hizo, etc, hasta llegar a ver el coche super mega fardón, al que ahora, según el anuncio, puede acceder a cambio de hipotecarse hasta los huevos para los restos. Hasta ahí todo normal, pero mira tú por donde, que un día el anuncio me hizo empezar a fantasear sobre cómo sería ese hipotético lugar de las cosas que "yo nunca hice".
Lo que en un principio parecía una simple paja mental hasta que empezase otra vez la peli, resultó abrir un amplio abanico de posibilidades. Porque no es tan sencillo, quiero decir, no bastaría con un lugar, sino que sería todo un país dividido en comunidades autónomas y las comunidades autónomas a su vez en provincias.
Porque vamos a ver, ¿las cosas no las hizo uno porque no las quiso hacer, porque ni siquiera se le ocurrió hacerlas o porque no pudo? El anuncio no lo concretaba, pero yo sí que me lo planteé, y, por consiguiente, le di forma a varias regiones: estaría el lugar de "las cosas que nunca hice porque no me dio la gana" (votar al PP, enrollarme con Menganito o hacerme hincha del atleti, por poner varios ejemplos), el de "las cosas que nunca hice porque ni siquiera soñé con planteármelo" (cantar la traviata o hacerme neurocirujana, así a bote pronto), "las que nunca conseguí hacer aunque intenté con todas mis fuerzas" (como protagonizar una peli, largarme de la casa paterna o ser la esposa de un fiel marido) y, sobre todo, la más propia de mí, la región que seguramente albergaría el noventa por ciento de todos mis actos "la región de las cosas que empecé pero no termino", o lo que es lo mismo, el país de las inconclusiones (bonito nombre para algo tipo el señor de los anillos).
Ya dijo Bécquer que "los suspiros son aire y van al aire, las lágrimas son agua y van al mar, pero, cuando el amor se olvida, ¿sabes tú a dónde va?", y yo amplio la cuestión ¿a dónde van los proyectos abandonados, las cosas que empezamos y no acabamos? ya sea un libro a medio leer (o en mi caso a medio escribir, que es peor) un jersey que quedará para siempre sin mangas o el buen propósito abandonado a mediados de enero.
Menos mal que los niños se hacen en un ratico y del tirón, porque si no al mío seguramente le faltaría algún órgano....
En cualquier caso, lo que sí que terminé fue aquello que empecé de tener esperanza en el futuro.

jueves, 3 de abril de 2008

Quiero ser como House


Admitámoslo, a todos nos gusta House. Nos encanta lo borde y cruel que es y nos causa admiración el hecho de que no se corte ante nada ni nadie. Hay incluso mucho imbécil, porque no se les puede considerar de otra manera, que se jacta de ser como él y va soltando groserías e insensateces a diestro y siniestro. Claro que estos avicáncanos no producen el mismo efecto que él porque, por lo menos, el doctor luego es brillante y te salva la vida, pero los cantamañanas que lo imitan encima son mediocres y carentes de interés, lo cual constituye un crimen aún peor. Ser como House es como hacer un trío con tu novi@ y su mejor amig@: algo con lo que todo el mundo fantasea alguna vez pero cuya puesta en práctica no es aconsejable.
A todos nos divierte House porque lo vemos en la tele y, sobre todo, porque nunca somos el blanco de sus iras. Pero, parémonos a reflexionar un momento, ¿qué pasa cuando conocemos a un House de verdad? Pongámonos en la situación: nuestro hijo se está muriendo de algo chungo y viene el médico y nos suelta una "housada", el noventa y nueve coma nueve por ciento de los mortales le calza dos hostias al galeno sin ponerse colorado.
Admiramos a House por cómo trata a su jefa y nos gustaría hacer lo mismo con el nuestro. Pero luego, cuando lo tenemos delante, sólo podemos tragarnos nuestro orgullo y luego ponerlo a parir con el resto de empleados, tal y como mandan los códigos de lo políticamente correcto.
Y en el caso de que tengamos subordinados no es nada recomendable que les hagamos los comentarios que hace este tío, si no queremos enfrentarnos a una demanda por mobing (ese bonito anglicismo que en español siempre se dijo "estoy hasta los cojones de mi jefe")
House incluso nos pone, para qué lo vamos a negar, con ese rollo torturado y antihéroe. Las tías soñamos con traspasar su coraza y llegar a su, sin duda, tierno y sensible corazón. Sin embargo, y esto lo digo por amarga y dolorosa experiencia, liarse con un House en el mundo real no es nada divertido ni romántico.
En la serie de House deberían poner un cartelito como el de los anuncios de coches: "Simulación rodada por especialistas, no intente hacerlo en casa".
Para terminar diré que si a alguien se le ha ocurrido pensar que veo demasiadas series de televisión se puede ir tranquilamente a la mierda. Y que conste que lo digo sin acritud.