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jueves, 5 de mayo de 2016

Cádaveres



No sé si alguien más se habrá dado cuenta de que la ciudad está llena de cadáveres. Están por todas partes, sus asesinos los tiran o los dejan caer con desidia en cualquier sitio: desde las ventanas, en los parques, en las paradas de autobús, a la entrada del metro… yo los he visto, incluso, en las puertas de los hospitales y entre los columpios de los niños.
Muchas veces son desechados aún moribundos y la gente asiste impasible al horrible espectáculo de verlos agonizar durante minutos, enrareciendo el ambiente con su aliento fétido y tóxico. Cuando los veo yo, movida por el asco y la piedad, acabo con su sufrimiento rematándolos con la punta del zapato.
Es grotesco contemplar cómo se ha normalizado esta dantesca y antihigiénica situación. Nadie parece verlo, y, aun en el caso de verlo, nadie parece reprobarlo.
Siguen siendo asesinados y abandonados donde sea por personas que, en muchos casos, son buenas personas, ciudadanos honestos, gente cívica que nunca tiraría un papel al suelo o haría nada que pudiera perjudicar a su prójimo. Excepto con ellos. Con ellos, con los cadáveres, nadie tiene el menor atisbo de compasión, pudor, o pulcritud.
Los matan y los tiran. Ni siquiera consideran estar haciendo nada malo.
Los servicios de limpieza los retiran con regularidad, pero siempre hay. Los asesinos son tantos y actúan con tanta frecuencia, que el ayuntamiento no da abasto.
Sólo una cosa me hace sonreír con maliciosa satisfacción para mis adentros: la certeza de que los cadáveres inoculan un veneno en su asesino antes de morir.
Al menos les queda el consuelo de morir matando. Matando lentamente, sí.
Pero matando.

jueves, 25 de abril de 2013

Mi lista de sentimientos. Capítulo 1: Deseo


Lo primero que habría que plantear es lo siguiente ¿es el deseo un sentimiento o es una sensación?
Tendremos que hacer la aclaración de que la sensación pertenece a los sentidos, a lo físico, y el sentimiento pertenece a la mente, a lo emocional. Hay cosas que están muy claras: la sed es una sensación y el odio es un sentimiento, por ejemplo. Pero, ¿el deseo? ¿dónde se siente el deseo? Sinceramente, no lo sé. Ya expliqué que mi principal motivo para confeccionar esta lista es precisamente ése: que no sé, no sabemos, nada de sentimientos. No se nos ha enseñado a observarlos, a escucharlos, a saber identificarlos. Y muchísimo menos algo como el deseo. Y muchísimo menos a las mujeres. 
Muy al contrario, se nos ha enseñado a obviarlo, a camuflarlo y a darle otros nombres. Así decimos cosas como: "Sé que había quedado contigo antes que con Pepe pero es que le quiero (aunque lo acabo de conocer)", "necesito unos zapatos nuevos" o "no pude evitar engañarte con mi compañera de trabajo, me enamoré". Todo mentiras. Disfraces. Eufemismos. En los tres casos no es otra cosa que deseo. El deseo nos vuelve locos, es una pulsión tan fuerte que no nos deja discernir. Somos capaces de poner a una persona que acabamos de conocer por encima de amigos fieles que llevan años demostrándonos que son de fiar. Somos capaces de gastar un dinero que no tenemos a sabiendas de que nos traerá problemas, somos capaces de destruir cosas importantes para nosotros sólo por satisfacer ese deseo.
Quizá es por esa fuerza incontrolable, por lo poderoso que es, por lo que nos han enseñado a disfrazarlo de sentimientos más "nobles".
El deseo es profundamente egoísta, sólo está interesado en sí mismo, en retroalimentarse y satisfacerse, pocas veces se para a pensar en los costes.
Hagamos la prueba de llamar a las cosas por su nombre y veremos la cruda realidad:

-"Sé que había quedado contigo antes que con Pepe, pero es que le deseo"
-"Deseo unos zapatos nuevos"
-"Claro que pude no haberte engañado con mi compañera de trabajo, pero el deseo me cegó"

La cosa cambia mucho, estas tres personas nos parecen reprobables, débiles y primarias. No nos merecen la menor indulgencia. Esta es la razón de que disfracemos el deseo y lo vistamos con nobles ropajes.
Pero, me pregunto yo ahora, ¿por qué? ¿Por qué va a ser el deseo menos noble?
No deja de ser un sentimiento que, como todos los demás, tiene su lado brillante y su lado oscuro y que, como todos los demás, puede ser beneficioso o dañino según cómo se use y canalice.
Confieso que yo estoy, siempre he estado, fascinada por el deseo. De un tiempo a esta parte procuro observar mis sentimientos como si fueran de otro. No dialogo, no pido explicaciones, no intento controlarlos. Sólo les dejo hacer y observo.
El deseo es absolutamente necesario, sin él no se puede hacer nada que merezca la pena, sin él no se puede alcanzar la excelencia ni la genialidad en nada. Puedes aplicar una técnica perfecta en la ejecución, pero si no sientes deseo no conmoverás a nadie con el resultado.
Me he dado cuenta de que el deseo se esconde en los pequeños detalles, es inútil buscarlo (como erróneamente solemos hacer) en grandes artificios. El deseo viene cuando él quiere venir, y viene de la mano de las cosas más inesperadas: un lunar estratégicamente colocado, una naricilla que se arruga al sonreír, una mirada de sorpresa, un roce inintencionado...
El otro día me quedé cautivada por una clavícula en el metro, estaba sentada frente a mí, asomándose provocadora por un cuello de camisa entreabierto y durante cuatro paradas me dejé consumir por el deseo. No pensé en nada más, no pensé por qué la deseaba, ni que pensaría su propietario ante mi persistente mirada, no pensé en si estaba bien o mal, sólo me dejé envolver por ese deseo y realmente fue una experiencia deliciosamente perturbadora.
Y es que el deseo es placentero en sí mismo, lo satisfagamos o no, eso es lo de menos. Hay que sentirlo, hay que dejarlo fluir.
Es cierto que a veces nos ciega y nos puede llevar a cometer locuras, que puede ser dañino para nosotros. Pero no hay que temerle, no hay que tener miedo a desear.
Porque nunca es tan dañino como cuando lo bloqueamos, lo suprimimos.
Porque eso, creedme, es la muerte.


jueves, 18 de abril de 2013

Sentimientos

Un día mi linda Rosalinda me lanzó, sin proponérselo, un interesante reto: hacer una lista de sentimientos. Me contó que había estado reflexionando y se había dado cuenta de que en el colegio nos han enseñado muchas cosas, muchas listas de cosas. Nos han enseñado fechas históricas, conjugaciones, tablas de multiplicar, elementos químicos con su valencia, nos han enseñado los phrasal verbs, los reinos con sus órdenes y familias, las capas de la Tierra. Nos han enseñado, incluso, los diez mandamientos, los de la Santa Madre Iglesia, los sacramentos y los siete pecados capitales. Pero hay una cosa que nunca nos han enseñado: los sentimientos. Nunca nos han hablado de los sentimientos, ni nos los han definido, ni nos han animado a pensar en ellos, ni muchísimo menos nos han ayudado a expresarlos. No es de extrañar, por lo tanto, que de adultos nos encontremos con tantos problemas que hubieran podido evitarse si se hubiesen molestado un poquito más en reforzar nuestra inteligencia emocional.
Lejos de esto, se refuerzan los malos sentimientos. Al egoísta sin un ápice de empatía se le considera "maduro", mientras que la persona con sensibilidad es "histérica e infantil". Se confunde la frialdad de corazón con la templanza. El bondadoso es tonto, el deshonesto es "listo y hábil". La persona con sentido del humor, que se esfuerza en crear un clima de alegría es poco seria y responsable, mientras que los amargados, petulantes, que todo lo critican, son serios, responsables y eficientes.
El único sentimiento que quieren que tengamos es miedo. Nos quieren permanentemente atemorizados, creyendo, erróneamente, que así rendiremos más.
Hoy voy a coger el guante que me lanzó mi Rosalinda y voy a inaugurar una lista de sentimientos. Los iré publicando cuando me vayan saliendo, cuando  y como los vaya sintiendo o me sientan ellos a mí, que aún no tengo muy claro cómo es la cosa.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Pensar

Hoy me ha dado por pensar en todas las esquinas de todas las ciudades y en que todas guardan alegrías y tristezas. Me ha dado por pensar que en este preciso instante, en que yo escribo esto, hay personas en el mundo que están muriendo, otras naciendo, que hoy ha sido el día más feliz y el día más triste.
Hoy me ha dado por pensar en esta broma absurda que es la vida, aquí nos dejan, desnudos, mudos, entre desconocidos y debemos construirlo todo desde el principio sólo para perderlo.
Me ha dado por pensar en los orgasmos y en los dolores, en qué cerca están los unos de los otros. He pensado en el miedo, y en el deseo, y en el hastío y en el rechazo.
Y la única conclusión que me ha servido es que todo se reduce a una primaria y arcaica sensualidad: sentir el sol en la piel, el murmullo del agua, el beso de un hijo en la mejilla, la dulce sensación en la vejiga tras vaciarse.
Y me ha dado por pensar y he pensado que la única forma de estar en paz es no pensar.

viernes, 21 de enero de 2011

Pacto de ficción

Al leer un libro o ver una película u obra teatral, para que se produzca la comunicación entre el escritor y el lector (o el director y el espectador, que lo mismo da) hay una condición indispensable: que el lector/espectador (es decir, el receptor) acepte tácitamente que se va a "creer" lo que el escritor/director (o sea, el emisor) le va a contar. Entrecomillo el verbo creer porque tiene un matiz: esta credulidad es temporal, y sólo tiene vigencia mientras dura la trasmisión del mensaje. En Teoría de la Literatura este acuerdo tácito recibe el nombre de pacto de ficción, y constituye, por así decirlo, un contrato por obra y servicio entre emisor y receptor.

Explicado con un ejemplo práctico (los que me siguen ya saben cómo gozo yo con los ejemplos prácticos), pacto de ficción es lo que hacen los niños al jugar cuando pronuncian la antológica frase: "¿Vale que yo soy Spiderman y tú Venom (que cada uno ponga los nombres que prefiera) y peleamos?". Si uno de los niños no lo acepta les fastidia el juego a los demás. De hecho todos hemos sufrido a estos niños de nula imaginación, niños pejigueros que le sacan punta a todo y que nunca te dejan jugar a gusto. Entre los adultos no falta tampoco el que fastidia la diversión por no aceptar el pacto. La Hija de la luuunaaaa y yo juramos que nunca volveríamos a ir con Eufrasio a ver una película de miedo. Eufrasio no acepta el pacto de ficción y se pasa toda la sesión muriéndose de risa y, claro, no te deja pasar miedo a gusto, que es para lo que has ido al cine. Cuando se lo recriminamos siempre nos sale con lo mismo: "Es que eso es una tontería, vamos a ver ¿quién va a ser tan tonto para ir él solo a mirar en una cueva oscura?" Yo es que no lo puedo soportar, y eso que Eufrasio es filólogo y ha venido conmigo a las clases de Teoría de la Literatura, pero nada, no acepta el pacto de ficción.

Ya que la vida imita a la literatura, como todo el mundo sabe, también para vivirla es indispensable aceptar todos los días pactos de ficción. Si no lo hacemos hay dos desastrosas posibilidades: mirar cara a cara a la realidad desnuda y, como consecuencia, suicidarse o, lo que es mucho peor, caer en el autoengaño permanente (el triunfo de las religiones es prueba de ello)

Necesitamos los pactos de ficción constantemente y en todos los ámbitos de la vida. Nos contamos mentiras los unos a los otros sabiendo que el otro sabe que es mentira. Nos creemos esas mentiras sabiendo que el otro sabe que no nos las creemos. El hecho de levantarse cada mañana y salir al mundo requiere hacer un pacto de ficción con la propia realidad: "Me voy a creer que de verdad estoy aquí, que importa algo lo que yo haga"
El amor romántico sólo es posible aceptando el pacto de ficción, no se trata de engañar, se trata de "creernos" ciertas cosas mientras dura. Aceptamos lo que nuestro drogado cerebro nos dice: que el otro es único y maravilloso, que nunca dejaremos de sentir lo que estamos sintiendo, que a nosotros no nos pasará lo que a las demás parejas, que hacer el amor siempre será así de emocionante... Sabemos que no ocurrirá, pero, aun así, nos lo creemos.
Hay un momento terrible: el momento de meterse en la cama por las noches. Es terrible porque en ese momento todos los pactos de ficción aceptados durante el día caducan y nos encontramos cara a cara con la realidad desnuda. Esta es la razón por la que tanta gente, especialmente a medida que avanza la vida, necesita argucias para resistirlo (tomar pastillas, leer, ver la tele hasta quedarse dormido, escuchar la radio, masturbarse, o todas a la vez).
Últimamente he dado con alguien que no ha querido, o no ha podido, quizá ni siquiera lo ha entendido, aceptar el pacto de ficción. Al final no ha podido ser.
Realmente los dos queríamos lo mismo, pero, mientras yo intentaba establecer un pacto de ficción, él insistía en mostrarme la realidad desnuda. Me estropeaba nuestro pseudo romance igual que Eufrasio me estropea las películas de miedo.
No pudo ser.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Fornicación

Le he prometido al tocayo de mi futura hija, que a su vez fue hijo mío en otra vida, que escribiría un post sobre la fornicación. Bueno, a decir verdad no se lo he prometido y justo es decir que el chico tampoco me lo ha pedido, pero me nombró esta preciosa palabra cargada de sonoridad y yo le dije que escribiría sobre ella. Y así lo estoy haciendo.
El tocayo de mi futura hija, que a su vez fue hijo mío en otra vida, es un personaje reciente en mi vida (en esta vida, obviamente, porque ya he dicho que fue mi hijo en otra), supongo que por eso no es capaz de comprender la magnitud de mi cariño por él. Y es que el chico, por mucho que se resista a admitirlo, es un poquito cuadriculado y piensa que el cariño y el tiempo son directamente proporcionales, cuando eso, como todo ser con mente novelesca sabe, no es así.
El tocayo de mi futura hija, que a su vez fue hijo mío en otra vida, es bastante mono, con moflos suaves y tentadores, moflos de esos para plantar besos sonoros y contundentes, y una sonrisa que te pone de buen humor instantáneamente.
No es un novio, ni un amante, ni siquiera un amigo, es lo que es. ¿Y qué es? Pues las verdades son dos: que no lo sé y que no me importa.
Yo hubiera podido enamorarme locamente de él si le hubiera conocido cuando él tenía veinte años y yo veinticuatro y yo llevaba el pelo corto y él largo. Largo, liso y negro. Y estoy segura de que le querré mucho dentro de un tiempo, sigamos tratándonos o no. Así que supongo que ahora es una mezcla de esas dos cosas: el enamoramiento que pudo haber sido y el cariño que será. Yo tengo la suerte de tener un corazón diacrónico y no sincrónico: puedo querer a las personas por lo que han sido o lo que serán, no sólo por lo que son.
Vaya, yo había dicho que iba a escribir sobre la fornicación, pero esto es lo que pasa con lo que uno escribe: que, al igual que la vida, y aunque el tocayo de mi futura hija, que a su vez fue hijo mío en otra vida, no lo crea, siempre va por donde quiere y nunca por donde quieres tú que vaya.
Supongo que cuando quiera hablar de otra cosa saldrá la fornicación, pero lo hará cuando ella quiera, no cuando quiera yo.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Enviado desde mi BlackBerry


Mi nuevo jefe me ha dado una BlackBerry. No os dejéis impresionar tan fácilmente. que ese error ya lo cometí yo: la BlackBerry es una versión moderna y sofisticada de los clásicos grilletes de toda la vida. Pero también tiene sus ventajas, no lo negaré.

Gracias a mi BlackBerry he descubierto una nueva diversión: adivinar Blutuzes (quien quiera y haya estudiado en Cambridge puede corregirme y decir Bluetooth).

El juego es muy sencillo: uno se pone en un lugar público y concurrido, activa la conexión blutuz de su BlackBerry (quien quiera y haya estudiado en Cambridge puede corregirme y decir Bluetooth) y elige la opción de buscar otros dispositivos.

La mayoría de la gente no se ha molestado en cambiarle el nombre a su teléfono por lo que te encuentras con la marca y el modelo en la mayoría de los casos, pero, gracias al cielo, hay personas realmente creativas (nuevo eufemismo de hortera). Y ahí es donde empieza el juego, que consiste en adivinar cuál de las personas del entorno corresponde a cada dispositivo.

Yo me he encontrado cosas así y juro por lo más sagrado que esto es rigurosamente cierto:


Mr. Proper

Morenito_Guapo

Ono "matopeya"

Martis

Davi el ruso

Cuqui


Llega entonces el momento de echar el ojo en derredor (oh, sí, y yo que creía que me moriría sin poder usar este palabro en un post...) y ponerle jepeto a los apodos.

La putada es que uno nunca puede comprobar si ha acertado o no, al menos sin arriesgarse a llevarse una buena hostia... en el mejor de los casos. Pero el hartón de reír que te pegas es delicioso, os lo aseguro.


Enviado desde mi BlackBerry.

martes, 9 de marzo de 2010

In-conexiones

En la esquina dos malas personas mantienen una conversación trivial.

Laura espera el autobús y ve cómo se baja una persiana en la casa de enfrente, en seguida se imagina una pareja de amantes teniendo un apasionado encuentro vespertino.

Paco baja la persiana y se echa a dormir porque tiene turno de noche y la ciática le está matando.

Santi quiere volver con Laura pero no se lo va a decir.

Laura quiere volver con Santi pero no se lo va a decir.

Santi y Laura no volverán a verse. Su orgullo, eso sí, ha quedado intacto.

lunes, 4 de enero de 2010

Format C:\

Una de las últimas cosas que hice en 2009 fue ir a la clínica Ruber (me sentí un poco princesa) a hacerme una resonancia magnética. Digo que fue una de las últimas porque me la hicieron el día 31 de diciembre a las cuatro de la tarde... cosas de la Espe.

Para los que no sepan cómo va la cosa diré que te meten boca arriba en una especie de sarcófago durante veinte minutos. Esos veinte minutos se hacen larguísimos, me podéis creer. El hecho de estar allí, veinte minutos, con los ojos cerrados, sin hablar ni moverme, unido a que fuera precisamente el último día del año, me llevó, inevitablemente, a recapitular.


Me dediqué a pensar en los acontecimientos más relevantes, no sólo de 2009, sino de toda mi vida. Últimamente estoy siempre, por unas cosas u otras, haciendo balance. La muerte de mi perrita ha sido un gran punto de inflexión, ya que se ha llevado consigo catorce años y todo lo que en ellos cabe. Mi karma está un poco revuelto, inexplicablemente están regresando personas de mi pasado, algunas incluso de la infancia, muchas de ellas me hicieron daño y vuelven para pedir perdón (como si estuvieran siguiendo los doce pasos).


Tengo la constante sensación de estar despidiéndome de mi vida conocida. Esto sólo me ha pasado una vez antes, unos meses antes de quedarme embarazada de mi hijo. Por eso sé que se avecina un doble salto mortal, y es posible que sin red. Nunca me ha fallado la intuición y todas mis grandes catástrofes se han producido por no escucharla.


Tras acabar el año en un sarcófago haciendo balance empecé el nuevo con un sensacional virus en el ordenador. Un virus muy cabrón, por cierto. De esos que se agarran a un archivo oculto del sistema y que no se dejan eliminar ni usando salfumán.


Además (otra vez mi karma y sus señales) era un virus muy cruel para mí, porque no me dejaba escribir. No me ha quedado más remedio que formatear C. Borrarlo todo, barrerlo, desincrustar toda la porquería, y ahora el ordenador va como la seda.


Ay, sería tan práctico poderse formatear el C... (que cada uno rellene los puntos suspensivos con lo que prefiera)


Imaginadlo por un momento, cada vez que a uno se le mete algo maligno en el sistema, cada vez que nos infecta un perverso ejecutable disfrazado de, por poner un ejemplo, chico sensible que llora escuchando boleros, poder entrar en ms-dos y escribir simplemente format C:\ y asunto solucionado.


Pero tal vez se pueda, ahora que lo pienso. Sólo hace falta, eso sí, tener a mano un buen disco de arranque.


Y yo lo tengo.


lunes, 14 de diciembre de 2009

Cosas deprimentes

Los parkings.
Los piercing en los labios de los adolescentes.
Los concursos de televisión.
Los programas tipo España directo, Madrid directo, Socuéllamos directo, españoles por el mundo, madrileños por el mundo, vallecanos en las rozas, tu puta madre dando vueltas en la noria, Callejeros, Montañeros, Subasteros.
El reaggeton.
Vivir con tus padres, vivir en pareja, vivir con amigos, vivir solo, vivir.
Las navidades.
Las monjas.
Las cartas del banco en el buzón.
Tener más correos en la carpeta Spam que en la Bandeja de entrada.
Los anuncios de Ferrero Rocher, Mon Chery y Kinder en todas sus variedades.
Los centros comerciales.
La gente positiva.
Los chalets adosados.
Las urbanizaciones.
Mercadona.
Llevar al niño al parque.
El canal 7.
Las revistas "femeninas".
La canción esa del año la tana que repiten cada Navidad, esa que dice eso de "I wanna wish you a merry christmas, feliz navidad, feliz navidad, próspero año y felicidad".
Mi madre, joder, mi madre deprime mucho.
Los pitufos.
La arquitectura social.
Yo.

jueves, 10 de diciembre de 2009

El encanto de lo cutre

Sumergirse en la cutrez es uno de esos placeres que uno no se imagina hasta que lo prueba. Eso sí, hay que hacerlo bien, saltar sin miedo ni vergüenza. Hasta las últimas consecuencias. Es como ser comentarista del corazón: uno no puede ir con remilgos.

Yo soy una gran entusiasta de lo cutre, lo cual no quiere decir que no me guste a veces parecer una princesa. Pero, quede claro, una princesa cutre. Hay personas que siempre tienen un aspecto impoluto (o exhausto como dijo ese gran intelectual llamado Fonsi Nieto). Mi hermano mayor, por ejemplo, siempre está listo para aparecer en la portada de InStile. Son personas cuya ropa de andar por casa es lo que yo me pondría para ir a una boda.


Pero así hay que nacer, no se puede fingir. De hecho, no se debe fingir. Porque eso sí que es cutre, y no de lo cutre que mola. Aunque yo no desearía ser así. Esas personas se pierden uno de lo mayores placeres de la vida, como ya he dicho, sumergirse en la cutrez.

La cutrez es bajar a la calle despeinada y en pijama, con un abrigo por encima a comprar el pan. La cutrez es dormir con una camiseta vieja, rota y manchada de tinte y unos calcetines gordos desparejados. La cutrez es poner la mesa con cinco platos distintos, cinco vasos distintos y usar el rollo de papel higiénico como servilleta. La cutrez es ir a comprar al Lidel (oh, placer de dioses, se me cae la baba de pensarlo) y revolver las ofertas sin ningún pudor junto con un obrero de la construcción rumano, una ecuatoriana que lleva a los niños revoloteando, un par de subsaharianos y un matrimonio de jubilados. Qué bien se siente uno fundiéndose en ese ambiente, con un chándal raído y sin peinar, sin tener que preocuparse de lo que van a pensar los demás porque los demás están en la misma. La cutrez es estar tirado en casa, con una bata boatiné viendo el diario de Patricia y comiendo algo muy poco sano y que engorde mucho. La cutrez es comprarse el perfume en los chinos y regocijarse al pensar que hueles igual que el que se ha gastado cincuenta euros más en él.

Para ser un buen cutre es importante tener una prenda fetiche. Es esa prenda que al ponértela te sientes en el paraíso. Durante años yo tuve "el trapo verde". Era una camiseta playera sin mangas, larga hasta las rodillas y muy holgada. Creo recordar que era de algodón, aunque con lo raída que estaba cualquiera sabe. En tiempos tuvo un dibujo de un ancla o algo así, pero estaba descolorida y con manchas de tinte de pelo, lejía y otras sustancias sin determinar. Nunca he sabido de dónde salió pero en el momento que la vi la amé incondicionalmente. En cuanto empezaba a hacer calor, yo me la ponía y ya no me la quitaba, a pesar de las súplicas y amenazas de mi madre, hasta el invierno. Incluso me la llevé un verano a Moscú y llegué a ir a desayunar al comedor común con el trapo verde por toda vestimenta. Fue un hecho muy mentado en mi facultad...
Mi madre me la tiró a la basura traicioneramente aprovechando que yo estaba de viaje. Aún no me he repuesto del golpe.
Sin embargo hay ciertas cosas que deben quedar claras en esto de la cutrez. Las enumero:
1. Cutre no significa sucio. Se baja al Lidel despeinada, sí, pero con el pelo limpio. La hija de la lunaaaa (que sería a la cutrez lo que el maestro Yoda a la Fuerza) jamás, y digo bien JAMÁS, saldría de su casa sin duchar, a no ser que la sorprendiera un incendio en plena noche, y aun en ese caso tengo mis dudas. No vaya a acabar uno como nuestra nunca suficientemente ponderada Meretriz (ay mermadita mía, qué haría yo sin ti): llevando un bolso de dos mil euros y con tal cantidad de mierda en el pelo que se podía hasta adivinar de qué lado había dormido.
2. No confundir cutrez con miseria moral. Irse de cañas en zapatillas de andar por casa y quedarte hablando con el más borracho del bar es cutrez. Esperar en la puerta de la sala de reuniones para coger las sobras manoseadas del catering y llevárselas de cena a tu hijo es miseria moral. Sí queridos lectores, lo habéis adivinado, esto también es una práctica habitual de Alcahueta y Meretriz, estas chicas, que lo tienen todo...
3. Lo cutre no quita lo espléndido. Recordad esta máxima: el que siempre te clava el café en la oficina es el que lleva el coche y los trajes más caros. Este tío es, sencillamente, de vergüenza ajena.
Y ahora os dejo, que me cierran el mercao.


sábado, 21 de noviembre de 2009

Tengo miedo


Cuando era pequeña la vida era más fácil. Tenía miedo a la oscuridad y a las pelis de miedo, que para eso estaban. Un día crecí, fue exactamente el 12 de octubre de 2005, y dejé de tener miedo a esas cosas. Ahora tener miedo es más complicado.
Tengo miedo a los centros comerciales, tengo miedo a la gran oferta que me agrede desde los escaparates. Tengo miedo al aborregamiento imperante.
Tengo miedo a las demás mujeres. Tengo miedo a los hombres. Tengo miedo a los gatos.
Tengo miedo a las luces de Navidad. Tengo miedo a Isabel Preysler. Tengo miedo a los tertulianos de Antena 3.
Tengo miedo a tener deseos. Tengo miedo a no volver a tener deseos. Tengo miedo a vivir. Tengo miedo a no vivir lo suficiente.
Tengo miedo a encontrar trabajo. Tengo miedo a no volver a encontrar trabajo. Tengo miedo a escribir. Tengo miedo a tener un orgasmo.
Tengo miedo a los bolsos de Louis Vouton y a las secretarias analfabetas que emplean su salario de dos meses en comprarse uno. Tengo miedo de que exista gente así.
Tengo miedo a enamorarme. Tengo miedo a no volver a enamorarme.
Tengo miedo a que los hombres me engañen. Tengo miedo a que las personas me mientan. Tengo miedo a disgustarle a alguna gente y a gustarle a otra.
Tengo mucho mucho miedo a Esperanza Aguirre.
Tengo miedo a Ronald McDonald.
Tengo miedo a mi inconformismo. Tengo miedo a mi resignación.
Tengo miedo a tener miedo.
Pero sobre todo tengo miedo a que llegue el día en que deje de tener miedo.

martes, 10 de noviembre de 2009

Esas pequeñas cosas



Me gusta ver cómo los farmacéuticos recortan el cartoncito para la receta. Hay distintos métodos, unos lo hacen con tijera y otros con cúter, pero siempre suena igual. Es un sonido maravilloso el del cartoncito separándose de la caja, es un sonido inmutable, ha sido así desde que recuerdo y siempre me hace sentir cómoda y segura, como en casa.
Me gusta sentir cómo la nieve virgen cruje bajo las botas, cómo se apelmaza y ver la blanca explanada frente a mí.
Me gusta el sonido que hacen los perros al beber y los bebés con chupete.
Me gusta ese momento en el que el cuerpo está ya dormido pero la mente aún no.
Me gusta fregar los platos y planchar viendo una serie de televisión.
Me gusta ver aparcar a Sirioguita, siguiendo siempre el mismo protocolo, su forma de mirar a un lado y a otro mientras gira el volante y, lo mejor, el tirón final del freno de mano. También me gusta verle vestirse, con tanta meticulosidad, calzoncillos, pantalones, camisa, cinturón... y ajustarse la corbata frente al espejo mientras yo lo miro sentada en su sillón-mecedora y me balanceo con la punta del pie.
Me gusta escribir a mano, en mi cuaderno. Me gusta notar cómo se desliza la punta del bolígrafo por el papel.
Me gusta la voz de mi hijo cuando me pregunta "¿a que sí, mami?" y "¿a que no, mami?"
Me gusta el tacto de la carne de mi hermano mayor y el olor del pelo de mi hermano menor, y me gusta dormir en una cama en la que hayan dormido ellos y sentir cómo las toneladas de sueño que han dejado allí me envuelven.
Me gusta estar con la hija de la luuuunaaaa sin hablar y saber que no tenemos que decir nada.
Me gusta oír a mis padres conversar sobre política sin que ellos sepan que los estoy oyendo.
Me gusta la expresión "cuarto y mitad" y cómo la dicen las señoras gordas en la carnicería.
Me gusta pasear oyendo música y observar la cara de la gente.
Me gusta saber que todo lo mejor está por llegar.


lunes, 2 de noviembre de 2009

Jo qué noche...



No, no voy a hablar de esa genial película, película de culto que me hace sentir tan vieja. Con el título digo lo mínimo que puedo decir de la maravillosa noche de Hallowen que pasó la que suscribe. Ríase usted del miedo, amigo mío.
Fui invitada a una fiesta en casa de alguien a quien no conocía personalmente, aunque habíamos intercambiado correos y bloguísticos comentarios de diversa índole.
Como me dijo que podía llevar a quien quisiera, allá que me fui, con más miedo que vergüenza y acompañada de la hija de la luuuunaaaa, vestidas como putones desorejados (aunque oficialmente íbamos de ángel y demonio, que conste).
No negaré que por el camino me asaltaron ciertas dudas, incluso llegué a pensar que cuando llegásemos a la casa podíamos encontrarnos cualquier cosa, desde unos encapuchados dispuestos a sodomizarnos a una reunión de los testigos de jehová, elija usted lo que más le acojone...
La persona en cuestión me sorprendió, me esperaba a alguien con más mala leche, pero era dulce y juguetona. Se le notaba la felicidad, esa felicidad tranquila que no se puede esconder.
En la fiesta constaté que los de mi generación somos los más mejores, las personas más simpáticas e interesantes de la velada eran mis coetáneos.
Pero no voy a hablar de la parte positiva, porque si lo hiciera no sería yo, ni escribiría un blog y porque la parte positiva es un coñazo, vamos a ser sinceros...
Durante la noche perdí la cuenta de las veces que me pregunté a mí misma si a los veintipocos (es decir, hace un par de años) sería yo una persona tan insoportable como los jovenzuelos que por allí pululaban, con un par de honrosas excepciones, eso sí.
Había uno en concreto que cada vez que hablaba subía el pan. Pero como es de bien nacido ser agradecido, yo le agradezco infinitamente todas las veces que me hizo descojonarme en mi interior. Tontunas he oído muchas, se lo puedo asegurar, pero aquella noche me las vi con auténticos profesionales. Estos post-adolescentes nihilistas que ya lo han vivido y lo saben todo me hacen llegar siempre a la misma conclusión: qué malo es el perico, joder, sobre todo para los que luego les tenemos que aguantar la zarpa a los enzarpídem (mola el palabro, ¿eh?)
Como dijo alguien en la fiesta, con gran genialidad "Joder, esto parece Twin Peaks", a lo que un manco con más luces de bohemia que don Ramón María le apuntilló "Sí, pero en la tercera temporada".
Claro que aprendí grandes cosas, como por ejemplo que debo tirarme a una lesbiana (pero no bisexual, lesbiana) por lo menos una vez en mi vida. Además, asistí al recital que nos dio un impúber que llegó acompañado de un hombre pegado a un porro y una niña pequeña.
Vino, creó y se fue.
Y yo acabé la noche con los leggins de ELLA, sentada en su cama y agustísimo.
Si uno que yo me sé nos hubiera visto por un agujerito...



jueves, 22 de octubre de 2009

Siempre la misma, tío Pajarito



No sé por qué últimamente me ha dado por recordar los dichos materno-abuelísticos. El post anterior fue "Cinco de todo revuelto" y en éste me gustaría explicar la preciosa expresión, muy recurrente en la boca de mi abuela, "Siempre la misma, tío Pajarito".
Mi abuela la usaba mucho, como ya he dicho, y es que es una expresión que cabe en cualquier parte. Una versión popular del eterno retorno y el tiempo circular, aunque más bien diría yo del tiempo en espiral, pero para explicarme necesito contar la anécdota entera.
Mi abuela siempre contaba que a su pueblo, Aranjuez, iba un músico (por llamarlo de alguna manera), el tío Pajarito, que siempre tocaba la misma canción, mayormente porque no se sabía otra. Cuando los lugareños le recriminaban "Siempre la misma, tío Pajarito", él se defendía "Esta vez un poquito más cargada de bombo".
Ahí lo tienen: el tiempo es una espiral. Ya lo sabían las humildes gentes de principios del siglo XX, y, por supuesto, ya lo sabía el tío Pajarito. Las cosas son básicamente iguales, sólo que a veces van un poquito más cargadas de bombo.
Nunca he sabido si esta anécdota era real o era un chascarrillo inventado por mi abuela, pero el caso es que si un extraterrestre preguntara en qué consiste la vida humana, muy bien podría explicársele con esta historia.
Los humanos nos hemos empeñado en ver el tiempo como una línea recta, cuando es evidente que no es así. Los perros saben bien que el tiempo es una espiral, por eso aman las rutinas y se ponen nerviosos si se las cambian. Son fieles a sus amigos y les divierten siempre las mismas bromas. El humano, por el contrario, odia la rutina, es un adicto a la novedad... y así le luce el pelo.
Pero claro, no se le puede pedir al humano que tenga la clarividencia perruna, siendo como es público y notorio que el perro es, con mucho, superior al hombre. Y el que no esté de acuerdo no tiene más que ver quién vive de quién.
El caso es que todo vuelve, aunque no vuelve exactamente al mismo punto.
Pero vamos, no sé para qué doy tantas vueltas, si esto ya lo explicó claro como la luz del día una maravillosa mujer a la que yo idolatro y cuya palabra, para mí, es ley.
No estoy hablando de mi abuela, aunque muy bien podría haberlo sido, puesto que es la abuela simbólica (o debería serlo) de todo aquél que tenga dos dedos de frente. No es otra, por supuesto, que la magistral Blasa.


sábado, 10 de octubre de 2009

Cinco de todo revuelto



Eso es lo que nos decía mi madre cuando le preguntábamos ¿Qué hay de comer?, y lo que ella pretendía darnos no era un plato único, como estofado o lentejas, sino cosas que le habían ido sobrando y que aprovechaba para endosarnos de una vez. Así nos presentaba ante los ojos y los dientes un plato con cosas como un huevo frito, una salchicha, tres pimientos, dos croquetas y medio filete. Un día le pregunté a mi queridísima por el origen de aquella expresión y me dijo que era lo que le pedían al de la tienda de chuches cuando eran pequeños y no se querían decidir por un único caramelo, cinco céntimos de todo revuelto. Entonces, cómo no, me vino la reflexión.
Cuántas veces en la vida optamos por eso, por cinco de todo revuelto en lugar de concentrarnos en un único objetivo. Tengo la impresión de que las personas que triunfan en la vida (según la concepción moderna de triunfar, claro, que para mí triunfar es otra cosa) son las que se ponen las orejeras de burro y no ven más que lo que quieren ver. Esas personas nunca piden cinco de todo revuelto en la tienda de chuches.
Hoy, para celebrar la reinauguración de mi blog, quiero escribir un cinco de todo revuelto. Un post sin tema y con todos los temas.
En mi última entrada os pedí que me sugirierais palabras, si he de ser sincera ninguna me inspiró. Pero voy a usarlas todas.

Bebé: el olor más maravilloso del mundo es el que desprende la coronilla de un bebé, tener un bebé en brazos es una sensación orgásmica. En un bebé todo es energía potencial. Por eso los adoro.

Albahaca: yo nunca digo albahaca, aunque como palabra árabe que es me encanta, siempre digo basilico, en italiano. Vaya usted a saber por qué. Hoy he soñado que viajaba a Venecia para reconquistar al mio marito, eso nunca sucederá. Fui imbécil y eso ya no tiene solución.

Churro: no me gustan los churros, perdone usted, yo soy de porras. Se puede saber mucho de una persona a través de estos detalles supuestamente inocuos. A mí la gente que prefiere los churros me da como grimilla.

Sardónico: cuando oigo esta palabra no puedo evitar asociarla a la risa. Una risa sardónica, qué habría sido de la mala literatura sin esta combinación léxica.

Durazno: lo siento pero para mí no existen los duraznos, existen los melocotones. Y ni siquiera. Cuando Prognato era Prognatito aprendió a decir melón, y cuando intentamos enseñarle a decir melocotón él dijo melón toncón. Desde entonces en mi casa no se comen melocotones sino melontoncones.

Leitmotiv: esta palabra no encaja en este post, por lógica pura. Quien tenga un leitmotiv nunca podrá entender el concepto del cinco de todo revuelto.

Resiliencia: esto es lo que un gitano diría "a las penas, puñalás"

Estólido: Aznar.

Clamar: lo siento, cuando oigo esta palabra sólo puedo recordar aquella poesía que recitaba un argentino mientras hacía una performance (¿o es un performance?) "Dios las puso en el fin de la Tierra, son las islas Malvinas que claman venganza y al pueblo argentino"

Ferocidad: esta palabra me parece entrañable, siempre me hace recordar a la Golfita de cachorra intentando matar a aquel peluche.

Joder.... qué mierda: es aplicable a taaaaaaaantas cosas.....

Mastur-Bar: hay que masturbarse más, pero no el cerebro, ¿vale?

Mausoleo: Yo estaba nerviosa, emocionada, mientras la fila avanzaba, la luz era tenue como corresponde a tan solemne lugar. De repente, antes de lo esperado, apareció ante mí. Parecía que estaba dormido. Era él. Se me escapó una lágrima. Menos mal que estás muerto, pensé, y no puedes ver lo que han hecho con tus ideas. Podría tratarse de Cristo, pero era Lenin.

He vuelto, y con ganas renovadas. Gracias por leerme, gracias por esperarme.


martes, 18 de agosto de 2009

Sueños

Soñé que debía correr pero las piernas no me respondían.
Soñé que entraba en el metro y habían cambiado todas las estaciones de sitio.
Soñé que llegaba tarde a trabajar.
Soñé que necesitaba llamar a alguien y el móvil no funcionaba.
Soñé que tenía que hacer el equipaje y no conseguía guardarlo todo.
Soñé que estaba de vuelta en la universidad, tenía exámenes y había faltado a clase los dos últimos meses.


Soñé que mi hijo se me moría.
Soñé que un perro rabioso me atacaba.
Soñé que mi novio me ponía los cuernos.
Soñé que se los ponía yo a él.


Soñé que me maquillaba de forma exagerada.
Soñé que alguien fumaba delante de mí.
Soñé con bichos.
Soñé que quería decir muchas cosas y la voz no me salía.
Soñé que conducía en dirección contraria.

Soñé que participaba en orgías.
Soñé con casas con innumerables puertas que conducían a innumerables estancias.
Soñé que era lesbiana.
Soñé con cuartos de baño.
Soñé con supermercados llenos de comida.

Soñé que volaba.
Soñé que cogía un tren.
Soñé que cogía un avión.
Soñé que me bañaba en el mar.

Soñé que me moría...

El psicoanalista me dijo que los primeros sueños reflejan ansiedad, los segundos miedo al fracaso sentimental, los terceros falsas amistades e impotencia para gobernar mi vida, los cuartos frustración sexual, los quintos deseos de escapar y el último la necesidad de renacer.

Así que antes pensaba que podría tratarse de malos presagios, pero ya he descubierto que soy ansiosa, insegura, pusilánime, frígida y fóbica.

Me quedo más tranquila.

jueves, 6 de agosto de 2009

Universos paralelos



Los que hemos crecido con la saga de Regreso al Futuro somos muy tendentes al onanismo mental con eso de los viajes en el tiempo y las paradojas que se sucederían de una cita con tu abuela adolescente. ¿Quién no ha deseado alguna vez poseer una máquina del tiempo? Para descubrir el futuro, para asistir personalmente a algún acontecimiento histórico, para desvelar misterios pretéritos... pero, sobre todo, para enmendar los errores del pasado.
Yo soy de las que cree que hay múltiples dimensiones (y esto no lo creo desde un punto de vista esotérico, sino científico) y que cada decisión que tomamos provoca una ramificación en la línea espacio- tiempo creando tantos universos paralelos como alternativas de elección existan para dicha decisión. Si Fulano Pérez decide tomarse el helado de chocolate en lugar del de fresa se crea automáticamente un Fulano Pérez paralelo que eligió el de fresa en vez del de chocolate, con todo lo que eso conlleve. Dos universos surgidos de decisiones tan nimias presentarán pocas diferencias entre sí, o al menos eso sería lo esperable, pero a veces se toman en la vida decisiones trascendentales, decisiones que se constituyen en puntos de inflexión. Si, con el tiempo, esa decisión resulta más o menos acertada, si somos más o menos felices es poco probable que pensemos en las otras alternativas que descartamos, pero si somos infelices vendrá la nostalgia, y, con ella, el deseo de tener una máquina del tiempo.
"Si yo hubiera..." la tercera condicional del idioma español, la hipótesis imposible. Se llama así porque, como su propio nombre indica, es una conjetura que jamás se podrá poner en práctica, y no se podrá poner en práctica, sencillamente, porque es algo que ya ha ocurrido. Y el pasado, a no ser que tenga uno el DeLorean de Doc, no se puede cambiar.
Igual que hace Martin McFly, que regresa para impedir que Doc sea asesinado, todos querríamos poder volver al momento en el que, desde nuestro punto de vista, tomamos la decisión equivocada. Craso error. Es imposible saber si la decisión fue equivocada. Y es imposible porque cuando decidimos nos quedamos sólo en uno de los universos y no podemos ver los demás, de modo que no sabemos cuál de ellos es el mejor.
Sin embargo, a veces hay fallos en el sistema. A veces se produce una fisura en la membrana que contiene nuestro universo y, aplicando a ella el ojo como un mirón, podemos atisbar lo que ocurre en el universo paralelo. A veces podemos ver, por un momento, como sería nuestra vida de haber tomado otra decisión.
No hace mucho he estado en Londres, por primera vez en mi vida. De la ciudad no diré nada que de eso ya se encargan las chopocientas mil guías que se han escrito sobre ella.
Lo que quiero contar es que allí, justo allí, en Mile End, yo encontré una fisura en la membrana del espacio-tiempo.
Durante la semana larga que permanecí allí, me dediqué oficialmente a ver museos y monumentos, pero en realidad no hice otra cosa que fisgonear en mi universo paralelo.
Ojalá no lo hubiera hecho...
Yo creía que sí, que tomé la decisión correcta, y, con la poca sensatez de que dispongo, aún lo pienso.
Pero entonces ¿por qué ahora daría cualquier cosa por tener una máquina del tiempo?


martes, 13 de enero de 2009

La hora de comida



Hoy, como cada día, he bajado con mis compañeros a comer.

Hoy, como cada día, se sucedían las mismas conversaciones sobre las mismas cosas.

Hoy, como cada día, todos empujábamos nuestras bandejas eligiendo lo que queríamos comer.

Y hoy, como cada día, me ha repugnado por enésima vez lo obsceno de la situación.


Ya he dicho muchas veces que no tengo los pudores convencionales, pero eso no significa que no tenga pudor, sólo que mis pudores son distintos...

Siempre me ha dado mucha vergüenza comer en público. Ahora ya me he acostumbrado, pero cuando era adolescente no podía ni probar bocado delante del chico que me gustaba. E incluso ahora preferiría que me viesen desnuda a que me vean comer. Pero me aguanto, claro, porque no le vas a decir a un compañero: “Si quieres me desnudo pero, por favor, no me obligues a comer delante de ti”.

Al parecer hay una tribu en la Amazonía cuyos miembros hacen el amor en público, pero se esconden para comer. En mi opinión ellos sí que están civilizados. No sé en qué momento se decidió que las actividades gastrointestinales eran menos íntimas que las genitales.

Así que hoy, mientras estaba con mis compañeros en el comedor de empresa, he empezado a imaginar que éramos como esa tribu.

Las ofertas de trabajo no dirían cosas como “horario de 9 a 18 con una hora de comida”, sino “horario de 9 a 18 con una hora de sexo”, y las empresas no tendrían comedor sino dormitorio. Allí se podría ir solo o acompañado. Ya me imagino en la cola, esperando para elegir película, revista o juguetito:

-“Uf, no me gusta nada, me apetecía un lésbico, pero ya no queda”

-“Si es que es un asco, todos los días lo mismo: Nacho Vidal y porno ochentero”

-“¿Y si vamos al italiano?”

-“Quita, quita, ya estoy harto de Rocco y Cicciolina, si alguna vez pusieran algo de Belladonna...”

-“Claro, a Belladona te van dar gratis en la empresa, no te digo...”

Y luego, al volver a la oficina:

-“¿Qué tal hoy?”

-“Pues genial, me lo he montado con el italiano nuevo y no veas qué nivel, te lo recomiendo”

O bien:

-“Pues me lo he montado con la secretaria de Logística, ni se te ocurra, tiene muy buena pinta pero luego ná de ná...”

-“Pues yo, como siempre, me he hecho un apañito rápido, luego en casa ya me desquito con la parienta”

Y, cómo no, nunca faltaría el salidillo de turno:

-“Si vierais qué fabada me apreté el sábado...”

-“Ya estamos, ¿es que no puedes pensar en otra cosa? Desde luego, todos los tíos sois iguales...”