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martes, 28 de enero de 2014

Nuestros Nunca

Uno de mis escritores favoritos, Juan José Millás, sostiene la teoría (y yo convengo) de que en nuestra vida lo que no pasa es tan importante, y a veces, incluso, más, que lo que sí.  Esto encaja perfectamente con la teoría de los multiversos, los universos paralelos, infinitos universos paralelos en los que se desarrollan las infinitas variantes de los acontecimientos.
Hoy no quiero escribir, escribirte (porque bien sabes que esto es para ti) de este universo que tú y yo ocupamos y de lo que en él pasó, sino de lo que pudo haber sido, quizá esté siendo en otro universo, pero que en este nunca será.
Hoy quiero escribir, escribirte (porque bien sabes que esto es para ti), de nuestros nunca.
Nunca volveremos a vernos, nunca te contaré los lunares del cuerpo. Nunca. Nunca verás los carteles rusos de mis paredes, ni me consolarás cuando una de mis frecuentes pesadillas me despierte.
Nunca te arrastraré a ver una película en versión original, nunca más volveré a hacerte pensar, ni te haré no pensar.
Nunca volveré a sentirme en paz gracias a uno de tus abrazos, ni a sonreír viendo tu nombre en mi bandeja de entrada.
Nunca sabré por fin qué significan la C y la V ni por qué no mencionaste a tu padre al hablar de tu familia.
Nunca volveremos a hablar de aquello de que el tiempo y el espacio son una invención de la mente humana y de que alguien en un par de horas puede significar más que otro en toda una vida. Nunca.
Nunca, por supuesto, sabré si has leído esto, ni qué has pensado al leerlo si lo lees, ni tus razones, porque bien me dijiste que no me debías ninguna explicación, y seguramente yo no la hubiera entendido, porque las cosas se entienden cuando se tienen que entender, no cuando te las explican.
Puede que otro yo en otro universo viva esas cosas, pero este yo que es el que YO tengo, el que YO siento y el único que importa, nunca las vivirá.
Quiero escribir, escribirte (porque bien sabes que esto es para ti) que sé que siempre atesoraré con cariño lo que fue, pero mucho más, y con mucho más cariño atesoraré nuestros nunca.
Mil besos (aunque seguramente ya no los quieras)

miércoles, 16 de octubre de 2013

Conclusiones tras casi perder a un hijo

Para los que no sepan nada empezaré diciendo que mi hijo está vivo y recuperándose. No os preocupéis.
Seguiré diciendo que he dudado mucho sobre si debía escribir o no esto, pero, al final, los que escribimos tenemos que escribir. No hay más remedio.
Hace cosa de un mes mi hijo cumplió 8 años y un par de días después, tras la comida, dijo que se encontraba mal y se metió en la cama. Tenía un poco de fiebre y se quejaba de dolor de cabeza. Cuando llegué de trabajar mi madre me preguntó si deberíamos llevarlo al médico, pero yo, como de costumbre, le dije que no exagerara y que los niños muchas veces se ponían malos. Por la noche el niño vomitó y yo lo tomé como una confirmación de que era algo sin importancia, algo que le había sentado mal.
A la mañana siguiente me levanté a las 6 para ir a trabajar y me acerqué a ver cómo estaba el niño. Me dijo que se encontraba mejor pero yo reparé en que tenía un extraño sarpullido por todo el cuerpo, y digo extraño porque había algo que no me encajaba, ya que eran manchas pero la piel no cambiaba su textura, era como si fueran profundas, como si estuvieran por debajo de la piel.
Sin embargo no le di mayor importancia y, tras asegurarle a mi madre que iríamos al médico a mi vuelta, me marché a trabajar.
Pero ese duendecillo que tenemos todos en el cerebro, el bibliotecario del inconsciente, como me gusta llamarlo, no me dejaba en paz. Algo me decía que el resultado de la suma "fiebre+manchas en la piel" era algo poco recomendable, pero no lograba concretar mis temores.
Al llegar a la oficina y encender el ordenador hice algo que los médicos odian que hagamos (y en el 99,9 % de los casos, con razón): busqué en Internet. Y me encontré esta página, que creo importante compartir:


Cuando leí lo que allí ponía, lo de la prueba del vaso, llamé a mi madre y la insté a que la realizara. Así lo hizo y me dijo lo que yo estaba temiendo: las manchas no desaparecían.
El pánico se apoderó de mí, me eché a llorar y les dije a mis padres que cogiesen al niño y lo llevasen inmediatamente al hospital (por suerte tenemos uno magnífico de la SS muy cerca).
Mi madre no dudó un instante, sabe lo poco aprensiva que soy y entendió al momento, a pesar de que yo no se lo dije, que debía de ser algo muy grave para que yo me pusiera así.
A los 15 minutos mi madre me llamó: el niño ya estaba ingresado y yo debía acudir cuanto antes.
Una compañera y amiga, a la que estaré siempre agradecida, me llevó hasta el hospital. Durante el trayecto intenté mantenerme serena pero no dejaba de llorar. Nunca en toda mi vida he llorado tanto como aquel día.
Cuando llegué una doctora nos metió a mí y a mi familia (mis padres y hermanos estaban allí) en un despacho, había muchas personas en él, todo su equipo, supongo. Una de las cosas que más me asustaron (mi hermano mayor me cuenta que también fue su impresión) fue el hecho de que nadie me sostenía la mirada, como si no pudiesen resistirlo. La doctora me dijo que el niño estaba muy grave, que había llegado casi sin tensión arterial y que con ese cuadro ellos se planteaban los objetivos a muy corto plazo, entonces me dijo unas palabras que no olvidaré jamás: "mi objetivo para hoy es mantener al niño".
No me atreví a preguntar si el niño se iba a morir, no podía asumir la respuesta, aunque, por alguna extraña razón, desde un primer momento dí por sentado que así sería. No podía dejar de llorar y de pensar "esto les pasa a personas que son como yo, ¿por qué no iba a pasarme a mí?" Al pensar en la muerte de mi hijo tuve la absoluta certeza de que mi vida acabaría con la de él, sé que hay personas que superan la muerte de un hijo, pero yo no soy ese tipo de persona. Supe que todo se desmoronaría en ese momento sin remedio.
Me dejaron entrar a ver a mi hijo. Estaba inconsciente y lleno de tubos, yo le tomé la mano y me quedé mirando aquellos 22 kilos que concentraban todo mi sentido en este mundo y sentí algo que nunca hubiera pensado que sentiría en un momento así: orfandad. Tuve ganas de decirle que no me dejara sola, que tenía miedo. "Qué ingenuos somos", me dije, "nos creemos que cuidamos de nuestros hijos cuando en realidad son ellos quienes cuidan de nosotros".
Así pasaron varias horas y todo tipo de sentimientos me invadieron: es curioso porque ni la pena ni la rabia estuvieron nunca entre ellos. Lo predominante fue una serena resignación, mezclada con una desagradable sensación de que yo me lo había buscado por haber sido tan estúpida durante tanto tiempo. Y es que toda mi vida he estado cometiendo el más terrible de los crímenes: ser infeliz sin motivo. En ese momento, frente a la vida de mi hijo que pendía de un hilo, lo entendí.
Poco a poco, el pequeño cuerpo de mi hijo fue ganando la batalla y me dijeron que habían conseguido estabilizarle. Según iban pasando las horas los médicos iban descartando daños. 
El niño ahora está bien y en casa. Pronto volverá al colegio.
Todo está volviendo a la normalidad y lo sucedido parece un mal sueño. El famoso Dr. House dijo una vez una gran frase: "Morir lo cambia todo, casi morir no cambia nada".
En su momento pensé que era cierto, pero ahora no me gustaría que fuese así. No me gustaría que la casi muerte de mi hijo no cambiara nada en nuestras vidas, pero parece que así va a ser.
Por suerte o por desgracia, el cerebro humano no escarmienta, parece ser, y, poco a poco, me encuentro a veces de mal humor por tonterías (cosa que me juré que no volvería a suceder) y sigo en la misma inercia que me impide hacer un cambio realmente positivo en mi vida que me saque de un lugar y una situación a los que, claramente, no pertenezco.
La única diferencia es que el bibliotecario de mi inconsciente no deja de decirme "¿Así es cómo aprovechas esta segunda oportunidad?"
Y yo, está demostrado, siempre acabo por hacerle caso.

lunes, 20 de agosto de 2012

Amputar

A veces no queda otro remedio que amputar. Si el miembro está gangrenado hay que amputar. De lo contrario el individuo morirá. 
Eso no quiere decir que sea una decisión fácil de tomar, ni que no duela perder el miembro amputado, ni que no se siga pensando en él y añorándolo, incluso sintiéndolo, durante mucho tiempo, a veces toda la vida. 
Sólo significa que si no se amputa uno morirá, y uno no quiere morir, no todavía, o no puede morir, porque tiene un hijo, por ejemplo, que criar. 
Y entonces tiene que amputar.
La decisión de amputar la toma siempre alguien ajeno, que no está involucrado, que no se deja llevar por las emociones tipo "pero es mi pierna, prefiero morir a vivir sin mi pierna". El individuo que debe sufrir la amputación se resiste, se niega, deben convencerlo, a veces, incluso, sujetarlo físicamente para poder llevar la operación a cabo. Él sabe que no tiene alternativa y aun así se resiste, mendiga, llora, implora por su pierna o por su brazo, no lo quiere perder. El cirujano debe ser inflexible, impasible. Debe amputar.
La reacción del paciente es impredecible: hay quien se deja morir antes que dejarse amputar, hay quien odia toda la vida a quien lo convenció, hay quien (los más) acaba agradeciendo que lo convencieran, hay quien se resigna a su suerte desde un primer momento...
Y hay un grupo muy reducido, una rara avis: los capaces de amputarse su propio miembro.
Yo soy de ese grupo. Cuando la pierna se infecta y no hay solución yo misma cojo el hacha y no me tiembla la mano. Y si no tengo hacha soy capaz, como los coyotes, de desgarrar la carne con mis propios dientes para escapar de la muerte segura.
Y eso no significa que no me muera de dolor, que no eche de menos mi miembro amputado cada segundo de cada minuto de cada hora de cada maldito día.
Eso no significa que por las noches, al quitarme la prótesis, no siga sintiendo que aún lo tengo, que en sueños me vea aún entera, completa, y me despierte llorando.
Significa sólo, como le dije a alguien no hace mucho, que, por mucho que pueda querer a alguien, jamás querré a nadie más que a mí misma.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Olvido

Hay una película de Jim Carrey (no es una comedia) cuyo título original es "Eternal sunshine of the spotless mind" ("Eterno resplandor de una mente sin recuerdos"). En España la titularon "Olvídate de mí", y en Alemania"Vergisse mich nicht" ("No te olvides de mí"). Esta diferencia es mucho más significativa de lo que pueda parecer a priori. Pero esa es otra historia.

En esta película (atención atención, aviso a navegantes, quien no la haya visto y la quiera ver que deje de leer) existe una clínica donde te borran de la mente el recuerdo que tú elijas. Desde que la vi estoy ahorrando para cuando abran una aquí en Madrid.

Yo siempre he soñado con la amputación de los recuerdos.

Esta buena memoria que Dios/la naturaleza/la genética me ha dado estaba muy bien en el cole para aprobar exámenes de un día para otro, pero para vivir es una puta mierda (para qué nos vamos a andar con eufemismos). Especialmente si está combinada con una nostalgia enfermiza, como es mi caso.

Borrar el disco duro, como si fueras un ordenador, sería maravilloso. Y empezar de nuevo. Sería como un suicidio con billete de vuelta. El sueño de mi vida.

Podrán argumentar en mi contra, y es una buena argumentación, que al borrar el disco duro se borran también los buenos recuerdos, pero cuando el balance es negativo creo que merece la pena. Si para conservar un buen recuerdo hay que soportar cincuenta malos el negocio no compensa. Como decía mi abuela "se perdona el bollo por el coscorrón".

Olvido... cuántas horas he invertido persiguiéndolo. Sin éxito, obviamente, porque nada fija mejor un recuerdo en nuestra memoria que el deseo de olvidarlo.

Y además, aun en el caso de que la mente llegue a olvidar, el cuerpo siempre recuerda.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Zombie

Me levanto, me ducho, desayuno, salgo de casa, cojo el autobús, cojo el metro, cojo el autobús, llego al trabajo. En el metro leo, escucho música, la gente me mira, miro a la gente. En el trabajo saludo, sonrío, me río, me enfado, comento, me concentro, voy al baño, tomo café, recojo el correo, hago una presentación para mi jefe. A la hora de la comida salgo, como, comento que está rico o que no está rico, pago, me lavo los dientes, vuelvo a trabajar, hablo de trivialidades, arreglo el mundo, me cago en Aznar, me cago en Zapatero, me cago en Aguirre. Correo, llamada, mensaje, llamada, correo. Broma, ofensa, perdón, qué bueno está ese, por dios qué antipático, tengo sueño, qué bien ya es viernes, qué horror de lunes.
Todo es normal.
Sólo yo sé de este dolor. El dolor sordo y constante. El dolor que no cesa. La paradoja de estar muerta y, sin embargo, no poder dejar de sentir este dolor.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Golfita

La primera vez que te vi estabas dentro de una caja. Yo levanté la tapa y me asaltaron tus grandes y preciosos ojos tristes, esos mismos ojos que últimamente estaban velados por las cataratas. Me cautivaste enseguida. Siempre supe que eras especial.
Los primeros días en casa te dejamos dentro de la caja, de la que sólo salías para soltar un charquito de pis. Al poco te aventuraste a recorrer la casa, pegadita a la pared, pero cuando llegabas al final no sabías cómo regresar, llorabas y había que ir a buscarte. Eras preciosa, con tus grandes orejas que había que limpiarte después de comer porque las metías en el plato. Te fuiste haciendo mayor y las orejitas se te quedaron algo más cortas y se te fue afilando el hocico, pero nunca perdiste esa mirada tierna e inocente.
Eras muy buena, cariñosa y especial. No concebías la maldad, para ti todo el mundo era un amigo, incluso los que te miraban con asco. Nunca mordiste, ni rompiste nada, lo único que se te podía reprochar era el ser un poco ladrona, pero siempre con mucho arte, eso sí. Ahora, a pesar de mi tristeza, me río recordando algunas de tus más famosas fechorías, cuando te comiste la masa de las croquetas y estuviste durante meses escondiéndote cada vez que oías la palabra, cuando mamá dejó una pizza preparada para meterla en el horno y tú te comiste toda la cobertura dejando la triste y cruda masa, cuando le sustrajiste los dos filetes del plato a papá dejando sólo la guarnición y él se enfadó con mamá por la cena tan raquítica que le había preparado... Pero lo mejor, tu momento estrella, cuando te comiste el chorizo que aquella invitada francesa que tuvimos había comprado para llevarle a su familia.
Siempre he pensado que tú eras conocedora del misterio de la vida, que tú poseías la inteligencia suprema, que no era otra cosa que tu bondad revolucionaria, tu amor incondicional. Siempre he sabido que la felicidad eran tus abrazos, poner la cabeza en tu pecho y sentir tu cuerpecillo caliente y tu respiración tranquila.
El otro día tuve que tomar la decisión de dormirte para siempre. No me parecía justo tener ese poder, ¿quién era yo, al fin y al cabo, para decidir sobre tu vida? Pero estabas destrozada, sólo te quedaba sufrimiento, y te lo quise evitar. Antes te besé y te di las gracias, porque lo único que puedo sentir por ti es gratitud. Por habérmelo dado todo sin pedir nada, por darte cuenta siempre de cuando yo estaba mal y venir a consolarme, por regalarme trece años de lealtad y cariño.
Yo te recordaré siempre encaramada en el sillón que estaba en la terraza, con las patitas apoyadas en la barandilla y mirando al horizonte, y yo, que hubiera dado cualquier cosa por saber en qué pensabas en ese momento.
Nunca te olvidaré.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Al ladrón

Me voy ahora mismo a comisaría a poner una denuncia. No me había dado cuenta pero me están robando. Me están robando los años, poco a poco, de forma muy sutil, pero yo tenía mucha vida y cada vez tengo menos. ¿Dónde está la que me falta? ¿Quién se la ha llevado?
Qué detengan ahora mismo a ese ladrón que actúa impunemente y con alevosía, dejándonos sin sueños ni esperanzas. Ya que está que se lleve también los recuerdos, que se lleve la nostalgia. Que se lleve el nudo de angustia y la desesperación...
Al ladrón, que lo lleven preso, que me diga qué ha hecho con todos estos años, con todas estas ilusiones, con la ingenuidad.
Al ladrón, no hay derecho a apropiarse así de lo ajeno, del corazón, de las ganas de vivir, de los proyectos, del futuro.
Parece que fue ayer, yo todavía creía en los príncipes de ojos verdes, que los polis eran los buenos, que había una oportunidad...
Al ladrón, decidle que venga y que se lleve también las palabras de amor de los charlatanes baratos que recitan poemas de Neruda y te llevan a ver puestas de sol, que se lleve las lágrimas de cocodrilo de los chicos sensibles, que se me lleve a mí, de una vez por todas.
Al ladrón...

viernes, 1 de mayo de 2009

Minirelato

El médico me dijo que mi pierna tenía gangrena y había que amputarla.
Yo no quería perder mi pierna.
El médico me dijo que si no me la amputaba moriría.
Le dejé que la amputara.
Aún siento mi pierna, la echo de menos terriblemente.
Pero estoy viva.

martes, 17 de marzo de 2009

Te quiero


Te quiero, viviré sólo para ti. Respiraré sólo el aire que me des. Mis ojos mirarán sólo dónde tú me señales. No hablaré si no es para que tú me escuches.

Te quiero, moriré si no te tengo. Dejaré mi casa para seguirte. No volveré a tratar a mis amigos, los cambiaré por los tuyos. Mis intereses serán tus intereses. Cuando no estés conmigo te llamaré constantemente. Sólo existiré para que tú me veas.

Te quiero, te lo daré todo. Y pediré lo mismo de ti.

Si no haces siempre, en todo momento, en todo lugar, todo lo que yo exija de ti serás malvado. Y te lo reprocharé. Convertiré tu vida en un infierno, te haré ver el daño que me infringes, lo egoísta que eres.

Te quiero, por eso me muero de miedo. Por eso no te dejo vivir, por eso me duele que seas feliz. Por eso no quiero que hables con nadie que no sea yo, por eso te pido cada vez más y cuanto más me das, menos me parece.

Quien no haga esto que yo hago, es porque no quiere lo suficiente. Esta es la única forma de querer que entiendo y que acepto.

Da igual que seas mi hijo, mi pareja, mi amigo, mi padre... no te dejaré vivir.

Pero tengo derecho. Porque te quiero.


martes, 24 de febrero de 2009

Deseos

Penélope Cruz ha ganado el Oscar. Los que me conocen saben lo que opino al respecto así que lo omitiré. No es eso de lo que quiero hablar. Sino de los deseos.
Mi camino y el de Penélope han tenido dos puntos en común. El primero fue hace veinte años, cuando yo tenía catorce y ella dieciséis (porque se da el misterioso fenómeno espaciotemporal de que Penélope, habiendo tenido de adolescentes dos años más que yo, ahora tiene mi misma edad). Pe y yo trabajamos juntas en un anuncio publicitario. No estábamos sólo ella y yo, había muchas chicas. Ella aún no había hecho "Jamón jamón", pero ya era conocida en la profesión por el famoso vídeo de "La fuerza del destino" y por ser la novia de Nacho Cano. Durante el rodaje, Pe no dirigió la palabra a las otras chicas e, incluso, exigió un camerino para ella sola, ya que su caché le impedía cambiarse con las demás. Cuando recuerdo esta escena y la comparo con una humildísima Penélope dedicando su Oscar a Alcobendas no puedo evitar sentir cierto resquemor. Algo parecido me recorrió el cuerpo cuando Ánsar (recién elegido presidente por los pelos) se iba a Quintanilla de Onésimo a jugar al dominó... esperemos que la humildad no le evolucione igual a la Cruz, o que Dios nos coja confesados.
El otro momento en común que tengo con nuestra estrella está relacionado con el Puente de Carlos, en Praga (en la foto).
Cuando Pe estaba rodando "La niña de tus ojos" en Praga, esto lo ha contado ella, tocó el famoso puente y pidió sus deseos, más tarde dijo que se le estaban cumpliendo todos (es lógico suponer que el Oscar era uno de ellos). Cuando yo estuve en Praga me acordé de esta tontería y, ni corta ni perezosa, toqué el puente y pedí mi deseo. Mi deseo fue muchísimo menos pretencioso, sólo pedí que el niño que llevaba en la tripa (estaba de seis meses), su padre y yo formásemos siempre una familia tranquila y feliz. En el momento en que yo estaba pidiendo ese deseo el papi de la criatura se estaba cepillando a otra mujer. Mi deseo, obviamente, no se cumplió.
Nada de lo que yo he deseado en la vida se ha cumplido, jamás. Por eso me da miedo desear cosas.
Me da miedo cada vez que tengo ilusión por algo, me da miedo cada vez que él me sonríe y yo deseo que pase algo más, me da miedo cuando miro a mi hijo. Las personas a las que no se nos cumplen nunca los deseos acabamos por no desear, y de no desear acabamos por no vivir en absoluto.

jueves, 5 de febrero de 2009

Queda la música...



Ya lo dijo Aute: todo puede desaparecer pero siempre queda la música.
Cuando me preguntan qué música me gusta suelo contestar que no me gusta. Una mentira como una catedral, por supuesto. Pero es que odio hablar de mis gustos musicales porque para mí escuchar música es una de las cosas más íntimas e imposibles de compartir que tenemos. Lo que yo sienta escuchando una determinada canción no lo sentirás tú y viceversa. Ya he dicho en alguna ocasión que no soy una mujer de pudores convencionales, qué le vamos a hacer...

Queda la música, el tiempo pasa, el cuerpo se transforma, las circunstancias cambian, los rostros se confunden, la memoria nos traiciona y los sentimientos se distorsionan, pero queda la música. Siempre. Y es la única que nos transporta a ese instante de nuestra vida que, de otro modo, quedaría perdido para siempre.

No soporto que me pregunten qué música me gusta porque es como si me preguntaran a cuál de mis amores he querido más, qué caricias me han estremecido con más fuerzas, qué ha escocido más en mi vida, a qué sueño me aferré con más esperanza y cuál dolió más ver desvanecerse.

No soporto hablar de la música porque de la música no se habla, porque la música se siente, se deja que le arañe a uno la médula espinal, se saborea, se guarda para siempre en el corazón (en el itunes mental, como dicen los chanantes). Y, lo diré alto y claro, me recontrapatea el hígado la gente que te impone su música, la gente que la clasifica, la cataloga y la etiqueta, la gente que la prostituye escuchándola constantemente mientras hace otras cosas, como si la música sólo fuese un elemento decorativo...

Para mí, escuchar música es una actividad en sí misma, y si lo hago no hago nada más. Como mucho, caminar.

Todos tenemos nuestra propia banda sonora y, al igual que determinadas canciones nos devuelven ciertas escenas de la película a cuya banda sonora pertenecen, así ciertas canciones nos devuelven a ciertas escenas de nuestra propia película.

A veces las buscamos para provocarnos esa nostalgia (oh, nostalgia, qué dulce es tu dolor), pero lo mejor, lo más intenso es cuando nos pillan desprevenidos. Eso es un golpe seco en el sistema límbico, eso es el dolor más sublime, más orgásmico de cuantos existen...

Todo se puede ir a la mierda, pero no importa: queda la música.




domingo, 11 de enero de 2009

Yo no soy nada


Yo no soy nada y del polvo nací... me enseñaron a cantar las monjas de pequeña.
Tenían razón: nací de un polvo (como todos) y además no soy nada.
Yo no soy nada, lo siento constantemente. Lo confirmo cada día, al encender el televisor y recibir el horror que vomita sin cesar.
Yo no soy nada, no soy nadie, y no puedo detener tanto horror.
Veo bombas, veo niños heridos, niños que lloran. Soy empática, por suerte o por desgracia, y no puedo evitar ver a mi hijo en esos niños. Me pregunto si los que provocan eso tienen hijos, si saben lo que duele un hijo o si saben que a todos nos duelen nuestros hijos.
Cuando un hijo llora el corazón se desgarra. Cuando un hijo sufre es insoportable. Cuando un hijo falta nos falta el aire.
Veo a un niño herido, al que cosen sin anestesia, un niño muy pequeño que llora de dolor. ¿Qué haría yo si tuviera que ver a mi propio hijo padecer así? ¿Qué puedo hacer yo para que ninguna madre tenga que ver eso? Nada. Porque yo no soy nada. Yo no cuento, como no cuentas tú, ni ése, ni aquél. Y los que sí cuentan no deben saber lo que duele un hijo. Y si lo saben deben creer que no a todos nos duele por igual. Y si no lo creen les da lo mismo.
Los que pueden hacer no hacen. Y yo, ¿qué puedo hacer yo?
Hago lo único que puedo: abrazar a mi hijo y sentirme muy agradecida por que no sea él al que cosen sin anestesia.
Y escribir esto, aunque esto no sirva para nada.
Porque yo no soy nada. Ni tú. Ni ése. Ni aquél.

Y mucho menos éste:





Que me expliquen que tiene que ver esto con Hamas