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jueves, 5 de mayo de 2016

Cádaveres



No sé si alguien más se habrá dado cuenta de que la ciudad está llena de cadáveres. Están por todas partes, sus asesinos los tiran o los dejan caer con desidia en cualquier sitio: desde las ventanas, en los parques, en las paradas de autobús, a la entrada del metro… yo los he visto, incluso, en las puertas de los hospitales y entre los columpios de los niños.
Muchas veces son desechados aún moribundos y la gente asiste impasible al horrible espectáculo de verlos agonizar durante minutos, enrareciendo el ambiente con su aliento fétido y tóxico. Cuando los veo yo, movida por el asco y la piedad, acabo con su sufrimiento rematándolos con la punta del zapato.
Es grotesco contemplar cómo se ha normalizado esta dantesca y antihigiénica situación. Nadie parece verlo, y, aun en el caso de verlo, nadie parece reprobarlo.
Siguen siendo asesinados y abandonados donde sea por personas que, en muchos casos, son buenas personas, ciudadanos honestos, gente cívica que nunca tiraría un papel al suelo o haría nada que pudiera perjudicar a su prójimo. Excepto con ellos. Con ellos, con los cadáveres, nadie tiene el menor atisbo de compasión, pudor, o pulcritud.
Los matan y los tiran. Ni siquiera consideran estar haciendo nada malo.
Los servicios de limpieza los retiran con regularidad, pero siempre hay. Los asesinos son tantos y actúan con tanta frecuencia, que el ayuntamiento no da abasto.
Sólo una cosa me hace sonreír con maliciosa satisfacción para mis adentros: la certeza de que los cadáveres inoculan un veneno en su asesino antes de morir.
Al menos les queda el consuelo de morir matando. Matando lentamente, sí.
Pero matando.

viernes, 27 de febrero de 2015

Yo para ser feliz quiero...

... un camión, seguro que habéis cantado todos. Y es que sale automáticamente. Pero no es cierto. Eso es lo que quería Loquillo y todas las personas sensatas sabemos que es sólo una estúpida canción.
¿Cómo va hacerte feliz algo tan tonto como un camión? Eso no cabe en cabeza humana.
Lo que sí que cabe en cabeza humana, según veo constantemente es que lo que te hará feliz es una pareja, hijos, un empleo, creer en Dios, un gol de Ronaldo, unos Loubotin, un coche más grande... espera. ¿A ver si, después de todo, no va a ser tanta tontería lo del camión?

Nos meten en la cabeza desde pequeños, y nos lo meten a conciencia, que la felicidad es algo que nos tienen que dar, que depende de cosas ajenas a nosotros mismos. 
Así nos pasamos la vida cantando como Loquillo "yo para ser feliz quiero un (ponga usted aquí lo que convenga)" y decepcionándonos cuando, una vez conseguido el camión (o lo que sea que usted haya puesto) seguimos sin ser felices.

Nos han engañado como a chinos, es como si le dices a alguien que para tener un orgasmo tiene que morderse un dedo. Se hará sangre, se llegará a amputar el dedo y se quedará sin orgasmo. Y, lo que es peor, sintiendo que es un fracaso de persona porque es incapaz de conseguirlo.

Dijo Nicolas Chamfort que la felicidad no es cosa fácil: es muy difícil encontrarla en nosotros, e imposible encontrarla en otra parte, y yo estoy absolutamente de acuerdo. Pero me ha costado muchos años de mi vida comprenderlo. 
he de confesar que aún no la he encontrado, la felicidad. Pero ahora me siento bien porque sé que estoy buscando en el lugar correcto y que cuando menos lo espere me sorprenderé a mí misma comprendiendo que soy feliz. 
Como cuando uno, de repente, se da cuenta de que está enamorado...

lunes, 14 de julio de 2014

Placeres perversos

No me interesa el fútbol, quien me conozca, aunque sea sólo de cinco minutos, lo sabe. Y, sin embargo, ayer tuve un momento de placer que aún me dura gracias al fútbol. La victoria de Alemania me supo a gloria. O mejor debería decir que la derrota de Argentina me supo a gloria. Porque hubiera apoyado a cualquiera que hubiera estado en el lugar de Alemania. Quería la derrota de Argentina, y me produjo una gran felicidad.
Un gran placer. Un placer perverso y sin embargo, o precisamente por eso, dulce e inmenso.
No me importa admitir que es algo totalmente personal, conozco a un argentino que es un tipo bastante despreciable, de esos que no dudan en usar constantemente el juego sucio y levantar falsos testimonios sobre todo aquél que perciba como un obstáculo a sus chanchullos. Este elemento es un gran aficionado al fútbol y yo sabía que le fastidiaría bastante perder la final. Imaginar su disgusto y el golpe a su vanidad y prepotencia fue lo que me produjo a mí tanto regocijo. Es gracioso porque hace poco tuve la oportunidad de perjudicar seriamente a esa persona y, sin embargo, lo defendí (por cierto, me llamaron tonta por hacerlo, alegando que él en mi lugar no hubiera hecho lo mismo por mí), así que una maldad tan inocente como alegrarme por su derrota deportiva no me hace sentir remordimientos.
Esta mañana, curiosas coincidencias de la vida, he visto en el metro a una tipa que solía amargarme la vida en la adolescencia: me hacía el vacío, se reía de mí, malmetía a los demás en mi contra... Más de una tarde me he quedado en casa llorando gracias a ella. Hacía muchísimos años que no sabía nada de ella y hoy la he visto en el metro, como digo. Estaba muy gorda y muy avejentada mientras que yo, curiosas coincidencias de la vida otra vez, me había arreglado especialmente y lucía, permitidme la inmodestia, esplendorosa. Ella me ha reconocido, me ha mirado de arriba abajo y yo sólo le he dedicado desde las alturas la más magnífica de las sonrisas.
Segunda ronda de placer perverso en unas pocas horas.
Y el resto del viaje me he dedicado a reflexionar y he llegado a la conclusión de que debe de ser esa la causa y no otra de que mis queridos vecinos no dejen de tirar basura a mi patio. Me los imagino allá arriba mientras tiran un bastoncillo de oídos usado pensando en el berrinche que me cogeré yo (una completa desconocida) a la mañana siguiente cuando lo vea, y sintiendo las oleadas de placer perverso recorrer sus cuerpos.
Aunque, bien pensado, eso es atribuirles una inteligencia que, seamos serios, no está en su poder.

domingo, 26 de enero de 2014

Mi lista de sentimientos. Capítulo 2: Miedo

Ya dije en el post introductorio de esta lista de sentimientos que los iría escribiendo según los fuera sintiendo o me sintieran ellos a mí. Hoy tengo irremediablemente que hablar del miedo. Yo soy una persona muy miedosa. Todos me creen valiente, debo de ser una gran actriz. 
Tengo miedo a casi todo, a las cosas obvias (la muerte, el dolor, un asesino en serie, los ectoplasmas, la mayoría absoluta del PP...) pero también a las que nadie más parece temer (el éxito, la felicidad, amar y ser amada, desear...)
También decía en el post introductorio de esta lista que no tenía muy claro si nosotros sentimos los sentimientos o ellos nos sienten a nosotros. Pero con el miedo, al menos con mi miedo, lo tengo muy claro: él me siente a mí. No sólo me siente, toma absolutamente el control de mí, de mi cerebro, de mis actos, incluso de mi cuerpo, me provoca náuseas, me quita el hambre, me da dolor de cabeza y altera mi respiración. 
Odio y temo al miedo, por eso el miedo se alimenta de mí. Hay muchas situaciones en las que consigo ponerme un disfraz de valiente tan sólido que incluso llego a ser valiente, en las peleas o cuando le planto cara a alguien superior a mí, por ejemplo. En esos momentos hago una pequeña y compacta bola con el miedo y la guardo dentro de mí, la mayor parte del tiempo lo mantengo a raya, pero el miedo tiene sus recursos. Su mayor súper poder es que es un mago del disfraz. El miedo sabe disfrazarse de mil cosas distintas (prudencia, sensatez, realismo, amor...) pero su mejor disfraz, el que más utiliza,es el de certeza.
El miedo se pone su disfraz de certeza y extiende sus venenosas ramificaciones por todo nuestro cuerpo y nuestra mente. Nos hace estar completamente seguros de aquello que tememos, aunque nuestro raciocinio nos dé mil pruebas de que sólo está en nuestra imaginación, acabamos por verlo absolutamente cierto. Pedimos opinión a los demás tergiversando los datos a nuestra conveniencia, porque no lo estamos haciendo nosotros, sino nuestro miedo, y los demás, obviamente, nos dan la razón. Porque si en algo somos maestros los seres humanos es en alimentar el miedo ajeno. Lo hacemos constantemente, sin darnos cuenta, sin mala intención la mayoría de las veces. Pero lo hacemos.
Y el miedo crece, y se hace cada vez más poderoso. Y nos lleva a la ira, como nos enseñaron los maestros Jedi, y hace que dirijamos nuestra ira precisamente hacia lo que más amamos, que suele coincidir con lo que más tememos.
Y al final, como a Lord Vader, sólo nos queda oscuridad.
Y una vez que estamos en la oscuridad viene el mayor de todos los miedos. El miedo a la luz. 
Por eso una persona con miedo hará todo lo posible por apagar las luces que encuentre en su vida.
Creedme, sé muy bien de lo que hablo, porque yo en eso, soy la maestra de las maestras.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Sin sentido

Yo, que ando contando historias desde que puedo recordar, escribí hace muchos años un cuento. Uno de tantos que he escrito y no he compartido con nadie. No sé dónde lo tengo, supongo que lo tiré. En aquella época se escribía a mano, en un papel, entre los apuntes de clase o donde fuera. Y luego las cosas se perdían.
Aquel cuento trataba de una jovencísima periodista que iba a hacerle una entrevista a un señor mayor al que se le había muerto el corazón. El hombre describía cómo, después de haberse roto y recompuesto muchas veces, el corazón había acabado por morirse y él ya no era capaz de sentir nada. Nada en absoluto. El corazón hacía su trabajo, latía y repartía la sangre nutriendo todos los órganos de su cuerpo, por esa razón él seguía vivo. Pero ya ni sentía ni padecía. La joven periodista (con la cual entonces yo me identificaba) no lograba entender cómo eso podía haber pasado, incluso una de las veces le decía a su entrevistado que eso se sentía muchas veces pero que el corazón siempre volvía a reponerse, a lo que el viejo le respondía que no, que había un momento en el que ya no había forma de volver a arrancar y que cuando a ella le sucediese, lo entendería.
La joven periodista ya lo ha entendido. En aquel cuento yo proyecté mi presente y mi futuro sin saberlo. En aquel momento era ella. Ahora ya soy él.
Y es que con los sentimientos ocurre como con la pornografía y los ansiolíticos: cada vez hace falta una dosis mayor para conseguir el mismo efecto, hasta que llega el día en que ya no hay efecto ninguno.
De pequeña memoricé aquel famoso poema de Machado "en el corazón tenía la espina de una pasión, logré arrancármela un día, ya no siento el corazón". Yo lo repetía como un loro, pero no lo entendía, ¿qué iba a entender mi joven y puro corazón de espinas y pasiones?.
Un día, de repente, lo entendí, como se entiende un chiste que no se ha cogido en el primero momento, el binomio de Newton o los porqués de una persona. Las cosas las entendemos no porque nos las expliquen, sino porque un buen día, súbitamente, se hace la luz.
Ahora que entiendo tantas cosas, ya no soy capaz de sentirlas. Supongo que por eso las entiendo. Porque la pasión ya no me nubla el entendimiento.
No soy capaz de sentirme ni bien ni mal por casi nada. Y si algo me parece bien o mal, me lo parece desde un raciocinio frío.
Hago las cosas como una autómata y las observo desde fuera.
Por eso sé que ahora voy a empezar a escribir realmente bien. 
Porque ahora ya soy, como Humbert Humbert, sólo un registrador muy consciente.


miércoles, 16 de octubre de 2013

Conclusiones tras casi perder a un hijo

Para los que no sepan nada empezaré diciendo que mi hijo está vivo y recuperándose. No os preocupéis.
Seguiré diciendo que he dudado mucho sobre si debía escribir o no esto, pero, al final, los que escribimos tenemos que escribir. No hay más remedio.
Hace cosa de un mes mi hijo cumplió 8 años y un par de días después, tras la comida, dijo que se encontraba mal y se metió en la cama. Tenía un poco de fiebre y se quejaba de dolor de cabeza. Cuando llegué de trabajar mi madre me preguntó si deberíamos llevarlo al médico, pero yo, como de costumbre, le dije que no exagerara y que los niños muchas veces se ponían malos. Por la noche el niño vomitó y yo lo tomé como una confirmación de que era algo sin importancia, algo que le había sentado mal.
A la mañana siguiente me levanté a las 6 para ir a trabajar y me acerqué a ver cómo estaba el niño. Me dijo que se encontraba mejor pero yo reparé en que tenía un extraño sarpullido por todo el cuerpo, y digo extraño porque había algo que no me encajaba, ya que eran manchas pero la piel no cambiaba su textura, era como si fueran profundas, como si estuvieran por debajo de la piel.
Sin embargo no le di mayor importancia y, tras asegurarle a mi madre que iríamos al médico a mi vuelta, me marché a trabajar.
Pero ese duendecillo que tenemos todos en el cerebro, el bibliotecario del inconsciente, como me gusta llamarlo, no me dejaba en paz. Algo me decía que el resultado de la suma "fiebre+manchas en la piel" era algo poco recomendable, pero no lograba concretar mis temores.
Al llegar a la oficina y encender el ordenador hice algo que los médicos odian que hagamos (y en el 99,9 % de los casos, con razón): busqué en Internet. Y me encontré esta página, que creo importante compartir:


Cuando leí lo que allí ponía, lo de la prueba del vaso, llamé a mi madre y la insté a que la realizara. Así lo hizo y me dijo lo que yo estaba temiendo: las manchas no desaparecían.
El pánico se apoderó de mí, me eché a llorar y les dije a mis padres que cogiesen al niño y lo llevasen inmediatamente al hospital (por suerte tenemos uno magnífico de la SS muy cerca).
Mi madre no dudó un instante, sabe lo poco aprensiva que soy y entendió al momento, a pesar de que yo no se lo dije, que debía de ser algo muy grave para que yo me pusiera así.
A los 15 minutos mi madre me llamó: el niño ya estaba ingresado y yo debía acudir cuanto antes.
Una compañera y amiga, a la que estaré siempre agradecida, me llevó hasta el hospital. Durante el trayecto intenté mantenerme serena pero no dejaba de llorar. Nunca en toda mi vida he llorado tanto como aquel día.
Cuando llegué una doctora nos metió a mí y a mi familia (mis padres y hermanos estaban allí) en un despacho, había muchas personas en él, todo su equipo, supongo. Una de las cosas que más me asustaron (mi hermano mayor me cuenta que también fue su impresión) fue el hecho de que nadie me sostenía la mirada, como si no pudiesen resistirlo. La doctora me dijo que el niño estaba muy grave, que había llegado casi sin tensión arterial y que con ese cuadro ellos se planteaban los objetivos a muy corto plazo, entonces me dijo unas palabras que no olvidaré jamás: "mi objetivo para hoy es mantener al niño".
No me atreví a preguntar si el niño se iba a morir, no podía asumir la respuesta, aunque, por alguna extraña razón, desde un primer momento dí por sentado que así sería. No podía dejar de llorar y de pensar "esto les pasa a personas que son como yo, ¿por qué no iba a pasarme a mí?" Al pensar en la muerte de mi hijo tuve la absoluta certeza de que mi vida acabaría con la de él, sé que hay personas que superan la muerte de un hijo, pero yo no soy ese tipo de persona. Supe que todo se desmoronaría en ese momento sin remedio.
Me dejaron entrar a ver a mi hijo. Estaba inconsciente y lleno de tubos, yo le tomé la mano y me quedé mirando aquellos 22 kilos que concentraban todo mi sentido en este mundo y sentí algo que nunca hubiera pensado que sentiría en un momento así: orfandad. Tuve ganas de decirle que no me dejara sola, que tenía miedo. "Qué ingenuos somos", me dije, "nos creemos que cuidamos de nuestros hijos cuando en realidad son ellos quienes cuidan de nosotros".
Así pasaron varias horas y todo tipo de sentimientos me invadieron: es curioso porque ni la pena ni la rabia estuvieron nunca entre ellos. Lo predominante fue una serena resignación, mezclada con una desagradable sensación de que yo me lo había buscado por haber sido tan estúpida durante tanto tiempo. Y es que toda mi vida he estado cometiendo el más terrible de los crímenes: ser infeliz sin motivo. En ese momento, frente a la vida de mi hijo que pendía de un hilo, lo entendí.
Poco a poco, el pequeño cuerpo de mi hijo fue ganando la batalla y me dijeron que habían conseguido estabilizarle. Según iban pasando las horas los médicos iban descartando daños. 
El niño ahora está bien y en casa. Pronto volverá al colegio.
Todo está volviendo a la normalidad y lo sucedido parece un mal sueño. El famoso Dr. House dijo una vez una gran frase: "Morir lo cambia todo, casi morir no cambia nada".
En su momento pensé que era cierto, pero ahora no me gustaría que fuese así. No me gustaría que la casi muerte de mi hijo no cambiara nada en nuestras vidas, pero parece que así va a ser.
Por suerte o por desgracia, el cerebro humano no escarmienta, parece ser, y, poco a poco, me encuentro a veces de mal humor por tonterías (cosa que me juré que no volvería a suceder) y sigo en la misma inercia que me impide hacer un cambio realmente positivo en mi vida que me saque de un lugar y una situación a los que, claramente, no pertenezco.
La única diferencia es que el bibliotecario de mi inconsciente no deja de decirme "¿Así es cómo aprovechas esta segunda oportunidad?"
Y yo, está demostrado, siempre acabo por hacerle caso.

lunes, 15 de julio de 2013

Mis tetas

Siento decepcionar a muchos, pero no voy a contar el famoso chiste (famoso y magistral, por supuesto) del perro mistetas.
Eso lo dejamos para otro día. 
Hoy voy a hablar de mis tetas, de mis dos glándulas mamarias, los senos, los melones, las peras... como lo quiera usted llamar. Y de mi culo y de mis piernas y de mis rodillas y de mis glándulas suprarrenales.
Mi cuerpo. Que es mío. Y hago con él lo que me sale del centro de gravedad, que también es mío.

Si yo enseño mis tetas en público eso no te da derecho a tocarlas, si yo me doy tres besos contigo en una discoteca no estoy obligada a irme contigo a la cama. Y si me voy contigo a la cama, no estoy obligada a hacer nada que no quiera hacer. Del mismo modo que no estás obligado tú. 
A ver si van quedando claros un par de conceptos.

Yo me pongo minifalda porque me da la gana, porque hace calor, porque tengo las piernas bonitas o porque era lo único que tenía planchado esa mañana, lo que sea. Pero eso no significa que tú tengas que importunarme cuando paso por la calle describiéndome todas las cosas que me harías. Si te parece que estoy buena haz como hago yo cuando veo un tío bueno (que te aseguro que los veo): fantasea. Fantasea todo lo que quieras, a eso tienes derecho. Eso pasa dentro de tu mente y ahí mandas tú. Pero, en serio, no necesito que lo compartas conmigo. NO QUIERO que lo compartas conmigo.

Piensas que tienes derecho, que yo te he dado ese derecho divino porque voy provocando (vamos a ver ahora dónde ponemos la raya de la provocación, que ésa es otra) y de eso al burka no hay un trecho tan largo, te diré.

Pero ese derecho no te lo da mi vestimenta, o la ausencia de ella, sino que eres hombre, y yo mujer. Y tú tomas lo que quieres y yo a callar y a complacer. Tal es mi misión. 

Tanto a ti como a mí nos lo han ido grabando a fuego en la mente desde pequeños. Con métodos a veces sutiles y a veces burdos, pero el mensaje siempre es el mismo: tú tienes todo el derecho y yo ninguno.

Porque esos subnormales profundos que tocan las tetas a una chica que se ha quitado la camiseta, o que dicen guarradas a una que lleva minifalda, ¿qué hacen cuando ven el lujoso coche de su jefe? ¿Se lo roban? Ya puestos podrían hacerlo, podríamos hacerlo todos, cada vez que veamos algo que nos guste nos lo llevamos y si no que su propietario no lo muestre. Porque si lo muestra es que va provocando, y si va provocando merece que se lo quiten.

Pero yo creo que no, que sólo funciona con las tetas. Porque el fin no es tocar una teta, no señor. El fin es que el mensaje siga vigente y no se pierda, que se transmita de generación en generación.

Y el mensaje siempre es el mismo, tú eres hombre y yo soy mujer. Tú tienes todo el derecho y yo ninguno.

jueves, 25 de abril de 2013

Mi lista de sentimientos. Capítulo 1: Deseo


Lo primero que habría que plantear es lo siguiente ¿es el deseo un sentimiento o es una sensación?
Tendremos que hacer la aclaración de que la sensación pertenece a los sentidos, a lo físico, y el sentimiento pertenece a la mente, a lo emocional. Hay cosas que están muy claras: la sed es una sensación y el odio es un sentimiento, por ejemplo. Pero, ¿el deseo? ¿dónde se siente el deseo? Sinceramente, no lo sé. Ya expliqué que mi principal motivo para confeccionar esta lista es precisamente ése: que no sé, no sabemos, nada de sentimientos. No se nos ha enseñado a observarlos, a escucharlos, a saber identificarlos. Y muchísimo menos algo como el deseo. Y muchísimo menos a las mujeres. 
Muy al contrario, se nos ha enseñado a obviarlo, a camuflarlo y a darle otros nombres. Así decimos cosas como: "Sé que había quedado contigo antes que con Pepe pero es que le quiero (aunque lo acabo de conocer)", "necesito unos zapatos nuevos" o "no pude evitar engañarte con mi compañera de trabajo, me enamoré". Todo mentiras. Disfraces. Eufemismos. En los tres casos no es otra cosa que deseo. El deseo nos vuelve locos, es una pulsión tan fuerte que no nos deja discernir. Somos capaces de poner a una persona que acabamos de conocer por encima de amigos fieles que llevan años demostrándonos que son de fiar. Somos capaces de gastar un dinero que no tenemos a sabiendas de que nos traerá problemas, somos capaces de destruir cosas importantes para nosotros sólo por satisfacer ese deseo.
Quizá es por esa fuerza incontrolable, por lo poderoso que es, por lo que nos han enseñado a disfrazarlo de sentimientos más "nobles".
El deseo es profundamente egoísta, sólo está interesado en sí mismo, en retroalimentarse y satisfacerse, pocas veces se para a pensar en los costes.
Hagamos la prueba de llamar a las cosas por su nombre y veremos la cruda realidad:

-"Sé que había quedado contigo antes que con Pepe, pero es que le deseo"
-"Deseo unos zapatos nuevos"
-"Claro que pude no haberte engañado con mi compañera de trabajo, pero el deseo me cegó"

La cosa cambia mucho, estas tres personas nos parecen reprobables, débiles y primarias. No nos merecen la menor indulgencia. Esta es la razón de que disfracemos el deseo y lo vistamos con nobles ropajes.
Pero, me pregunto yo ahora, ¿por qué? ¿Por qué va a ser el deseo menos noble?
No deja de ser un sentimiento que, como todos los demás, tiene su lado brillante y su lado oscuro y que, como todos los demás, puede ser beneficioso o dañino según cómo se use y canalice.
Confieso que yo estoy, siempre he estado, fascinada por el deseo. De un tiempo a esta parte procuro observar mis sentimientos como si fueran de otro. No dialogo, no pido explicaciones, no intento controlarlos. Sólo les dejo hacer y observo.
El deseo es absolutamente necesario, sin él no se puede hacer nada que merezca la pena, sin él no se puede alcanzar la excelencia ni la genialidad en nada. Puedes aplicar una técnica perfecta en la ejecución, pero si no sientes deseo no conmoverás a nadie con el resultado.
Me he dado cuenta de que el deseo se esconde en los pequeños detalles, es inútil buscarlo (como erróneamente solemos hacer) en grandes artificios. El deseo viene cuando él quiere venir, y viene de la mano de las cosas más inesperadas: un lunar estratégicamente colocado, una naricilla que se arruga al sonreír, una mirada de sorpresa, un roce inintencionado...
El otro día me quedé cautivada por una clavícula en el metro, estaba sentada frente a mí, asomándose provocadora por un cuello de camisa entreabierto y durante cuatro paradas me dejé consumir por el deseo. No pensé en nada más, no pensé por qué la deseaba, ni que pensaría su propietario ante mi persistente mirada, no pensé en si estaba bien o mal, sólo me dejé envolver por ese deseo y realmente fue una experiencia deliciosamente perturbadora.
Y es que el deseo es placentero en sí mismo, lo satisfagamos o no, eso es lo de menos. Hay que sentirlo, hay que dejarlo fluir.
Es cierto que a veces nos ciega y nos puede llevar a cometer locuras, que puede ser dañino para nosotros. Pero no hay que temerle, no hay que tener miedo a desear.
Porque nunca es tan dañino como cuando lo bloqueamos, lo suprimimos.
Porque eso, creedme, es la muerte.


jueves, 18 de abril de 2013

Sentimientos

Un día mi linda Rosalinda me lanzó, sin proponérselo, un interesante reto: hacer una lista de sentimientos. Me contó que había estado reflexionando y se había dado cuenta de que en el colegio nos han enseñado muchas cosas, muchas listas de cosas. Nos han enseñado fechas históricas, conjugaciones, tablas de multiplicar, elementos químicos con su valencia, nos han enseñado los phrasal verbs, los reinos con sus órdenes y familias, las capas de la Tierra. Nos han enseñado, incluso, los diez mandamientos, los de la Santa Madre Iglesia, los sacramentos y los siete pecados capitales. Pero hay una cosa que nunca nos han enseñado: los sentimientos. Nunca nos han hablado de los sentimientos, ni nos los han definido, ni nos han animado a pensar en ellos, ni muchísimo menos nos han ayudado a expresarlos. No es de extrañar, por lo tanto, que de adultos nos encontremos con tantos problemas que hubieran podido evitarse si se hubiesen molestado un poquito más en reforzar nuestra inteligencia emocional.
Lejos de esto, se refuerzan los malos sentimientos. Al egoísta sin un ápice de empatía se le considera "maduro", mientras que la persona con sensibilidad es "histérica e infantil". Se confunde la frialdad de corazón con la templanza. El bondadoso es tonto, el deshonesto es "listo y hábil". La persona con sentido del humor, que se esfuerza en crear un clima de alegría es poco seria y responsable, mientras que los amargados, petulantes, que todo lo critican, son serios, responsables y eficientes.
El único sentimiento que quieren que tengamos es miedo. Nos quieren permanentemente atemorizados, creyendo, erróneamente, que así rendiremos más.
Hoy voy a coger el guante que me lanzó mi Rosalinda y voy a inaugurar una lista de sentimientos. Los iré publicando cuando me vayan saliendo, cuando  y como los vaya sintiendo o me sientan ellos a mí, que aún no tengo muy claro cómo es la cosa.

martes, 18 de septiembre de 2012

El amigo guapo

Con las cosas de la política, me he acordado de una historia muy graciosa y absolutamente verídica que conocí yo en mis años hosteleros. Había dos amigos, uno era alto, guapo, morenazo y tal. El otro era bajo, gordo, estrábico y tartamudo. Los dos eran plenamente conscientes de las circunstancias, así que cuando salían por ahí y divisaban hembra apetecible era siempre el guapo el que cogía el pico y la pala y allá que se iba. Un noventa y nueve por ciento de las veces la operación era exitosa y hembra apetecible acababa en casa de amigo guapo... pero no estaban solos. Amigo gordo, como una sombra imperceptible, había estado todo el tiempo con ellos, pero hembra apetecible, obnubilada por los hercúleos pectorales y la ebúrnea sonrisa de amigo guapo, no se percataba de la otra presencia hasta que era demasiado tarde.
Corría el alcohol, amigo guapo bebía, hembra apetecible bebía, entraban en un absoluto estado de embriaguez, amigo guapo se dormía en el sofá, hembra apetecible se quedaba a medias.... y entonces era el momento de amigo gordo, quien, aprovechándose de la peligrosa mezcla de alcohol e insatisfacción sexual que tanto bien ha hecho por la vida amorosa de las personas feas, sustituía al bello durmiente.
Habría casos, me imagino, en los que hembra apetecible no cayese en la trampa y saliese huyendo indignada y espantada, pero entre las que iban y las que venían, amigo gordo metía.
Parece que los madrileños debemos de ser para los políticos del PP una hembra bastante apetecible, y además tienen muchos amigos gordos que colocar, porque ya es la segunda vez que nos la cuelan en poco tiempo. 
Se presentan a las elecciones con un cabeza de lista con tirón popular y posibilidades de ganar, ganan y, al poco tiempo se marchan dejándonos el zurullo de coña (lo malo es que ellos no trabajan ese arrrtículo), en forma de cornuda esposa de ex presidente vigoréxico o de ladilla pijoide implicada en la trama Gürtel.
Y nosotros, borrachos y jodidos, nos lo tenemos que comer, sin más.
Un momento... ¿nos lo tenemos que comer? ¿de verdad? Creo que ahora nos toca decidir qué clase de hembra apetecible queremos ser: la que se resigna al "date por follada" o la que pone al guapo y al amigo del guapo donde los tiene que poner y se va con un guapo de verdad, sin amigo gordo y que no se duerme borracho en el sofá.
Porque, oye, os juro que también existen.


jueves, 6 de septiembre de 2012

Olvido y Volante

Hoy no puedo dejar de pensar en dos seres vivos a los que he conocido por diferentes motivos. Uno de ellos es una hembra humana, rubia, joven y guapa, que se ha masturbado y, no acaba ahí la infamia, lo ha grabado para su marido. El otro es un macho bovino, negro, joven y  guapo, al que dentro de cinco días torturarán hasta la muerte para divertir a un grupo de psicópatas descerebrados.
Ella se llama Olvido y él Volante. De Olvido habla todo el mundo, de Volante sólo hablamos unos pocos, los que no comprendemos por qué tiene que morir, más aun, morir sufriendo.
Olvido tiene que dimitir, no se puede consentir lo que ha hecho. Masturbarse es absolutamente dañino para la humanidad, la incapacita para ejercer su cargo de concejala competente y honradamente y, además, hay que ser muy tía cerda para toquetearse las partes pudendas y, encima, grabarlo. Y para dárselo a su marido, nada menos. Hace falta ser guarra, y él un cabrón consentido de haberse casado con semejante golfa.
Es inadmisible, como digo, esa tipa no puede seguir en un cargo público ni un minuto más, de hecho, debería ser lapidada en plaza pública, es más, deberían hacerlo los valientes machotes que dentro de cinco días torturarán a Volante. Que lo hagan como ellos saben, como hicieron hace un año con Afligido, que la persigan durante más de una hora por el campo, acosándola, sin que ella entienda qué coño está pasando. Que la empiecen a pinchar con lanzas, que la apuñalen con un destonillador. Como ella no tiene rabo (a Afligido se lo cortaron estando aún vivo) que le corten alguna otra parte. Que agonice durante veintisiete minutos (¿imagináis lo largos que pueden ser veintisiete minutos?) porque sí, porque a cuatro paletos se les pone en los cojones y nadie lo impide.
Me encanta este país. Es un país como Dios manda.
Aquí uno puede torturar, ser un puto sádico, robar el dinero del contribuyente, joderle la vida a millones de personas, pero, por el amor de Dios, que no se masturbe. Eso no se puede tolerar.
Olvido, jódete y dimite, tú que eres la víctima a la que han robado su intimidad, eres quien debe pagar por ello.
Jódete, Olvido, sobre todo por ser rubia, por estar buena, por tener un marido con el que seguro que te encanta follar, al que te gusta poner cachondo (como nos gusta a todos cuando tenemos una pareja follable), por masturbarte y por ser feliz.
Y tú, Volante, jódete también. Por ser un animal y no tener derecho a nada y por haber nacido en un país donde es más aceptable descargar la frustración torturando que follando.
Este el país donde he nacido, donde me he criado y donde vivo.
Y después me piden que sea patriota...



jueves, 13 de octubre de 2011

Escribir

Escribir es transgredir, es experimentar, es liberarse. Escribir es sangrar, vomitar, vaciar la vejiga. Es respirar, es ahogarse, es morir y es resucitar. Escribir es vivir. No puedo concebir vivir sin escribir.
"Detrás de una mentira comprensible se esconde una verdad incomprensible". Regreso de manera recurrente a este pensamiento de Kundera. Esta frase, este pensamiento, es la base de la obra de Sabina, uno de los personajes de "La insoportable levedad del ser". Sabina es inquietantemente parecida a mí, o yo a ella, por eso me gusta y me disgusta a la vez. Ella es pintora, un día, por accidente (todas las cosas importantes ocurren por accidente), se le derrama un bote de pintura sobre un cuadro. Ella, lejos de disgustarse, empieza a jugar con la mancha y a transformarla. El resultado es una grieta que rompe la escena frontal y a través de la que se atisba la verdad. Empieza así una serie de cuadros en los que gira en torno de esa idea: la estampa idílica tras la que se esconde la verdad, raramente pura y nunca simple, como bien dijo Oscar Wilde.
Para mí escribir también es eso: buscar el pequeño roto en el lienzo. La fisura a la cual aplicar el ojo y escudriñar lo que hay al otro lado. Mis historias surgen de detalles sin importancia, un comentario banal, una nariz respingona, un palmetazo en la frente de alguien que acaba de recordar algo que olvidó. Así empiezo a jugar con las fisuras y me dejo llevar, experimento, husmeo con curiosidad malsana para ver a dónde llega todo aquello.
Eso es para mí escribir, y no puedo vivir sin ello. Quien me ame amará lo que yo escribo. Porque es parte de mí, es como el hijo que hice echando un polvo y parí con dolor. Y quien no pueda entenderlo quizá no deba formar parte de mi vida.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Pensar

Hoy me ha dado por pensar en todas las esquinas de todas las ciudades y en que todas guardan alegrías y tristezas. Me ha dado por pensar que en este preciso instante, en que yo escribo esto, hay personas en el mundo que están muriendo, otras naciendo, que hoy ha sido el día más feliz y el día más triste.
Hoy me ha dado por pensar en esta broma absurda que es la vida, aquí nos dejan, desnudos, mudos, entre desconocidos y debemos construirlo todo desde el principio sólo para perderlo.
Me ha dado por pensar en los orgasmos y en los dolores, en qué cerca están los unos de los otros. He pensado en el miedo, y en el deseo, y en el hastío y en el rechazo.
Y la única conclusión que me ha servido es que todo se reduce a una primaria y arcaica sensualidad: sentir el sol en la piel, el murmullo del agua, el beso de un hijo en la mejilla, la dulce sensación en la vejiga tras vaciarse.
Y me ha dado por pensar y he pensado que la única forma de estar en paz es no pensar.

lunes, 23 de mayo de 2011

Reflexión post electoral

El problema es este:

Votantes de izquierda hay de dos tipos:



1. Los que se indignan con las desigualdades porque quieren un mundo más justo. RARA AVIS



2. Los que se indignan con las desigualdades porque les ha tocado la peor parte. MEZQUINOS PERO, AL MENOS, INTELIGENTES



Votantes de derechas hay dos tipos también:



1. Los que prefieren que continúen las desigualdades porque les ha tocado la mejor parte. MEZQUINOS PERO, AL MENOS, INTELIGENTES



2. Los que, a pesar de llevar la peor parte, prefieren que continúen las desigualdades porque tienen la (ingenua) esperanza de poder acceder a la mejor parte. MEZQUINOS Y ENCIMA TONTOS DE LOS COJONES







Conclusión: porcentaje de seres humanos que realmente merecen la pena 0,000001%



Conclusión de la conclusión: El meteorito ya, por favor



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viernes, 21 de enero de 2011

Pacto de ficción

Al leer un libro o ver una película u obra teatral, para que se produzca la comunicación entre el escritor y el lector (o el director y el espectador, que lo mismo da) hay una condición indispensable: que el lector/espectador (es decir, el receptor) acepte tácitamente que se va a "creer" lo que el escritor/director (o sea, el emisor) le va a contar. Entrecomillo el verbo creer porque tiene un matiz: esta credulidad es temporal, y sólo tiene vigencia mientras dura la trasmisión del mensaje. En Teoría de la Literatura este acuerdo tácito recibe el nombre de pacto de ficción, y constituye, por así decirlo, un contrato por obra y servicio entre emisor y receptor.

Explicado con un ejemplo práctico (los que me siguen ya saben cómo gozo yo con los ejemplos prácticos), pacto de ficción es lo que hacen los niños al jugar cuando pronuncian la antológica frase: "¿Vale que yo soy Spiderman y tú Venom (que cada uno ponga los nombres que prefiera) y peleamos?". Si uno de los niños no lo acepta les fastidia el juego a los demás. De hecho todos hemos sufrido a estos niños de nula imaginación, niños pejigueros que le sacan punta a todo y que nunca te dejan jugar a gusto. Entre los adultos no falta tampoco el que fastidia la diversión por no aceptar el pacto. La Hija de la luuunaaaa y yo juramos que nunca volveríamos a ir con Eufrasio a ver una película de miedo. Eufrasio no acepta el pacto de ficción y se pasa toda la sesión muriéndose de risa y, claro, no te deja pasar miedo a gusto, que es para lo que has ido al cine. Cuando se lo recriminamos siempre nos sale con lo mismo: "Es que eso es una tontería, vamos a ver ¿quién va a ser tan tonto para ir él solo a mirar en una cueva oscura?" Yo es que no lo puedo soportar, y eso que Eufrasio es filólogo y ha venido conmigo a las clases de Teoría de la Literatura, pero nada, no acepta el pacto de ficción.

Ya que la vida imita a la literatura, como todo el mundo sabe, también para vivirla es indispensable aceptar todos los días pactos de ficción. Si no lo hacemos hay dos desastrosas posibilidades: mirar cara a cara a la realidad desnuda y, como consecuencia, suicidarse o, lo que es mucho peor, caer en el autoengaño permanente (el triunfo de las religiones es prueba de ello)

Necesitamos los pactos de ficción constantemente y en todos los ámbitos de la vida. Nos contamos mentiras los unos a los otros sabiendo que el otro sabe que es mentira. Nos creemos esas mentiras sabiendo que el otro sabe que no nos las creemos. El hecho de levantarse cada mañana y salir al mundo requiere hacer un pacto de ficción con la propia realidad: "Me voy a creer que de verdad estoy aquí, que importa algo lo que yo haga"
El amor romántico sólo es posible aceptando el pacto de ficción, no se trata de engañar, se trata de "creernos" ciertas cosas mientras dura. Aceptamos lo que nuestro drogado cerebro nos dice: que el otro es único y maravilloso, que nunca dejaremos de sentir lo que estamos sintiendo, que a nosotros no nos pasará lo que a las demás parejas, que hacer el amor siempre será así de emocionante... Sabemos que no ocurrirá, pero, aun así, nos lo creemos.
Hay un momento terrible: el momento de meterse en la cama por las noches. Es terrible porque en ese momento todos los pactos de ficción aceptados durante el día caducan y nos encontramos cara a cara con la realidad desnuda. Esta es la razón por la que tanta gente, especialmente a medida que avanza la vida, necesita argucias para resistirlo (tomar pastillas, leer, ver la tele hasta quedarse dormido, escuchar la radio, masturbarse, o todas a la vez).
Últimamente he dado con alguien que no ha querido, o no ha podido, quizá ni siquiera lo ha entendido, aceptar el pacto de ficción. Al final no ha podido ser.
Realmente los dos queríamos lo mismo, pero, mientras yo intentaba establecer un pacto de ficción, él insistía en mostrarme la realidad desnuda. Me estropeaba nuestro pseudo romance igual que Eufrasio me estropea las películas de miedo.
No pudo ser.

martes, 28 de diciembre de 2010

Amores de película

La culpa de todo la tienen las películas. Como os lo digo. ¿La culpa de qué? De todo, ya os lo he dicho. De nuestra desastrosa vida sentimental. Y es que claro, crecimos viendo esas historias de amor en las películas, nos creímos que las cosas eran como nos las pintaban y luego nos llevamos el varapalo al ver la cruda realidad. Y cuidadito que éste no es un post anti-hombre, que conste, que el chasco nos lo llevamos todos por igual, vamos a ser justos. Las personas humanas semos asín, entramos metiendo tripa y cuando pensamos que ya tenemos la rata metida en la lata nos quitamos el corsé...
Analicemos algunos de esos momentos estelares de amores de película y cómo habrían sido en el mundo real.

Top Gun, gran película de nuestros años mozos. Hubo un tiempo en el que Tom Cruisse era un tío guay y no un enajenado comeplacentas. De hecho tendría que dedicarle un blog entero a él solito. Meg Ryan, otra que tal canta, le grita a su chico desde la otra esquina del bar "Eh potro mío llévame a la cama o piérdeme para siempre", y entonces él se enamora aun más de ella y le echa el polvazo de su vida. Vamos a ver, si tú le gritas eso a un tío delante de sus amigos puede que te dé lo tuyo y lo de tu prima, eso no lo niego, pero nunca te considerará nada más que una golfa que llevarse al catre de vez en cuando, y desde luego nunca te presentará a nadie que le importe mínimamente.

Oficial y caballero, otro momentazo, después de estar toda la película usándola para descargar la huevera, Richard Gere (gran hortera y mejor persona) se presenta en el curro de Debra Winger y se la lleva de allí en brazos mientras la compañera más puta y mala de toda la fábrica (la cual se ha quedado sola por mala remala) le grita aplaudiendo "¡te lo mereceeees!". Vamos a ver, que esto tiene enjundia. Alguien que te ha estado usando para meter no va a cambiar de opinión y se va a casar contigo, si no ha querido nada serio al principio ¿por qué va a quererlo después de tres meses de sexo gratis y sin complicaciones?. Y aun en el caso remoto de que se enamorase de ti lo que JAMÁS ocurrirá será que se presente en tu curro y te saque en brazos. Lo que en realidad sucedería sería esto: después de divertirse en la cama contigo va y se casa con una mosquita muerta que sólo le deja hacerle el amor cada dos semanas y después de suplicarlo mucho, encima te echan del curro y le renuevan el contrato a la puta mala (que además es una inepta) y se ríe de ti mientras tú te piras, por tu propio pie, por supuesto.


Y ¿qué decir de Dirty Dancing? ¿De verdad algún hombre se presenta ante tus padres y, cogiéndote de la mano, dice aquello de "No permitiré que nadie te arrincone"? Y luego además se pega un pedazo de baile contigo, que, dicho sea de paso, has aprendido a bailar de puta madre en cuatro ratos y a escondidas.

Otra cosa que pasa en las películas y que yo todavía no he visto en el mundo real es que cuando la gente sufre un desengaño amoroso siempre conoce a alguien mejor inmediatamente. Es así. El novio te deja y se pira con tu abuela, tú, llorosa y desesperada te diriges a tu curro donde, casualmente, hay un nuevo compañero. Y ese compañero no es un compañero cualquiera, no, es un super bombonazo que, además de estar para plancharle las camisas y tener tres doctorados, te fornica encima de la fotocopiadora (ay la fornicación, qué perrilla, por aquí asoma) tan magistralmente que te deja dos semanas con los ojos en blanco. A las dos semanas (cuando tus ojos han vuelto a su posición normal) te pide matrimonio rodilla en tierra y con un anillo de Tiffany's. Pero no acaba ahí la cosa, no. El día de tu boda, mientras tú desfilas hacia el altar enfundada en un Rosa Clará y absolutamente maravillosa aparece tu ex, arrastrándose sobre los muñones y con el cuerpo cubierto de pústulas, suplicando que vuelvas con él mientras se arranca los pocos pelos que le quedan (se los arranca con los pies, por supuesto, porque ya hemos dicho que tiene muñones).
En la vida real cuando te dejan, con suerte, aparecen los colegas de toda la vida y te sacan de marcha. Tú les amargas la noche hablando sin parar de tu ex, no sólo a ellos sino al camarero, a la del ropero, y a todo el que se te acerca. Al final acabas más pedo que Alfredo masturbándote por enésima vez en su honor (en el de tu ex, no en el de Alfredo). Y todo esto en el mejor de los casos y si tus amigos han sido buenos amigos y te han confiscado el teléfono móvil, claro, porque si no enviarás un desesperado mensaje del tipo "Vuelve, vuelve, vuelve, que me voy a morir". Mensaje que él/ella verá al día siguiente, huelga decir, porque a esas horas está trinchándose a alguien más prieto que tú.

Pero la que más engaña de todas, la peli más puta y traicionera, sin duda, es Titanic. Leonardo di Caprio le salva la vida a Kate, se la lleva de fiesta, le echa un polvo místico-cósmico y luego, para rematar la faena, tiene la delicadeza de ahogarse antes de convertirse en un novio pesado, gordo, calvo y que eructa viendo el fútbol. No me jodas, por favor, ese detalle no lo tiene nadie.

Ya lo decía mi abuela: "Hija, el amor siempre acaba mal: o te deja o se casa contigo"

sábado, 11 de diciembre de 2010

Las pestañas postizas, el caníbal y mi ansiedad

Últimamente he estado recordando el documental sobre aquel alemán que se comió a un ingeniero. Con mi tendencia a hacer bromas sobre las cosas que me asustan yo suelo decir jocosamente: "Qué tío, es mi ídolo, se comió a un ingeniero, dedicaré mi vida a emularle". No deja de tener su gracia si lo piensas. Además, que yo me he encontrado ingenieros bastante comestibles.... pero no nos dispersemos
El caso es que desde que tuve conocimiento de este hecho, hace ya algunos años, me he sentido muy impresionada por él. No tanto por el comedor, sino por el comido. Porque, y lo digo por si queda alguien que no conozca la historia, no fue el caníbal quien buscaba una víctima sino la víctima quien buscaba un caníbal que estuviese dispuesto a comérselo vivo. Era eso lo más aterrador: ¿qué puede hacer que una persona quiera ser comida viva?


Lo admito, durante un tiempo no podía dejar de pensar en ello. Sé que el masoquismo es tan viejo como el hombre, que hay muchos casos, pero que tu fantasía gire en torno de tu propio martirio me parece espeluznante, esa es la verdad.


Según el documental, este hombre (el comido) había soportado una infancia durísima: su madre, víctima de una grave depresión, se había suicidado cuando el contaba siete años. Su padre le ignoró a partir de entonces, provocando así que el pequeño desarrollase la idea de que la muerte de su madre había sido culpa suya. Esta idea le llevó al convencimiento de que no merecía ningún amor, es más, de que merecía el peor de los castigos. En su pequeño cerebro de siete años había germinado la firme creencia de que su madre había perdido la vida por él y, por tanto, la única forma de compensar tamaño crimen era ofrecer su propia vida.

La cosa, sin embargo, no acababa ahí. No bastaba con ofrecer su propia vida (en ese caso se hubiera suicidado, sin más). Su muerte debía ser su gran obra, el momento más importante y trascendente de su vida. No podía ser algo rápido y sencillo. Quería que ese momento durase, quería experimentarlo al máximo. Para él, quitarle la vida con martirio era un acto de amor, y sólo el hombre que lo amase verdaderamente sería capaz de hacerlo.
Un recuerdo muy marcado que tengo de mi infancia es el de las pestañas postizas de mi madre. Mi madre era bailarina y, antes de irse a actuar, se maquillaba y peinaba para escena y se metía conmigo en la cama para dormirme. Yo sabía que algo no encajaba y, mientras le tiraba a mi madre de las pestañas con mis pequeños deditos, le preguntaba: "¿Por qué te pones pestañas postizas para dormir?" , y ella me contestaba: "Porque me gusta dormir guapa". Yo no me lo creía, claro, porque era pequeña, no idiota (como solemos pensar que son los niños cuando no hay nada más lejos de la realidad) y le decía: "Es mentira, te vas a ir". Yo sabía que cuando me durmiese ella se iría y eso me traumatizó de tal manera que toda mi vida he tenido problemas para conciliar el sueño, además de un miedo enfermizo al abandono.
Esto lo escribo aquí porque sé que mi madre nunca lo leerá, no quisiera que se sintiese mal porque no hizo nada malo. Al contrario. Ella se iba a trabajar y sólo quería dejarme dormida para que no notase su ausencia.
Tampoco el padre del ingeniero alemán hizo nada malo. Seguramente él mismo se sentía culpable por el suicidio de su esposa y se replegó en sí mismo, incapaz de prestar atención a su pequeño hijo.
El problema no es lo que las cosas realmente son, sino cómo las percibimos. El problema no era que mi madre me abandonase (algo que nunca hizo ni tuvo intención de hacer), el problema era que yo así lo creía.
Recientemente he visto Origen, de Christopher Nolan. Además de parecerme una obra maestra cinematográficamente hablando, me ha impactado el mensaje de la película, que es totalmente ilustrativo de lo que estoy intentando decir: Una idea debidamente implantada en el cerebro de un hombre es el virus más letal que existe.
Mi miedo al abandono, mi ansiedad ante el miedo a ser abandonada, está implantado en mi cerebro desde que tengo tres años. Todas las pruebas racionales del mundo no conseguirán eliminarlo de ahí. Encuentro esa ansiedad ante el abandono de personas que no me interesan lo más mínimo. Personas que me son indiferentes. Personas que si me pidieran estar conmigo yo rechazaría. Pero la sola sospecha de que si me duermo me abandonarán hace que la ansiedad se apodere de mí. No son ellas las que me están abandonando, siempre es mi madre.
Cada sonrisa, cada beso, cada flirteo no son más que eso para mi cerebro racional.
Pero mi primitivo cerebro reptiliano no deja de preguntar "¿Por qué te pones pestañas postizas para dormir?"

viernes, 3 de diciembre de 2010

Olvido

Hay una película de Jim Carrey (no es una comedia) cuyo título original es "Eternal sunshine of the spotless mind" ("Eterno resplandor de una mente sin recuerdos"). En España la titularon "Olvídate de mí", y en Alemania"Vergisse mich nicht" ("No te olvides de mí"). Esta diferencia es mucho más significativa de lo que pueda parecer a priori. Pero esa es otra historia.

En esta película (atención atención, aviso a navegantes, quien no la haya visto y la quiera ver que deje de leer) existe una clínica donde te borran de la mente el recuerdo que tú elijas. Desde que la vi estoy ahorrando para cuando abran una aquí en Madrid.

Yo siempre he soñado con la amputación de los recuerdos.

Esta buena memoria que Dios/la naturaleza/la genética me ha dado estaba muy bien en el cole para aprobar exámenes de un día para otro, pero para vivir es una puta mierda (para qué nos vamos a andar con eufemismos). Especialmente si está combinada con una nostalgia enfermiza, como es mi caso.

Borrar el disco duro, como si fueras un ordenador, sería maravilloso. Y empezar de nuevo. Sería como un suicidio con billete de vuelta. El sueño de mi vida.

Podrán argumentar en mi contra, y es una buena argumentación, que al borrar el disco duro se borran también los buenos recuerdos, pero cuando el balance es negativo creo que merece la pena. Si para conservar un buen recuerdo hay que soportar cincuenta malos el negocio no compensa. Como decía mi abuela "se perdona el bollo por el coscorrón".

Olvido... cuántas horas he invertido persiguiéndolo. Sin éxito, obviamente, porque nada fija mejor un recuerdo en nuestra memoria que el deseo de olvidarlo.

Y además, aun en el caso de que la mente llegue a olvidar, el cuerpo siempre recuerda.

sábado, 28 de agosto de 2010

El chico sensible

Llevo mucho tiempo queriendo escribir este post y ya no puedo posponerlo (o postponerlo, que diría un jocoso) más. Me lo debo a mí misma, se lo debo a las mujeres, se lo debo a todos los chicos sensibles que he tenido la perra suerte de encontrar... se lo debo a la humanidad, qué demonios... Cuando uno tiene una información privilegiada debe compartirla. Es de ley.
Quiero que este sea un gran post. La madre de todos los post. Un post a la altura de algunos de mis más antológicos posts... Y toda gran obra, eso no lo ignora nadie, debe comenzarse citando a un sabio. Citemos pues, al sabio entre los sabios, que no es otro, como ya imaginaréis, que el conocido y querido Prognato:
"Fíate del hombre que te dice que te quiere tocar las tetas, pues lo que quiere es tocártelas. El hombre que dice estar interesado en tu alma quiere tocártelas a ti... y a tu hermana"

Sí señores, así es. En estas sabias palabras se encierra toda la verdad sobre ese personaje aparentemente inofensivo, pero que debería darnos mucho, pero que mucho miedito: El chico sensible.
Tras leer este post está será tu reacción, ¡oh querida amiga!, ante la aparición de uno de ellos. Ya verás como no es para menos.
Espera, espera que te cuente e irás notando cómo se te ponen los pelos como escarpias de puro terror.

El chico sensible es la peor pesadilla a la que se puede enfrentar una mujer (incluso peor que ser examinada útero-vaginalmente por su suegro).
Las madres deberían asustar a sus hijas desde niñas, no con ogros o brujas, sino con el chico sensible. Aunque, ahora que lo pienso, tal vez fuera demasiado cruel.
El chico sensible es un cabrón con pintas que, por su físico mariconoide, no puede ser un macho alfa, que es lo que de verdad le gustaría a él. La gran pregunta es si el chico sensible nace o se hace. Y yo digo con rotundidad que nace. Un buen día, el chico sensible se mira al espejo y lo que éste le devuelve no es demasiado esperanzador. Debe ser sincero consigo mismo y aceptarlo: si no diseña cuidadosamente un plan de acción no se comerá ni el centro de un donut. Piensa rápido y enumera sus posibilidades: como ya hemos dicho no está bueno (pero tampoco es lo suficientemente feo como para desistir del todo), no es gracioso, no sabe tocar la guitarra.... y lo que él quiere no es llevar una vida sentimental normal, esto es, conocer gente, enamorarse, salir, dejar, que le dejen a uno.... en fin, lo que hacemos la mayoría. Él quiere ser como su amigo X (llamémosle Romualdo, por ejemplo), porque su amigo Romualdo es un macho alfa, que está que cruje de bueno y siempre simultanea tres o cuatro jacas de las de calidad. Eso sí, los Romualdos no engañan, que conste. Las tres o cuatro jacas tienen claro que no son la novia de Romualdo y, generalmente, también ellas están simultaneando tres o cuatro Romualdos.
Todo chico sensible tiene un Romualdo en su vida (de hecho lo suele conocer desde pequeño y representa un papel decisivo en su evolución) y experimenta hacia él una serie de sentimientos encontrados: admiración profunda, envidia cochina, desprecio y amor incondicional.
El chico sensible quiere ser como Romualdo, quiere las mismas cosas que lleva viendo conseguir sin esfuerzo a Romualdo desde pequeño. Quiere que todas las niñas de la clase estén por él y le hagan los deberes. Quiere que cuando van a una discoteca y conocen a un grupo de chicas todas intenten captar su atención, quiere que los tríos, y los polvos de baño de discoteca sean para él algo más que fantasías inalcanzables. Pero él nunca ha tenido ninguna de esas cosas y sabe que nunca le vendrán de forma natural, como le pasa a su amigo. No, él tiene que currárselo...
Es así como se convierte en el chico sensible, se da cuenta de que él no puede atacar como un león, debe ser como un virus, entrar poco a poco por la puerta de servicio e infectar a la presa para hacerse con ella. Descubre que tiene que leer, escuchar, poner ojitos de cordero degollado, aprender a mantener un silencio distante que revele un alma torturada.... vamos, que tiene que transformarse en el gilipollas de Crepúsculo.
Otra cosa en la que difieren el chico sensible y Romualdo es en que el chico sensible SÍ engaña. Cada jaca de categoría que está con el chico sensible está convencida de que éste la ama (además, la ama por su psique no por sus cuartos traseros) y de que ella es la única para él. Y es que el chico sensible no puede soportar la idea de que ninguna de las cuatro o cinco jacas que simultanea esté en igualdad de condiciones y tenga historias por ahí, de modo que les exige fidelidad haciéndoles creer que él les dará lo mismo.
Pero no seáis mal pensados, por favor, que os conozco. Seguro que opináis que este tío es un jeta y un salido, pero nada más lejos de la realidad. Lo suyo es amor, él ama, él está interesado en el alma de la mujer.... él es sensible ,coño, por eso siempre le hacen daño: por lo sensible que es. Es tan sensible que no puede evitar enamorarse y acostarse con toda mujer que conoce, pero es que se enamora y, claro, hace el amor con ella (porque el chico sensible siempre hace el amor, follar es de guarros sin sentimientos). Es tan sensible que en su despedida de soltero se lía con la stripper, pero, insisto, es que se enamora de ella, ¿eh?, no vayáis a creer que es un listo...
¡Ay, el chico sensible! Pobre... le han hecho tanto daño... Mira, otra cosa característica del chico sensible: sus ex son todas unas víboras que han pisoteado su sensible corazón. Claro, él abrió los flancos y así le pasó: abusaron de su bondad.
Estas son las cosas que te contará a ti cuando quiera envergarte, claro, la versión que te darían las ex (víctimas) de este individuo sería bien distinta.
Así que, queridas amigas, la próxima vez que veáis en un chico alguno de estos detalles:
- Recita poesías de Mario Benedetti.
- Dice cosas como "yo no follo, hago el amor" o le llama pene a la polla y dice "tu sexo" en vez de "tu coño".
-Llora con una película o escuchando un bolero.
-Te dice que tiene miedo a entregarse y sufrir.
-Asegura no haberse fijado en las megatetas de ese monumento que acaba de pasar.
Repito, si encontráis un personaje con alguna de estas características tomad el primer avión que salga con destino Wellington (Nueva Zelanda) sin mirar atrás.
Yo, por mi parte, ya sólo hablo con tíos que me digan cosas como "te voy a meter de todo menos miedo".
Porque sé que de esos sí que me puedo fiar.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Enviado desde mi BlackBerry


Mi nuevo jefe me ha dado una BlackBerry. No os dejéis impresionar tan fácilmente. que ese error ya lo cometí yo: la BlackBerry es una versión moderna y sofisticada de los clásicos grilletes de toda la vida. Pero también tiene sus ventajas, no lo negaré.

Gracias a mi BlackBerry he descubierto una nueva diversión: adivinar Blutuzes (quien quiera y haya estudiado en Cambridge puede corregirme y decir Bluetooth).

El juego es muy sencillo: uno se pone en un lugar público y concurrido, activa la conexión blutuz de su BlackBerry (quien quiera y haya estudiado en Cambridge puede corregirme y decir Bluetooth) y elige la opción de buscar otros dispositivos.

La mayoría de la gente no se ha molestado en cambiarle el nombre a su teléfono por lo que te encuentras con la marca y el modelo en la mayoría de los casos, pero, gracias al cielo, hay personas realmente creativas (nuevo eufemismo de hortera). Y ahí es donde empieza el juego, que consiste en adivinar cuál de las personas del entorno corresponde a cada dispositivo.

Yo me he encontrado cosas así y juro por lo más sagrado que esto es rigurosamente cierto:


Mr. Proper

Morenito_Guapo

Ono "matopeya"

Martis

Davi el ruso

Cuqui


Llega entonces el momento de echar el ojo en derredor (oh, sí, y yo que creía que me moriría sin poder usar este palabro en un post...) y ponerle jepeto a los apodos.

La putada es que uno nunca puede comprobar si ha acertado o no, al menos sin arriesgarse a llevarse una buena hostia... en el mejor de los casos. Pero el hartón de reír que te pegas es delicioso, os lo aseguro.


Enviado desde mi BlackBerry.