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sábado, 9 de julio de 2016

Un día cualquiera



Mientras se duchaba volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto saliera de la ducha.
Cuando salió de la ducha su hijo reclamaba no sé qué de unos calcetines y ella, mojada aún, tuvo que acudir en su ayuda, después se vistió a toda prisa y acompañó a su hijo al colegio.
En el metro, camino al trabajo, se acordó de que tenía que hacer la transferencia para pagar las extraescolares, de que su marido, una vez más, no había reparado la puerta del baño y de que no quedaban calabacines.
No se acordó de que a los veinticinco años llegaba a levantarse de la cama para consultar una duda en sus libros de gramática o para buscar cómo se escribía correctamente una palabra rusa en la que había pensado, de repente, antes de dormirse.
Se acordó de que no debía comer chocolate porque sus mulos estaban adquiriendo proporciones dantescas.
No se acordó de las noches en las que una buena novela la tenía en vela hasta que sonaba el despertador y de que leer un libro a la semana era insuficiente.
Se acordó de que su jefe le pediría aquello que tenía que haber hecho y de que no lo había hecho y de que no le importaba lo más mínimo no haberlo hecho.
No se acordó de que una vez había trabajado en algo que sí le importaba hacer.
Se acordó de que la semana siguiente tenía dentista.
No se acordó de que llevaba meses sin recibir un beso apasionado, sin escribir un relato apasionado, sin sentir una antipatía apasionada.
Se acordó de su madre. Se acordó de su abuela. Se acordó de su tía.
No se acordó de que había jurado con todas sus fuerzas no parecerse jamás a ellas.
Se acordó de tomarse los ansiolíticos.
No se acordó de por qué se los tomaba ni de cuando no se los tenía que tomar.
Al final del día, exhausta, se metió en la cama. En su mesilla de noche estaba el teléfono. No había libros.
Un segundo antes de dormirse  volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto se levantara a la mañana siguiente.
Mientras se duchaba volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto saliera de la ducha.
Cuando salió de la ducha su hijo reclamaba no sé qué de unos calcetines y ella, mojada aún, tuvo que acudir en su ayuda, después se vistió a toda prisa y acompañó a su hijo al colegio.
En el metro, camino al trabajo, se acordó de que tenía que hacer la transferencia para pagar las extraescolares, de que su marido, una vez más, no había reparado la puerta del baño y de que no quedaban calabacines.
No se acordó de que a los veinticinco años llegaba a levantarse de la cama para consultar una duda en sus libros de gramática o para buscar cómo se escribía correctamente una palabra rusa en la que había pensado, de repente, antes de dormirse.
Se acordó de que no debía comer chocolate porque sus mulos estaban adquiriendo proporciones dantescas.
No se acordó de las noches en las que una buena novela la tenía en vela hasta que sonaba el despertador y de que leer un libro a la semana era insuficiente.
Se acordó de que su jefe le pediría aquello que tenía que haber hecho y de que no lo había hecho y de que no le importaba lo más mínimo no haberlo hecho.
No se acordó de que una vez había trabajado en algo que sí le importaba hacer.
Se acordó de que la semana siguiente tenía dentista.
No se acordó de que llevaba meses sin recibir un beso apasionado, sin escribir un relato apasionado, sin sentir una antipatía apasionada.
Se acordó de su madre. Se acordó de su abuela. Se acordó de su tía.
No se acordó de que había jurado con todas sus fuerzas no parecerse jamás a ellas.
Se acordó de tomarse los ansiolíticos.
No se acordó de por qué se los tomaba ni de cuando no se los tenía que tomar.
Al final del día, exhausta, se metió en la cama. En su mesilla de noche estaba el teléfono. No había libros.
Un segundo antes de dormirse  volvió a acordarse de que no se había acordado, una vez más, de buscar el significado de la palabra “guayoyo”. La había leído en un cuento en el que el protagonista la leía en una novela y tampoco sabía lo que significaba. Se dijo que la buscaría en cuanto se levantara a la mañana siguiente.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Sin sentido

Yo, que ando contando historias desde que puedo recordar, escribí hace muchos años un cuento. Uno de tantos que he escrito y no he compartido con nadie. No sé dónde lo tengo, supongo que lo tiré. En aquella época se escribía a mano, en un papel, entre los apuntes de clase o donde fuera. Y luego las cosas se perdían.
Aquel cuento trataba de una jovencísima periodista que iba a hacerle una entrevista a un señor mayor al que se le había muerto el corazón. El hombre describía cómo, después de haberse roto y recompuesto muchas veces, el corazón había acabado por morirse y él ya no era capaz de sentir nada. Nada en absoluto. El corazón hacía su trabajo, latía y repartía la sangre nutriendo todos los órganos de su cuerpo, por esa razón él seguía vivo. Pero ya ni sentía ni padecía. La joven periodista (con la cual entonces yo me identificaba) no lograba entender cómo eso podía haber pasado, incluso una de las veces le decía a su entrevistado que eso se sentía muchas veces pero que el corazón siempre volvía a reponerse, a lo que el viejo le respondía que no, que había un momento en el que ya no había forma de volver a arrancar y que cuando a ella le sucediese, lo entendería.
La joven periodista ya lo ha entendido. En aquel cuento yo proyecté mi presente y mi futuro sin saberlo. En aquel momento era ella. Ahora ya soy él.
Y es que con los sentimientos ocurre como con la pornografía y los ansiolíticos: cada vez hace falta una dosis mayor para conseguir el mismo efecto, hasta que llega el día en que ya no hay efecto ninguno.
De pequeña memoricé aquel famoso poema de Machado "en el corazón tenía la espina de una pasión, logré arrancármela un día, ya no siento el corazón". Yo lo repetía como un loro, pero no lo entendía, ¿qué iba a entender mi joven y puro corazón de espinas y pasiones?.
Un día, de repente, lo entendí, como se entiende un chiste que no se ha cogido en el primero momento, el binomio de Newton o los porqués de una persona. Las cosas las entendemos no porque nos las expliquen, sino porque un buen día, súbitamente, se hace la luz.
Ahora que entiendo tantas cosas, ya no soy capaz de sentirlas. Supongo que por eso las entiendo. Porque la pasión ya no me nubla el entendimiento.
No soy capaz de sentirme ni bien ni mal por casi nada. Y si algo me parece bien o mal, me lo parece desde un raciocinio frío.
Hago las cosas como una autómata y las observo desde fuera.
Por eso sé que ahora voy a empezar a escribir realmente bien. 
Porque ahora ya soy, como Humbert Humbert, sólo un registrador muy consciente.


miércoles, 16 de octubre de 2013

Conclusiones tras casi perder a un hijo

Para los que no sepan nada empezaré diciendo que mi hijo está vivo y recuperándose. No os preocupéis.
Seguiré diciendo que he dudado mucho sobre si debía escribir o no esto, pero, al final, los que escribimos tenemos que escribir. No hay más remedio.
Hace cosa de un mes mi hijo cumplió 8 años y un par de días después, tras la comida, dijo que se encontraba mal y se metió en la cama. Tenía un poco de fiebre y se quejaba de dolor de cabeza. Cuando llegué de trabajar mi madre me preguntó si deberíamos llevarlo al médico, pero yo, como de costumbre, le dije que no exagerara y que los niños muchas veces se ponían malos. Por la noche el niño vomitó y yo lo tomé como una confirmación de que era algo sin importancia, algo que le había sentado mal.
A la mañana siguiente me levanté a las 6 para ir a trabajar y me acerqué a ver cómo estaba el niño. Me dijo que se encontraba mejor pero yo reparé en que tenía un extraño sarpullido por todo el cuerpo, y digo extraño porque había algo que no me encajaba, ya que eran manchas pero la piel no cambiaba su textura, era como si fueran profundas, como si estuvieran por debajo de la piel.
Sin embargo no le di mayor importancia y, tras asegurarle a mi madre que iríamos al médico a mi vuelta, me marché a trabajar.
Pero ese duendecillo que tenemos todos en el cerebro, el bibliotecario del inconsciente, como me gusta llamarlo, no me dejaba en paz. Algo me decía que el resultado de la suma "fiebre+manchas en la piel" era algo poco recomendable, pero no lograba concretar mis temores.
Al llegar a la oficina y encender el ordenador hice algo que los médicos odian que hagamos (y en el 99,9 % de los casos, con razón): busqué en Internet. Y me encontré esta página, que creo importante compartir:


Cuando leí lo que allí ponía, lo de la prueba del vaso, llamé a mi madre y la insté a que la realizara. Así lo hizo y me dijo lo que yo estaba temiendo: las manchas no desaparecían.
El pánico se apoderó de mí, me eché a llorar y les dije a mis padres que cogiesen al niño y lo llevasen inmediatamente al hospital (por suerte tenemos uno magnífico de la SS muy cerca).
Mi madre no dudó un instante, sabe lo poco aprensiva que soy y entendió al momento, a pesar de que yo no se lo dije, que debía de ser algo muy grave para que yo me pusiera así.
A los 15 minutos mi madre me llamó: el niño ya estaba ingresado y yo debía acudir cuanto antes.
Una compañera y amiga, a la que estaré siempre agradecida, me llevó hasta el hospital. Durante el trayecto intenté mantenerme serena pero no dejaba de llorar. Nunca en toda mi vida he llorado tanto como aquel día.
Cuando llegué una doctora nos metió a mí y a mi familia (mis padres y hermanos estaban allí) en un despacho, había muchas personas en él, todo su equipo, supongo. Una de las cosas que más me asustaron (mi hermano mayor me cuenta que también fue su impresión) fue el hecho de que nadie me sostenía la mirada, como si no pudiesen resistirlo. La doctora me dijo que el niño estaba muy grave, que había llegado casi sin tensión arterial y que con ese cuadro ellos se planteaban los objetivos a muy corto plazo, entonces me dijo unas palabras que no olvidaré jamás: "mi objetivo para hoy es mantener al niño".
No me atreví a preguntar si el niño se iba a morir, no podía asumir la respuesta, aunque, por alguna extraña razón, desde un primer momento dí por sentado que así sería. No podía dejar de llorar y de pensar "esto les pasa a personas que son como yo, ¿por qué no iba a pasarme a mí?" Al pensar en la muerte de mi hijo tuve la absoluta certeza de que mi vida acabaría con la de él, sé que hay personas que superan la muerte de un hijo, pero yo no soy ese tipo de persona. Supe que todo se desmoronaría en ese momento sin remedio.
Me dejaron entrar a ver a mi hijo. Estaba inconsciente y lleno de tubos, yo le tomé la mano y me quedé mirando aquellos 22 kilos que concentraban todo mi sentido en este mundo y sentí algo que nunca hubiera pensado que sentiría en un momento así: orfandad. Tuve ganas de decirle que no me dejara sola, que tenía miedo. "Qué ingenuos somos", me dije, "nos creemos que cuidamos de nuestros hijos cuando en realidad son ellos quienes cuidan de nosotros".
Así pasaron varias horas y todo tipo de sentimientos me invadieron: es curioso porque ni la pena ni la rabia estuvieron nunca entre ellos. Lo predominante fue una serena resignación, mezclada con una desagradable sensación de que yo me lo había buscado por haber sido tan estúpida durante tanto tiempo. Y es que toda mi vida he estado cometiendo el más terrible de los crímenes: ser infeliz sin motivo. En ese momento, frente a la vida de mi hijo que pendía de un hilo, lo entendí.
Poco a poco, el pequeño cuerpo de mi hijo fue ganando la batalla y me dijeron que habían conseguido estabilizarle. Según iban pasando las horas los médicos iban descartando daños. 
El niño ahora está bien y en casa. Pronto volverá al colegio.
Todo está volviendo a la normalidad y lo sucedido parece un mal sueño. El famoso Dr. House dijo una vez una gran frase: "Morir lo cambia todo, casi morir no cambia nada".
En su momento pensé que era cierto, pero ahora no me gustaría que fuese así. No me gustaría que la casi muerte de mi hijo no cambiara nada en nuestras vidas, pero parece que así va a ser.
Por suerte o por desgracia, el cerebro humano no escarmienta, parece ser, y, poco a poco, me encuentro a veces de mal humor por tonterías (cosa que me juré que no volvería a suceder) y sigo en la misma inercia que me impide hacer un cambio realmente positivo en mi vida que me saque de un lugar y una situación a los que, claramente, no pertenezco.
La única diferencia es que el bibliotecario de mi inconsciente no deja de decirme "¿Así es cómo aprovechas esta segunda oportunidad?"
Y yo, está demostrado, siempre acabo por hacerle caso.

lunes, 15 de julio de 2013

Mis tetas

Siento decepcionar a muchos, pero no voy a contar el famoso chiste (famoso y magistral, por supuesto) del perro mistetas.
Eso lo dejamos para otro día. 
Hoy voy a hablar de mis tetas, de mis dos glándulas mamarias, los senos, los melones, las peras... como lo quiera usted llamar. Y de mi culo y de mis piernas y de mis rodillas y de mis glándulas suprarrenales.
Mi cuerpo. Que es mío. Y hago con él lo que me sale del centro de gravedad, que también es mío.

Si yo enseño mis tetas en público eso no te da derecho a tocarlas, si yo me doy tres besos contigo en una discoteca no estoy obligada a irme contigo a la cama. Y si me voy contigo a la cama, no estoy obligada a hacer nada que no quiera hacer. Del mismo modo que no estás obligado tú. 
A ver si van quedando claros un par de conceptos.

Yo me pongo minifalda porque me da la gana, porque hace calor, porque tengo las piernas bonitas o porque era lo único que tenía planchado esa mañana, lo que sea. Pero eso no significa que tú tengas que importunarme cuando paso por la calle describiéndome todas las cosas que me harías. Si te parece que estoy buena haz como hago yo cuando veo un tío bueno (que te aseguro que los veo): fantasea. Fantasea todo lo que quieras, a eso tienes derecho. Eso pasa dentro de tu mente y ahí mandas tú. Pero, en serio, no necesito que lo compartas conmigo. NO QUIERO que lo compartas conmigo.

Piensas que tienes derecho, que yo te he dado ese derecho divino porque voy provocando (vamos a ver ahora dónde ponemos la raya de la provocación, que ésa es otra) y de eso al burka no hay un trecho tan largo, te diré.

Pero ese derecho no te lo da mi vestimenta, o la ausencia de ella, sino que eres hombre, y yo mujer. Y tú tomas lo que quieres y yo a callar y a complacer. Tal es mi misión. 

Tanto a ti como a mí nos lo han ido grabando a fuego en la mente desde pequeños. Con métodos a veces sutiles y a veces burdos, pero el mensaje siempre es el mismo: tú tienes todo el derecho y yo ninguno.

Porque esos subnormales profundos que tocan las tetas a una chica que se ha quitado la camiseta, o que dicen guarradas a una que lleva minifalda, ¿qué hacen cuando ven el lujoso coche de su jefe? ¿Se lo roban? Ya puestos podrían hacerlo, podríamos hacerlo todos, cada vez que veamos algo que nos guste nos lo llevamos y si no que su propietario no lo muestre. Porque si lo muestra es que va provocando, y si va provocando merece que se lo quiten.

Pero yo creo que no, que sólo funciona con las tetas. Porque el fin no es tocar una teta, no señor. El fin es que el mensaje siga vigente y no se pierda, que se transmita de generación en generación.

Y el mensaje siempre es el mismo, tú eres hombre y yo soy mujer. Tú tienes todo el derecho y yo ninguno.

lunes, 20 de agosto de 2012

Amputar

A veces no queda otro remedio que amputar. Si el miembro está gangrenado hay que amputar. De lo contrario el individuo morirá. 
Eso no quiere decir que sea una decisión fácil de tomar, ni que no duela perder el miembro amputado, ni que no se siga pensando en él y añorándolo, incluso sintiéndolo, durante mucho tiempo, a veces toda la vida. 
Sólo significa que si no se amputa uno morirá, y uno no quiere morir, no todavía, o no puede morir, porque tiene un hijo, por ejemplo, que criar. 
Y entonces tiene que amputar.
La decisión de amputar la toma siempre alguien ajeno, que no está involucrado, que no se deja llevar por las emociones tipo "pero es mi pierna, prefiero morir a vivir sin mi pierna". El individuo que debe sufrir la amputación se resiste, se niega, deben convencerlo, a veces, incluso, sujetarlo físicamente para poder llevar la operación a cabo. Él sabe que no tiene alternativa y aun así se resiste, mendiga, llora, implora por su pierna o por su brazo, no lo quiere perder. El cirujano debe ser inflexible, impasible. Debe amputar.
La reacción del paciente es impredecible: hay quien se deja morir antes que dejarse amputar, hay quien odia toda la vida a quien lo convenció, hay quien (los más) acaba agradeciendo que lo convencieran, hay quien se resigna a su suerte desde un primer momento...
Y hay un grupo muy reducido, una rara avis: los capaces de amputarse su propio miembro.
Yo soy de ese grupo. Cuando la pierna se infecta y no hay solución yo misma cojo el hacha y no me tiembla la mano. Y si no tengo hacha soy capaz, como los coyotes, de desgarrar la carne con mis propios dientes para escapar de la muerte segura.
Y eso no significa que no me muera de dolor, que no eche de menos mi miembro amputado cada segundo de cada minuto de cada hora de cada maldito día.
Eso no significa que por las noches, al quitarme la prótesis, no siga sintiendo que aún lo tengo, que en sueños me vea aún entera, completa, y me despierte llorando.
Significa sólo, como le dije a alguien no hace mucho, que, por mucho que pueda querer a alguien, jamás querré a nadie más que a mí misma.

jueves, 19 de julio de 2012

Mentira

No eres ni bueno ni malo, eres, como decía el chiste, mentira. Eres mentira desde que naciste, eres humo, no eres nada. Te has ido creando, te han ido creando, una bonita envoltura, la llevas tan incrustada que hasta tú piensas que es tu piel. Pero no. Yo, que te he visto de cerca, sé la verdad. Eres una mentira, desde que te levantas hasta que te acuestas. Con tu falsa sonrisa, con tu fingida contención. No llevas la contraria a nadie, tú eres conciliador, eres comprensivo, eres majo. Eres una manzana rojita, preciosa, brillante, apetecible, lustrosa.... y no, no voy a decir que esa manzana esconda un gusano, para eso debería ser real. Y resulta que es de atrezzo. Eres como esos carteles antiguos de cine, que se dibujaban para ser vistos de lejos, pero que de cerca eran deformes y grotescos. Eres como la música de ascensor. 
Yo, que disto mucho de ser perfecta, de ser buena, de ser feliz, tengo al menos la ventaja de ser real. Soy lo que soy, sin fingir que soy otra cosa ni temer que me vean y no gustarle a alguien. Si algo no me gusta lo expreso, si alguien no me gusta lo ignoro, si noto que no le gusto a alguien me es indiferente. 
Por ti sólo siento una inmensa compasión, debe de ser extremadamente agotador vivir así, en la mentira constante. 
La verdad es raramente pura y nunca simple, como decía Oscar Wilde. Yo añado que la verdad es incómoda, maleducada y fea. Pero es la verdad y la verdad (al menos así lo creo yo) es al final lo único que tenemos.

miércoles, 16 de mayo de 2012

El lado oscuro

Cuando de pequeña veía "La guerra de las galaxias" (me vais a permitir que no le llame Star Wars, yo soy de la primera trilogía) siempre, en lo más profundo de mi ser,  me ponía del lado del Imperio. No me malinterpretéis: sabía que eran los malos, que Darth Vader era un cabrón, no era que aprobase su conducta, era, sencillamente, que le comprendía. Y no creo que sea la única. En realidad a todos nos atrae el lado oscuro de la Fuerza.
Cuando los caballeros Jedi pasan tantas vicisitudes, uno no puede evitar pensar "Joder, tío, ¿por qué no te pasas al reverso tenebroso?"
El lado oscuro nos llama porque sabemos que en su regazo podremos , al fin, descansar. Yo he estado allí el suficiente tiempo como para poder asegurarlo. Una vez que lo has mandado todo a paseo es cuando llega la verdadera libertad e, irónicamente, la paz. Ya no tienes nada que perder ni, por lo tanto, que temer.
Ese mismo pensamiento lo tenía con las películas de vampiros o de zombies, ¿para qué luchar? Únete a ellos y deja de preocuparte.
En "La insoportable levedad del ser" Kundera habla del vértigo como el deseo de caer. El personaje de Teresa tiene muchas veces ganas de tirar la toalla (ella intenta estudiar y salir del ambiente pobre y marginal del que proviene), desea volver a su pueblo y entregarse a los hombres más zafios y groseros, dejar de perseguir la idea del amor romántico con que fantasea desde niña.
No es raro ver personas que fueron muy guapas en su juventud y, tras intentar mantenerse así durante un tiempo, se entregan con pasión y euforia a la decadencia: engordan, no se tiñen el pelo, dejan que sus dientes se pudran... rechazan con gesto brusco su antigua belleza, se convierten gustosos en seres grotescos. Puede parecer terrible, pero si se observa a estas personas con atención, se puede ver la profunda paz que emanan. 
Lo expresa a la perfección el genial Rhett Buttler en "Lo que el viento se llevó" cuando le dice a Escarlata: "Una vez que uno ha perdido la buena reputación es cuando descubre lo horriblemente molesto que era mantenerla".
Tener cosas buenas tiene una incuestionable desventaja: el miedo de perderlas. A veces ese miedo es tan intenso, doloroso y paralizador que optamos por renunciar a ellas voluntariamente sólo para que éste cese. Dejar a la pareja a la que amamos sólo para dejar de temer que nos deje ella a nosotros, suicidarse en el corredor de la muerte mientras se espera la revocación de la pena, alcoholizarse o caer en cualquier tipo de adicción. Todos estos comportamientos son claros ejemplos de lo que supone sucumbir al Reverso Tenebroso.
Yo siempre lo he visto así. La felicidad me parece intolerable, aprendí a nadar en la cloaca y no sé cómo manejarme en aguas cristalinas.
Sin embargo, como en Anakin, sigue existiendo en mí también una parte que me atrae hacia la luz. Y muchas veces he intentado, intento, mantenerme en la luz, aunque es terriblemente trabajoso, pero hay algo aun peor: volver a la luz después de haber estado en el lado oscuro.
Los que seáis conocedores de la historia de Anakin lo sabréis. Una vez que uno se ha rendido, ha caído en el lado oscuro, se ha construido su zona de confort en él, requiere una fuerza sobrehumana volver a salir. No hay más que ver lo que le cuesta a él, siendo como es uno de los caballeros Jedi más poderosos.
Y yo, por si no había quedado claro, no tengo la fuerza de Anakin.

domingo, 13 de febrero de 2011

No es personal (basado en hechos reales)

Mira, te voy a destrozar la vida, pero no es personal. Así son las cosas, esto es el mundo del trabajo. Pero esto es aquí, en la oficina. Verás, tengo que putearte. Resulta que voy a sobrecargarte de trabajo y luego yo me llevaré los méritos. Pero no te creas que tengo algo contra ti, por favor, nada más lejos de la realidad, incluso me caes bien. Mira, si quieres nos vamos de cañas después del trabajo, porque me caes bien. Esto no es personal, ya sabes, el trabajo es así. Esas fantasías tuyas de la honradez, la honestidad, la coherencia. Necesitas madurar, en serio. Así no vas a llegar a ningún sitio.
Y esto te lo estoy diciendo por tu bien, porque te aprecio. ¿Cómo? ¿Que esparcí rumores falsos sobre ti? Ya, pero ya te lo he dicho, eso no es porque me caigas mal, es que si no lo hacía te ascendían a ti en vez de a mí, y yo quería ese ascenso. Mira que te lo digo veces: no es nada personal. Esto son cosas del trabajo. En todas las empresas te vas a encontrar con lo mismo. Madura ya de una vez y no te pongas en plan histérico, ¿es que estás con la regla? ¡Ah! que te molesta que te haya degradado para ascender a ese inepto... es que las mujeres sois de una manera... De verdad, no se puede trabajar con vosotras, sois una olla a presión de hormonas y saltáis por cualquier cosa... Mira que molestarte porque le haya dado a ése el puesto que te he estado prometiendo durante un año, a ése, que tiene menos formación que tú y que encima va a cobrar el doble... por cierto, le tendrás que echar una mano porque, claro, no sabe lo que tiene que hacer, en cambio tú, que lo has estado haciendo extraoficialmente un año.... ¿cómo? ¿que por qué le he dado entonces a él el puesto en vez de a ti? Mujer, es obvio. Tú no tienes madurez para desempeñarlo, te falta picardía, frialdad, tú ya me entiendes. Eres demasiado subceptible, serán las hormonas, no es culpa tuya, las mujeres ya se sabe...
Haces muy bien tu trabajo, por eso te he encargado siempre las tareas más difíciles, sabía que no me defraudarías. Son otras cosas las que tienes que cambiar, no sabes estar en el lugar que te corresponde. ¿Qué son esas simpatías, por ejemplo, con la de la limpieza o el repartidor? Así no te van a tomar en serio.
Bueno, ya sé que estás en tratamiento por las putadas que te he hecho, pero yo todo lo he hecho por tu bien, quien bien te quiere te hará llorar. A ver si maduras de una vez y dejas de ser buena persona y buena compañera, que por ese camino nunca llegarás a nada en el mundo empresarial.
Y que conste, sobre todo, que no es nada personal.

miércoles, 5 de enero de 2011

Noche de Reyes

Acabo de colocar en el salón los regalos para mi hijo y me siento a escribir. Mi intención era haber escrito el primer post del año justo después de la última campanada (bueno, para ser exactos después de los besos y brindis de rigor) porque dicen los italianos que según pases la primera noche así será tu año y no se me ocurre cosa mejor para el año que empieza, y para todos los que me queden de vida, que escribir. Pero lo que hice fue quedarme dormida con mi hijo en los brazos mientras veíamos Buscando a Nemo, y la verdad es que tampoco es mala perspectiva ni para este año ni para todos los demás.
Entre unas cosas y otras hasta aquí he llegado sin ponerme a escribir el bendito post inaugural del anhelado 2011. No me parece mal hacerlo hoy, por otra parte, porque este día, el cinco de enero, es muy especial en mi vida.
Un cinco de enero, hace exactamente 100100 años, vino al mundo una tía un poco seca, con uno de los mejores culos de Madrid y más cojones que los coros del ejército ruso. Una tía que unos añitos después (pocos) tuve yo la suerte de encontrarme bajo los dominios de Sor Dolores y aquí seguimos...
Un cinco de enero, hace exactamente 110 años, le jodí yo el cumpleaños a la arriba mencionada. Y se lo jodí porque fue ese día cuando mi vida dio un triple salto mortal a raíz de una raya rosa.
Es para mí, por lo tanto, una noche mágica y trascendental, llena de significado, una noche que me ha traído a mi mejor amiga y a mi hijo, los dos mejores regalos de reyes que nadie pueda soñar.
No recuerdo cuándo descubrí el engaño de la Noche de Reyes, recuerdo un año que no lo sabía y recuerdo otro año que ya lo sabía, pero no recuerdo el cuándo y el cómo de la revelación.
Lo que sí recuerdo, y en esto estaréis de acuerdo, es haber estado años fingiendo que no lo sabía, resistiéndome a afrontar el primer y más cruel desengaño de la vida.
Hoy voy a hacer lo mismo. Voy a fingir que no lo sé. Voy a fingir que me creo que esta noche vienen los Reyes y que me traerán lo que pida. Esta noche acepto el pacto de ficción.
Por favor, queridos Reyes Magos, creo que he sido buena (o al menos no tan mala como muchos se habrían merecido), así que ahí os dejo mi lista:
1. Un poquito más de acierto a la hora de elegir hombres (el cupo de gilipollas egocéntricos ya está cubierto)
2. Unas poquitas ganas de vivir.
3. Una coraza de amianto en la que rebote la estupidez y la mediocridad de tantos (y que en esta coraza pueda meter también a mis amigos)
Y ya no os pido más, que me enseñaron a pedir como máximo tres cosas.
Eso sí, si tenéis por ahí un amigo rey (principitos azules no, por favor, que destiñen), un rey con la corona bien puesta, decidle que aquí tiene a su reina.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Querido 2010

Mira, a pesar de que por ahí te están poniendo fino, yo te voy a llamar querido. Ya te marchas y nunca volverás, no tiene sentido discutir a estas alturas. Además, sólo eres un año, tú no has hecho nada, las cosas las hacemos nosotros, incluso a ti te hemos hecho nosotros. Es un poco absurdo, por tanto, echarte ahora los perros por lo que no nos ha gustado.
Es verdad que en tu reinado han pasado cosas chungas, se me ha muerto mi Saramago, joder, y eso duele. Pero yo ya no veo la muerte como algo negativo, precisamente gracias a él, y eso hace que duela un poco menos.
No has sido el año de la realización profesional, eso es indiscutible. No has sido el año del amor, eso es más indiscutible aun. No has estado mal en el sexo, también es verdad, pero de eso no se habla, o eso dicen.
Lo que sí has sido, y eso te lo tengo que reconocer, es el año de la amistad. Durante tu mandato he conocido personas horribles, es verdad, pero también, y me quedo con esto, maravillosas.
La amistad es lo más bello que puede tener el ser humano, y esto es algo que siempre creeré. Es la relación más hermosa de cuantas se pueden establecer entre individuos. No viene impuesta por un imperativo genético, no es esa esclavitud enajenante del amor sexual, no media en ella ningún interés que no sea el regocijo de que exista esa persona y de que tú te la hayas encontrado.
Soy rica en amigos, no porque tenga muchos sino porque los que tengo son maravillosos. Siendo como soy lo más alejado del color gris, he despertado y despierto muchas antipatías, algunas viscerales y aterradoras, pero, en compensación, quien me quiere me quiere a muerte. Eso es así.
Si hay algo que odio son ese tipo de expresiones como "yo me llevo bien con todo el mundo" "a mí es que nadie me cae mal". Las personas que dicen este tipo de cosas me sugieren una de estas dos posibilidades:
1. Mienten, lo cual quiere decir que son unos hipócritas redomados.
2. Dicen la verdad, lo cual quiere decir que las personas les dan lo mismo y tienen una nula capacidad de compromiso.
Ya lo dijo Cristo que no se puede servir a dos amos. Si intentas quedar bien con todo el mundo no puedes establecer verdaderos lazos.
Quizá esa es la razón de que mis amigos sean también personas fuertes, llenas de color y de pasión, personas libres que no temen lo que los demás puedan pensar de ellos.
En tu periodo, como te decía, querido 2010, he gozado profundamente de la amistad. De la nueva y de la de siempre. Ya conoces a mi vaca, seguramente el gran amor de mi vida. Mi vaca siempre ha estado ahí. Yo muchas veces bromeo diciendo que si no pudiera ir a mi cita con el psicólogo perfectamente podría mandarla a sustituirme. Lo sabe todo de mí. Y ya no hace falta ni que yo se lo cuente. A veces tengo ganas de matarla y muchas veces más ella tiene ganas de matarme a mí. Si discutimos estoy muy triste hasta que nos reconciliamos. Es mi vaca, puedo decirle tranquilamente que no me apetece levantarme del sofá, no tengo que quedar con ella por compromiso y me regaña si hago algo que no le parece bien.
Yo no me imagino ya la vida sin ella, y la imagen de la vejez que tengo en mi mente es paseando con mi vaca y que me diga con esos ojillos perversos y picaruelos que sólo ella sabe poner "¿Te acuerdas de cuando....?"
Otro gran amor de mi vida es mi Eufrasio. No se lo digo muy a menudo, pero todos los días me acuerdo de las cosas que ha hecho por mí. Eufrasio se fue hasta el aeropuerto de Moscú, cruzándose toda la ciudad a menos 20 grados para recogerme a las 7 de la mañana, porque estaba embarazada y no me quería dejar sola. Eufrasio me hacía la cena y me la traía a la cama cuando las náuseas no me dejaban levantarme. Eufrasio me ha consolado cada vez que mi amígdala ha hecho de las suyas. Ha sido bueno conmigo desde que me conoció y ahora lo es con mi hijo.
Durante tu reinado, querido 2010, ellos han seguido a mi lado y doy gracias por ello.
Pero no son los únicos por los que tengo que dar las gracias.
Tú, querido 2010, me has traído a Gon y Eva (y con ellos a las geniales locuelas), me has traído a mi linda Rosalinda, me has traído a Natalia y a Luismi, me has traído a ValenGreen, me has traído a la dulce Silvia y me has traído al mensajero más dicharachero.
Y lo que es más importante, muy al final, como broche de oro, me has traído de vuelta una cosa que ya no esperaba recuperar: me has traído a Lorenita, la cuentista de Hamelin.
Que te vaya bien, querido 2010, te guardaremos en las fotos, las hemerotecas y el corazón.

sábado, 14 de agosto de 2010

Dinero



Hace años vi en el programa de la insufrible AR una entrevista (de los miles de millones que se han hecho) a una prostituta de lujo. A pesar de llevar pelucón y gafas para ocultar su identidad, se veía perfectamente que la moza estaba de muy buen ver y que todavía era potrilla: veinte años tendría a lo sumo la criaturita, pero ya tenía las cosas muy claras.


La insufrible AR, haciendo un alarde de su indiscutible buen hacer periodístico, le preguntó si no lo pasaba mal cuando requería sus servicios algún hombre muy mayor o poco agraciado, a lo cual ella, con una frialdad que ponía los pelos de punta, respondió: "No, yo sólo veo dinero".
Como he dicho, hace años de eso, pero yo lo recuerdo nítidamente. Me impresionó de tal forma que no he podido olvidarlo. Fue entonces cuando se concretó ante mí una idea que llevaba tiempo gestándose en mi cabeza: Quien quiere dinero sólo ve dinero.

El genial genialísimo (tanto que ni me acuerdo de que es argentino) Federico Lupi lo dice muy ingeniosamente en la película "Éxtasis": "En esta vida hay dos clases de personas, dos nada más: los que quieren dinero y los que no saben lo que quieren".

Mira que he conocido personas en mi vida... pues todas entraban en uno de esos dos grupos.

Los que no sabemos lo que queremos pensamos que también queremos dinero, pero eso no es así. Lo que ocurre es que cuando pensamos en las cosas que nos gustaría hacer o tener nos damos cuenta de que, en la mayoría de los casos, se consiguen o mejoran con dinero. Nos imaginamos, por ejemplo, una bonita casa (cuesta dinero), viajar y ver mundo (cuesta dinero), tener tiempo libre y no tener que trabajar (cuesta dinero), y un largo etcétera...

Los que quieren dinero quieren el dinero en sí mismo. Son como el tío Gilito, quieren tenerlo almacenado, disfrutan con la idea abstracta de su dinero amontonándose de forma obscena, cada céntimo ganado o ahorrado trae consigo una satisfacción, pero también el prúrito de ahorrar o ganar un céntimo más.

Los que no sabemos lo que queremos no renunciaríamos a ciertas cosas por dinero, ya que precisamente queremos el dinero para poder tener esas cosas.

Los que quieren dinero, como aquella bellísima y joven prostituta, sólo ven dinero.

Recientemente ando en tratos con uno de estos Gilitos de la vida. Por fuera está muy lejos de parecerse a aquella prostituta, no es joven ni, desde luego, guapo (es más, jamás lo fue, por eso me juego el cuello), y no es prostituta, o al menos eso se cree él. Es un señor respetable (para quien lo respete, claro, que no es mi caso), casado, padre, católicoapostólicoyromano. Pero cada vez que lo miro, que le veo pagar sueldos miserables sin inmutarse por el hecho de que sus empleados no lleguen a fin de mes, dolerse de cada céntimo que gasta, veo en él a aquella chica que afirmaba en el programa de AR "yo sólo veo dinero".

Eso sí, con dos agravantes: Éste ofende a la vista de puro feo y no sabe que, en el fondo, no es más que una puta.

viernes, 14 de mayo de 2010

Querido tío-abuelo Rafael:

No te conocí, moriste antes de que yo naciera. Pero eso no ha impedido que sepa mucho de ti. Mi abuela, tu hermana, me contó tu historia. Después mi madre, tu sobrina, te recordó muchas veces.
Te convertiste en mi anécdota favorita, yo solía, suelo, bromear sobre mi incorregible rojez aludiéndote: "A mí me va a pasar como a mi tío-abuelo Rafael, que se murió de rojo".
Hoy te comprendo más que nunca, querido tío. Hoy se me presenta clarísima la rabia que debiste sentir aquel día (tanta rabia que te provocó el infarto que te mató) cuando oíste por la radio que los nacionales habían entrado en Madrid.
Mi abuela, tu hermana, me lo contaba siempre. Tú habías luchado por tus derechos, por los de todos lo que eran como tú... como yo. Los que hemos nacido en la parte mala del mundo, los que, simplemente, no nos conformamos con la puta mierda esa de "siempre habrá ricos y pobres". Tú habías contemplado tu sueño hecho realidad, tú habías ido a votar y habías visto el triunfo electoral de la izquierda, tú habías visto luego desmoronarse todo tras el golpe de estado de los que no pueden resistir no mandar. Y fuiste al frente, y luchaste. Y el día en que oíste que, al final, los nacionales habían entrado en Madrid, como en un sueño, tomaste a tu niña pequeña de la mano y saliste a la calle, pero en el umbral, con tu niña pequeña de la mano, caíste fulminado. No lo soportaste. Así, sin más.
Por lo menos te libraste de los cuarenta años. Cuarenta años de rabia contenida, de glorias y monumentos a caídos, SUS caídos. Cuarenta años de calumnias y humillación para los otros caídos....
Y, sobre todo, te has librado de tener que ver esto: que siguen mandando ellos. Que nosotros tenemos la falsa ilusión de que vivimos en democracia, pero calladitos. Sin pedir derechos, sin pedir justicia, sin tocarles sus prevendas. Porque si nos atrevemos a levantar la voz, enseguida nos ponen en nuestro sitio.
Tú ya no estás aquí, por suerte, para ver suspendido al único juez que ha intentado hacer justicia después de treinta y cinco años .
Pero no te preocupes, que tu rabia sigue viva. Aquí la tiene ahora, toda, enmarañada en el estómago, mezclada con la vergüenza, tu sobrina-nieta que nunca te conoció.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Zombie

Me levanto, me ducho, desayuno, salgo de casa, cojo el autobús, cojo el metro, cojo el autobús, llego al trabajo. En el metro leo, escucho música, la gente me mira, miro a la gente. En el trabajo saludo, sonrío, me río, me enfado, comento, me concentro, voy al baño, tomo café, recojo el correo, hago una presentación para mi jefe. A la hora de la comida salgo, como, comento que está rico o que no está rico, pago, me lavo los dientes, vuelvo a trabajar, hablo de trivialidades, arreglo el mundo, me cago en Aznar, me cago en Zapatero, me cago en Aguirre. Correo, llamada, mensaje, llamada, correo. Broma, ofensa, perdón, qué bueno está ese, por dios qué antipático, tengo sueño, qué bien ya es viernes, qué horror de lunes.
Todo es normal.
Sólo yo sé de este dolor. El dolor sordo y constante. El dolor que no cesa. La paradoja de estar muerta y, sin embargo, no poder dejar de sentir este dolor.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Golfita

La primera vez que te vi estabas dentro de una caja. Yo levanté la tapa y me asaltaron tus grandes y preciosos ojos tristes, esos mismos ojos que últimamente estaban velados por las cataratas. Me cautivaste enseguida. Siempre supe que eras especial.
Los primeros días en casa te dejamos dentro de la caja, de la que sólo salías para soltar un charquito de pis. Al poco te aventuraste a recorrer la casa, pegadita a la pared, pero cuando llegabas al final no sabías cómo regresar, llorabas y había que ir a buscarte. Eras preciosa, con tus grandes orejas que había que limpiarte después de comer porque las metías en el plato. Te fuiste haciendo mayor y las orejitas se te quedaron algo más cortas y se te fue afilando el hocico, pero nunca perdiste esa mirada tierna e inocente.
Eras muy buena, cariñosa y especial. No concebías la maldad, para ti todo el mundo era un amigo, incluso los que te miraban con asco. Nunca mordiste, ni rompiste nada, lo único que se te podía reprochar era el ser un poco ladrona, pero siempre con mucho arte, eso sí. Ahora, a pesar de mi tristeza, me río recordando algunas de tus más famosas fechorías, cuando te comiste la masa de las croquetas y estuviste durante meses escondiéndote cada vez que oías la palabra, cuando mamá dejó una pizza preparada para meterla en el horno y tú te comiste toda la cobertura dejando la triste y cruda masa, cuando le sustrajiste los dos filetes del plato a papá dejando sólo la guarnición y él se enfadó con mamá por la cena tan raquítica que le había preparado... Pero lo mejor, tu momento estrella, cuando te comiste el chorizo que aquella invitada francesa que tuvimos había comprado para llevarle a su familia.
Siempre he pensado que tú eras conocedora del misterio de la vida, que tú poseías la inteligencia suprema, que no era otra cosa que tu bondad revolucionaria, tu amor incondicional. Siempre he sabido que la felicidad eran tus abrazos, poner la cabeza en tu pecho y sentir tu cuerpecillo caliente y tu respiración tranquila.
El otro día tuve que tomar la decisión de dormirte para siempre. No me parecía justo tener ese poder, ¿quién era yo, al fin y al cabo, para decidir sobre tu vida? Pero estabas destrozada, sólo te quedaba sufrimiento, y te lo quise evitar. Antes te besé y te di las gracias, porque lo único que puedo sentir por ti es gratitud. Por habérmelo dado todo sin pedir nada, por darte cuenta siempre de cuando yo estaba mal y venir a consolarme, por regalarme trece años de lealtad y cariño.
Yo te recordaré siempre encaramada en el sillón que estaba en la terraza, con las patitas apoyadas en la barandilla y mirando al horizonte, y yo, que hubiera dado cualquier cosa por saber en qué pensabas en ese momento.
Nunca te olvidaré.

jueves, 29 de octubre de 2009

Acto de contrición


Una de las cosas que soy, muy a pesar, es católica. Aunque no comulgue con ellos, aunque sea atea. Soy católica. No creo en Dios, pero no puedo evitar santiguarme cuando entro en una iglesia, ni hacer la genuflexión si paso por delante del altar, ni decir el consabido "si Dios quiere" cuando formulo un plan de futuro. Somos lo que somos, aunque nos disguste. Soy española, aunque muchas de las cosas de España me repelan. Soy totalmente antitaurina, por ejemplo, pero no puedo evitar que mi fraseología personal esté plagada de tauromaquia.
Como católica atea que soy conozco de memoria las oraciones, los ritos, los protocolos. Sé cuáles son los pecados, cuándo se debe confesar, comulgar y comer pescado en vez de carne. Sé que cuando va uno a confesarse hay que decir "Ave María Purísima" y el sacerdote te contesta "sin pecado concebida". No acepto la autoridad ni de curas ni de monjas y, sin embargo, no puedo evitar llamar "padre" a unos y "hermana" a las otras.
Han sido muchos años. Más que eso. Han sido los años de mi formación. Y eso deja una huella indeleble. Es mi cultura. Soy yo.
Me gusta mucho Cristo, y me gustan los Evangelios, y me gustan sus enseñanzas. Pero de eso ya hablaré otro día...



Hoy quiero hablar de una de las dinámicas que más me gustan de la religión católica, una de las dinámicas que deberíamos aplicar a la vida común, por muy atea que sea esa vida. Me refiero al acto de contrición. ¿Lo conocéis? ¿Lo recordáis? Os refresco la memoria:

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.

(Golpeándose el pecho)

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.
De aquí viene esa famosa expresión de "darse golpes en el pecho" que usamos para referirnos a personas falsas. Y es que el arrepentimiento, al igual que el perdón, es un acto involuntario, íntimo, que no se controla. Podemos decir que nos arrepentimos, pedir disculpas públicas y darnos grandes golpes en el pecho pero eso no significa que nos arrepintamos de verdad. Podemos decir "te perdono", "no pasa nada" y seguir sintiendo rencor en nuestro interior.
Ambos sentimientos, perdón y arrepentimiento, llegan por sorpresa, sin esperarlos. Un buen día uno se dice a sí mismo "fue mi culpa", y eso, la simple aceptación del error, es una liberación tan grande que ya todo se ve de otra manera.
Hay dos formas de encarar las dificultades: la pasiva y la activa. Yo antes era pasiva, la desgraciada víctima del destino cruel. Ahora he comprendido que la única forma de caminar hacia un lugar mejor es reconocer la propia culpa.
Que cada uno cargue con sus culpas, que cada uno enmiende sus errores y se responsabilice de sus actos. Yo ya no pienso en lo que los demás me hicieron a mí. Es más productivo pensar en lo que yo hice, pues sólo sobre eso tengo control para corregirlo. No se trata de asumir que uno tiene la culpa de todo, ya que no es así, sino de centrarse en aquellas cosas que fallaron por mi causa, para no volver a fallar.
Es increíblemente liberador asumir las propias culpas, uno no lo sabe hasta que lo hace. Incluso cuando son otras personas las que te dañan a ti, te sientes mejor. Cuando sabes admitir tus propias culpas automáticamente sabes cómo no sentirte mal por el dolor que te causan los demás. El pensamiento salta solo "Yo soy responsable de lo mío, que él realice su propio acto de contrición cuando esté preparado para ello, y si no lo está nunca peor para él, pues será siempre esclavo de su estúpido victimismo, un títere de su cruel destino"
Es más, me he fijado en que las personas que más daño hacen a los demás (ya sea de pensamiento, palabra, obra u omisión) son las que más se lamentan de lo injusta que es la vida con ellas. Esos que te dicen cosas como "yo de bueno soy tonto" o "cuando quieres a alguien te hace daño", sólo están buscando justificaciones para perseverar en su conducta errónea y eludir su responsabilidad.
A pesar de los golpazos que me he llevado y me llevo yo no me apeo del burro, quiero seguir amando, confiando, dando lo mejor de mí.
Creo que la cosa debería ser así: Haz las cosas bien, si no las haces asume tus culpas y si no las hacen contigo no juzgues ni reproches...
Que cada uno se golpee su propio pecho.