
La vida no es sólo vivir, también es desvivir. El prefijo des- es el más productivo, no sólo de la lengua española, sino de todas (en inglés un-; en ruso раз-). Qué maravilloso prefijo, a todo es aplicable.
Para hacer algo, primero hay que deshacerlo. Realmente no hacemos otra cosa en nuestras tristes vidas, hacemos y deshacemos. Como la familia Buendía.
Hacemos la cama por la mañana y la deshacemos por la noche. Ordenamos las cosas para luego ir desordenándolas poco a poco. Decimos y luego nos desdecimos, o nos desdecimos para luego poder decir otra cosa. Los comandos se articulan para luego ser desarticulados, y una vez desarticulados se vuelven a articular.
Prendemos las cosas para desprendernos de ellas. Nos deshidratamos y nos volvemos a hidratar, al igual que nos desnutrimos para volvernos a nutrir.
Damos pistas a los demás sobre nosotros y en el momento menos pensado los despistamos.
Esperamos que ocurra algo y nos desesperamos cuando no ocurre. O cuando ocurre (ten cuidado con lo que deseas, que se puede cumplir)
A todo encanto lo sigue el desencanto.
A toda gana la sigue la desgana.
A todo amor, el desamor.
Tejemos redes que nos atan a base de desatar pasiones que luego debemos destejer.
Engañamos para enamorar y luego debemos desengañar al enamorado para liberarle de su desdicha.
Así podría seguir hasta el infinito, pero hay un des- que me interesa especialmente, el desenamorarse. Quizá una de las sensaciones más desagradables que se pueden experimentar.
Es como estar agustito en la ducha y que te corten el agua caliente, como encontrar un pelo en el plato que estás comiendo con deleite. Como estar soñando que puedes volar y despertar.
Yo acabo de desenamorarme. De repente sus besos ya no me borran el mundo, de repente ya no veo al padre de mis hijos cuando lo miro, y lo que siento en el estómago cuando lo veo es pura y simple hambre.
Sólo me queda un consuelo: si acabo de desenamorarme significa que pronto me volveré a enamorar.
Para hacer algo, primero hay que deshacerlo. Realmente no hacemos otra cosa en nuestras tristes vidas, hacemos y deshacemos. Como la familia Buendía.
Hacemos la cama por la mañana y la deshacemos por la noche. Ordenamos las cosas para luego ir desordenándolas poco a poco. Decimos y luego nos desdecimos, o nos desdecimos para luego poder decir otra cosa. Los comandos se articulan para luego ser desarticulados, y una vez desarticulados se vuelven a articular.
Prendemos las cosas para desprendernos de ellas. Nos deshidratamos y nos volvemos a hidratar, al igual que nos desnutrimos para volvernos a nutrir.
Damos pistas a los demás sobre nosotros y en el momento menos pensado los despistamos.
Esperamos que ocurra algo y nos desesperamos cuando no ocurre. O cuando ocurre (ten cuidado con lo que deseas, que se puede cumplir)
A todo encanto lo sigue el desencanto.
A toda gana la sigue la desgana.
A todo amor, el desamor.
Tejemos redes que nos atan a base de desatar pasiones que luego debemos destejer.
Engañamos para enamorar y luego debemos desengañar al enamorado para liberarle de su desdicha.
Así podría seguir hasta el infinito, pero hay un des- que me interesa especialmente, el desenamorarse. Quizá una de las sensaciones más desagradables que se pueden experimentar.
Es como estar agustito en la ducha y que te corten el agua caliente, como encontrar un pelo en el plato que estás comiendo con deleite. Como estar soñando que puedes volar y despertar.
Yo acabo de desenamorarme. De repente sus besos ya no me borran el mundo, de repente ya no veo al padre de mis hijos cuando lo miro, y lo que siento en el estómago cuando lo veo es pura y simple hambre.
Sólo me queda un consuelo: si acabo de desenamorarme significa que pronto me volveré a enamorar.










